Opinión

La Jornada Aguascalientes: los años por venir / Extravíos

En 2029, cuando La Jornada Aguascalientes cumpla veinte años, es probable que algún lector curioso se pregunte cómo habrán sido los inicios del diario y su trayectoria en su primera década de vida. 

Tendrá la opción de consultar en internet la hemeroteca virtual de LJA, pero antes de ingresar al túnel de tiempo, le será muy útil asomarse a esta suerte de selfi colectivo que es el volumen que hoy se presenta. 

Encontrará una elocuente crónica gráfica de los primeros diez años del diario y un testimonio coral de lo que esta década ha representado para muchos de quienes laboran en el diario y, extramuros, colaboran con él.



La crónica gráfica está armada a partir de una selección de las primeras planas. Se trata de una opción riesgosa pero acertada. Riesgosa porque de algún modo podría caer en lo que Jorge Álvarez llama “el culto a la primera plana” y así eclipsar la relevancia de lo que es una de las aportaciones centrales de LJA, esto es el enriquecimiento de nuestra plaza pública. Apenas si es necesario recordar aquí que si en algún sitio se encuentra esta aportación es en las páginas internas del diario. 

Afortunadamente no se produjo semejante eclipse. 

Las primeras planas eran y siguen siendo el rostro más visible de la LJA -un rostro marcado por la urgente necesidad de dar cuenta de los hechos del día y por el imperativo de darle a estos un marco narrativo, una vía de interpretación, un método de apreciación- y al recorrer las páginas del libro va quedando claro que esas primeras planas lejos de ser un atajo para obviar la lectura del diario, eran la mejor invitación para ingresar a las páginas interiores. 

Ello, sin duda, tiene mucho que ver con el llamado instinto periodístico de sus editores, pero también al hecho de entender la estética no como un ornamento, sino como una parte sustantiva de la identidad del diario. Así, esa cuidadosa labor de curaduría que los editores de LJA han realizado día a día, ha hecho de la primera plana una declaración de intenciones, una apuesta estética y una incitación. 

De manera complementaria, ese lector del futuro se encontrará 54 artículos o breves estampas -por cierto, con un gran desequilibrio de género: 19% corresponde a mujeres y 81% a varones- que son un testimonio variopinto, del genuino sentimiento de satisfacción y orgullo que comparten un puñado de mujeres y hombres, no tanto por la labor cumplida -por definición el periodismo es un oficio que nunca ve concluida su tarea-, sino por haber sobrevivido de manera tan venturosa en un oficio tan complejo, tan lleno de exigencias, incertidumbres y malentendidos como es el periodismo local. 

Y si bien este testimonio en ocasiones resulta algo auto-condescendiente, lo cierto es que el autorretrato es altamente gratificante. 

Es manifiesta la más que justificada satisfacción de ser parte de una iniciativa editorial, que se distingue por sentar en la mesa de la conversación pública a personajes y sectores hasta entonces ignorados, por hacernos escuchar voces con asuntos, exigencias y propuestas, más allá de lo que estábamos acostumbrados, por darle a la pluralidad política y a la diversidad social el espacio de expresión que merecen y, en fin, por su cotidiana y terca combatividad. 

Ejemplos de lo anterior hay muchos. Cito sólo uno: antes de LJA, con la excepción del suplemento El Unicornio, que publicó El Sol del Centro entre 1983 y 1990, no había un periodismo cultural digno de ese nombre. Su permanente atención al teatro, la literatura, las artes plásticas y la música ha puesto a la cultura en el centro de la conversación pública local. 

Y claro, en estos testimonios también es notable el noble orgullo por uno de los logros mayores de LJA: el darle al periodismo local la relevancia y la dignidad, de la que carecía hasta entonces salvo en pequeñas dosis. 

Hay, pues, motivos para la celebración que nosotros ahora compartimos y ese lector futuro encontrará comprensible. 

Como en toda celebración hay alguien que no recibió invitación. No deja de ser paradójico que ese alguien sea uno de los protagonistas centrales de esta aventura periodística: el lector. 

Cierto que en muchas páginas del libro se les evoca reiteradamente, con toda razón se habla de ella y él como el motivo primero y último de los esfuerzos cotidianos… pero, en todos los casos -y no me excluyo- pareciera que hablamos de un lector imaginario, un lector donde hemos proyectando la imagen de nuestro lector ideal, un lector al que en principio dotamos de todas las virtudes cívicas e intelectuales -exigente e insobornable, crítico y pensante- para enseguida, en una vuelta de rizo narcisista, pretender reflejarnos en él. 

Me temo que este olvido no se debe a una falta de cortesía. 

De manera semejante a como en 1992, Fernando Escalante Gonzalbo hablara de los ciudadanos imaginarios sobre los que se pretendió fundar en el siglo XIX nuestra vida republicana, pareciera que hoy, en nuestra república de las letras, reside una comunidad de lectores imaginarios. 

En todo caso, se trata de una ausencia grave no sólo por la naturaleza de la empresa sino también, porque de acuerdo a Jorge Álvarez, de su presencia depende en mucho la suerte del diario en los próximos años. Al final retomaré brevemente este tema. 

Pero ahora volvamos con nuestro lector del futuro, otra figura del lector imaginario. Es seguro que en determinado momento se pregunte el porqué de la importancia para Aguascalientes de la aparición y continuidad de un diario como LJA. Para hacerse una mínima idea al respecto, deberá tomar en cuenta el ecosistema político, social, económico y periodístico en que surge y se desarrolla LJA.

Podríamos ayudar a nuestro lector enunciando algunas de las características de este ecosistema.

Ya forma parte de nuestro nutrido arsenal de lugares comunes, el decir que en las últimas décadas México y Aguascalientes han estado inmersos en un proceso por alcanzar la, al parecer, infinitamente evasiva modernización económica, política y social. Los avances parecen tangibles en varios terrenos, pero sigue pendiente el gran salto hacia adelante, la gran consolidación institucional de estos cambios. 

Algo similar ocurre en el ámbito de la prensa. Hay que reconocer que ya no estamos en ese mundo donde las funciones básicas del periodismo se reducían a ser el vocero no oficial del poder político y a “vender el silencio”, ese mundo que con tanta perspicacia y malicia ha narrado, siguiendo los pasos de Carlos Denegri, Enrique Serna en su más reciente novela.

Pero también hay que reconocer que, si bien hoy existe una prensa mucho más libre y diversificada, ello no significa que tengamos una mejor, ya que como ha señalado Escalante Gonzalbo, la prensa nacional sigue sin estar “organizada para informar”, para producir información “propia, nueva, importante, digna de crédito”.

Eso sí, sigue bien organizada para la difusión oportuna del boletín de prensa oficial, la glosa de las encuestas, la entrevista reveladora, la filtración escandalosa y desde luego, la continua exhibición de las opiniones -no necesariamente ideas- que nos obsequia un día sí y otro también la comentocracia. 

Si esto es lo que ocurre en la prensa nacional, en lo local el paisaje no luce diferente, salvo que en este caso se amplifican el peso de las inercias, la influencia de los poderes públicos y los fácticos, las dificultades para introducir mejores prácticas y la gravedad y letalidad de las nuevas amenazas (basta recordar que, de acuerdo a Article 19, los 95 periodistas asesinados del 1 de diciembre de 2006 al 30 de noviembre de 2018, trabajaban en la prensa local).

Un ejemplo de ello -excepto, por fortuna, en lo que corresponde a la violencia y el asedio a los periodistas- es el caso de Aguascalientes. Veamos qué nos dice la investigación académica al respecto. 

El primer semestre de 2018, María Grisel Salazar Rebolledo (profesora asociada del CIDE) publicó los resultados de un detallado estudio sobre el estado de la prensa en los estados. De especial interés son los índices e indicadores que construyó. Permítanme citarlos brevemente con referencia al caso de Aguascalientes.

Un primer indicador es la relación entre el número de diarios impresos y el porcentaje de lectores de la entidad. Aguascalientes registra uno de los más bajos índices y ocupa el poco honroso sitio 28 del ranking nacional. En cuanto al índice de concentración o de competencia del mercado de diarios estatales, la entidad tiene uno de los tres mercados con mayor grado concentración, de hecho, ocupa el tercer lugar, sólo superada por Baja California Sur y Zacatecas. 

La relación entre el número de ejemplares impresos por cada mil habitantes, tampoco es muy aleccionadora: nos situamos en el para nada espectacular lugar número 18 entre las entidades federativas. En cuanto a las secciones que más se leen, los hidrocálidos parecen preferir la lectura sobre deportes y nota roja que las páginas de asuntos políticos y económicos. 

Más preocupante son los tres últimos hechos que Salazar Rebolledo consigna: entre toda la prensa de provincia, la de Aguascalientes es la que observa 1) un mayor apego a las funciones de vocería del poder político, 2) el más bajo nivel de profesionalización y 3) la menor frecuencia e intensidad de crítica a las autoridades públicas, sobre todo al poder Ejecutivo (sólo Nayarit nos supera en este punto). 

Tenemos, entonces, que en Aguascalientes hay un mercado de prensa con una escasa oferta de diarios, una alta concentración, una baja relación entre tiraje y población y más desalentador, una prensa poco profesional que ha optado por servir más al poder que a los ciudadanos o lectores y que apenas si se atreve a ejercer sus responsabilidades de denuncia y críticas ante las autoridades. 

Podemos decirlo de otro modo: la prensa de la entidad no sólo no está organizada para informar, sino que es del todo anacrónica, apenas si contribuye al adecuado conocimiento de los hechos locales -ya no digamos nacionales e internacionales- y está desfasada en cuanto a las necesidades de un debate público que acoja la diversidad social y el pluralismo político de la entidad. 

Esta prensa tampoco parece preparada para exigir una rendición de cuentas o conformarse como un genuino un contrapeso -un cuarto poder- a los poderes públicos y fácticos. No es extraño por ello que entre mayor ha sido la corrupción, ineptitud y abusos del poder público más ha sido la renuencia de la prensa a informar con oportunidad y veracidad de ello y mayor su capacidad de extorsión. 

No cabe darse por sorprendidos: una revisión somera a la historia de los diarios hidrocálidos nos revelaría que son justo las alianzas y complicidades entre los poderes públicos y los propietarios y editores de los medios lo que explica la razón y raíz de este estado de cosas. 

Para completar el panorama, agreguemos que del otro lado de la moneda se encuentra una audiencia tan poco exigente y tan complacida con ese periodismo que nunca ha manifestado su necesidad por un cambio: la prensa le ofrecía un espejo a la medida de su conformismo. 

Es este el ecosistema donde aparece y se desarrolla LJA: una verdadera tierra baldía para una sociedad que aspirará a construir una democracia. 

No es difícil imaginar que, ante este panorama, nuestro hipotético lector del futuro no tardaría en apreciar la radical importancia que tuvo y tiene el que LJA naciera a contracorriente de tal estado de cosas y que los lectores de la entidad empezarán a apreciar lo que significa el contar con una prensa que se ocupa por informar lo mejor posible y por ofrecer un amplio mapa de opiniones y perspectivas. 

Hay que subrayar, además, que este hecho traía en sí una fuerte carga pedagógica. 

LJA abrió en la entidad un proceso de aprendizaje donde los periodistas junto con los lectores no sólo fuimos descubriendo las ventajas de contar con información veraz, verificable y pertinente, sino también el valor que dicha información tiene para la democracia, es decir para el ejercicio de la libertad de expresión, el desarrollo y calidad del debate público, la exigencia de rendición de cuentas, entre otras cosas. 

Hemos aprendido, en fin, que la credibilidad y confianza en la información es la base mínima para cualquier debate público serio: si se erosionan esta credibilidad y confianza, se debilita la calidad de la vida pública. La apertura de este proceso puede ser uno de los mayores legados de LJA en esta primera década.

Debe destacarse que el reto de poner en marcha estos cambios lo asumió una generación emergente de jóvenes editores y periodistas que estaban y siguen dispuestos a tomar los riesgos que generaciones previas no nos atrevimos o no supimos enfrentar. 

Esto no es un hecho irrelevante. Los retos que ahora tiene ante sí LJA no son menores a los que tenía hace diez años, cuando inició su camino. Es razonable esperar que ahora, con la experiencia acumulada, estén en mejores condiciones para responder con imaginación, coraje y un agudo sentido de sus posibilidades, a los desafíos que se están abriendo. 

Para concluir, mencionaré sólo tres de estos desafíos a modo de desplazamientos ineludibles. 

 

Primer desplazamiento: del lector imaginario al lector real 

La emergencia de un periodismo como el que distingue a LJA implicó el abandonar el antiguo pacto entre la prensa, los medios y el poder político y económico, en favor de un pacto entre la prensa y la audiencia, entre el periodista y el lector. Ello supuso introducir nuevas reglas del juego y un desplazamiento de responsabilidades y prioridades y de los modos de entender y ejercer el oficio periodístico. Este nuevo pacto exige, además, refrendarse día a día, no puede darse por descontada su vigencia permanente e inmutabilidad. 

Pero hay que ir más allá. 

Se requiere poner en cuestión nuestra noción de lector, de la audiencia. Tampoco aquí podemos dar nada por descontado. Hay que sustituir al lector imaginario por el lector real y, para empezar, hay que darnos la oportunidad de exigirnos más uno al otro. 

Supongo que todos estamos de acuerdo, en que, si la prensa no incomoda al poder público, es porque está haciendo mal su trabajo, está omitiendo cumplir una de sus responsabilidades centrales. Pero esto también es cierto con respecto a los lectores. Si el lector tiene el derecho y obligación de exigir más a LJA, de ser su más persistente y arduo vigilante, del mismo modo, es deber y obligación de la LJA incomodar a sus lectores, sacarlos de su zona de confort, ponerlos ante un espejo que no oculte sus problemas y limitaciones, motivarlos a abandonar certezas y prejuicios de dudosa procedencia. La prensa no está para complacer la vanidad de los lectores: el único sentido que la prensa debe buscar complacer de sus lectores, es el sentido crítico. 

Se requiere también conocer más a fondo a los lectores. La audiencia de LJA no cabe en un solo perfil de lector. Podemos más bien pensar en que el lector es una figura más plural y que se compone de una amplia variedad de tipos de lectores que, desde sus diferentes situaciones políticas, sociales y económicas, acuden a las páginas del diario por motivos distintos e incluso contradictorios. 

Cabe esperar que en los próximos años esta diversidad sea aún mayor. Esto importa al menos por dos razones. La primera es que una mayor diversidad de la audiencia significa también la emergencia de nuevas e inéditas demandas de información, temáticas a atender, puntos de vista y perspectivas que ofrecer. LJA deberá hacer uso de su probada imaginación y audacia para anticipar esta demanda. 

La segunda razón es que como en otros ámbitos, al hablar de audiencia el tamaño sí importa. Los cementerios de los medios de comunicación se están poblando de medios, sobre todo de alcance local, que han perdido sus patrocinios como una secuela directa de la pérdida de audiencia. 

No debemos subestimar este hecho: se debe conocer más y mejor al lector.

 

Segundo desplazamiento: de lo superfluo de la verdad a la necesidad de la verdad 

Es frecuente escuchar hoy día que la verdad se encuentra asediada. Incluso Michiko Kakutani, crítica literaria de The New York Times, escribió recientemente una meditada y provocativa acta de defunción de la verdad. 

Lo cierto es que este asedio no es nuevo ni aquí ni en otros lados. Ya mencionamos la asfixiante atmósfera donde vivía la prensa mexicana en los años dorados del autoritarismo. Podemos recordar muchos otros casos, pero la conclusión es la misma: negar la verdad, crear y difundir noticias falsas o hechos alternativos, anteponer “otros datos” jamás verificados es práctica añeja. 

Lo novedoso quizá radica en el uso descarado, consuetudinario e impune de estas prácticas por parte de una gran variedad de líderes políticos en diferentes partes del mundo, la inmediata divulgación y resonancia que adquieren en el ámbito global y el uso masivo que hacen de ellas los medios, que se podría esperar, serían menos susceptibles para hacerlo, es decir los medios de comunicación y la prensa.

En todo caso, creo que el efecto más pernicioso de este asedio a la verdad es que, como ha advertido Peter Pomerantsev, editor de The American Interest, es que la verdad, la información y opinión sustentada en hechos verificables, en evidencias claras, se vuelvan prescindibles y superfluas 

Ya es un hecho que para muchos personajes y líderes públicos apoyarse en la verdad no les es indispensable y que muchos sectores sociales no parecen tener ningún problema con eso, que nos les desagrada ese mundo posfactual que les suministra una porción cotidiana de mentiras y falsedades que fortifican sus prejuicios y sus creencias y que resguardan sus estilos de vida.

Hay aquí, sin embargo, un doble riesgo. 

El primero es que no es posible construir un debate fructífero y sano en la plaza pública sin compartir un sentido mínimo de la realidad que este sustentado en la verdad, en hechos con evidencias, en datos verificables. 

El segundo, es que ese mundo posfactual puede abrirle camino a los autoritarismos y totalitarismo. Ya a inicios de la década de los años cincuenta del siglo pasado lo había advertido Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo:

El sujeto ideal del gobierno totalitario -escribió- no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre realidad y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, los estándares de pensamiento) ya no existe.

Creo que una de principales responsabilidades de la prensa es proteger a la verdad de este asedio. Parecería que LJA ya está, digamos, vacunada contra el contagio de esta nueva plaga. Con todo, no cabe minimizar que este acoso a la verdad que, con toda seguridad, continuará a lo largo de la siguiente década. 

 

Tercer desplazamiento: de la irrelevancia de la plaza pública a su centralidad 

La plaza pública, ese espacio por donde respiran las democracias, requiere ser cuidada con el mismo esmero con que cuidamos nuestra libertad. Es ahí donde los ciudadanos, los actores políticos nos encontramos para conversar, dialogar, debatir sobre los asuntos públicos, los temas que a todos importan. Es ahí también donde se manufactura el consenso y se da cauce y legitimidad al disenso. 

Y el lugar de la prensa en esta plaza es y seguirá siendo fundamental. No hay un fatalismo en el desarrollo tecnológico que nos indique que ahora sí, va a desaparecer. Sobrevivió al advenimiento de la radio y la televisión, dos momentos en que se predijo su evaporación, y no hay razones serias para pensar que hoy no tendrá la capacidad para adaptarse. 

En este contexto, preservar la plaza pública y el lugar de la prensa escrita en ella es evitar su disolución no por efecto de la censura, sino por algo más sutil y corrosivo: su irrelevancia. Una de las mejores armas que la prensa tiene para contrarrestar esto es asegurarle un lugar central a un elemento sobre el que se funda el sentido la conversación pública: la concurrencia de la argumentación razonada e informada. La prensa escrita está mejor dotada que otros medios para acoger esta tarea y puede ser un factor crítico de sobrevivencia en el nuevo entorno. En nuestra entidad, LJA es el medio mejor situado para ello. 

Ahora bien, para que se den sin demasiados aspavientos estos tres desplazamientos deben procurarse tres condiciones. La primera es encontrar un modelo de negocio que equilibre las condiciones de un ejercicio independiente del periodismo con las ineludibles necesidades de cubrir las nóminas y de solventar las iniciativas de expansión y crecimiento. 

La segunda es elevar el grado de profesionalización. Es insensato e injusto exigir un periodismo un mayor profesionalismo y un rendimiento de calidad, si quienes han de hacer dicho periodismo no cuentan con los medios, los recursos técnicos, la estabilidad y las remuneraciones que corresponda a esa exigencia. 

La tercera es no perder nunca de vista, que, por una noción mínima de sobrevivencia, la principal causa que debe asumir y encabezar el periodismo es la defensa del régimen de libertades que lo hace posible y necesario: la democracia. Hay aquí una ruta de doble sentido: defender las instituciones democráticas es defender la prensa libre; defender la prensa libre es defender la democracia. Esta es la causa primera, la causa sin la cual la promoción de otras causas, por más justas y urgentes que sean, pierde sentido. 

Edilberto Aldán plantea hacer de LJA el mapa donde los lectores, dispondremos de las herramientas para ubicarnos en el lugar de los hechos. Magnífica y provocadora proposición, a condición de tener en cuenta, como anota Michael Ondaatje: “La mayoría de las grandes batallas se liberan en los pliegues de los planos topográficos”, es decir, a la hora de descubrir y delinear con detalle la superficie y los pliegues de ese territorio a conquistar.

Un último apunte. 

En Primera Plana, ese regocijante retrato del oficio de periodista que filmara en 1974 Billy Wilder se da el siguiente diálogo entre Walter Burns (Walter Matthau), director del diario Chicago Examiner, y Peggy Grant (Susan Sarandon), prometida del reportero “Hildy” Johnson (Jack Lemmon) en la víspera de celebrarse la boda:

“Cásese con un enterrador o con un verdugo. Con quien sea, menos con un periodista”, le aconseja el Sr. Bruns a la joven Peggy. 

“Pero Hildy va a dejar el periodismo”, contesta Peggy.

A lo que el director replica: “No se puedan quitar las manchas a un leopardo ni enganchar un caballo de carreras a un carro de basura”.

 

Estoy seguro que, a los editores, reporteros, fotógrafos, colaboradores, a todos los que han hecho posible por más de diez años que día a día aparezca LJA, no habrá, en los años por venir, quién les quite las manchas de leopardo ni los enganche a un carro de basura. 

Mis parabienes por estos diez primeros años, pero, sobre todo, por los diez que siguen.

 

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Claudio H. Vargas

Claudio H. Vargas

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