Opinión

Pepe Pagés, Rafael Bernal y la Soberanía Nacional (3) / Cátedra

Atenta invitación. “La aportación de Jesús Terán a la vida política de México” es el tema del coloquio mensual de la Agrupación Cívica Amigos de Jesús Terán a cargo del Lic. Enrique Castro Pérez, previo recital de la Lic. Gema López García. Martes próximo a las 5.30 p.m. en la Casa Terán. Le esperamos.

 

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“Nada se debe aceptar del extranjero, 

porque los países nada dan desinteresadamente 

y lo que así se obtiene es a costa de la independencia 

y soberanía patria, es decir, de todos los males inagotables”. 

George Washington

(Primer presidente de Estados Unidos, 1789).

 

Soberanía. Tanto en el hogar como en la Nación, la soberanía ha estado circunscrita, durante miles de años, a los límites del territorio de su propiedad y es muy simple de entender: si una persona ajena ingresa en el espacio familiar sin la debida autorización, puede ser acusada por invasión de propiedad privada y castigada de acuerdo con la gravedad de los daños que provoque, a fin de restituir a la familia la soberanía perdida.

Este concepto puede estudiarse en tres grandes rubros que a su vez se subdividen: 1. Soberanía política si se estudia desde el punto de vista de su fundamento filosófico; 2. Soberanía económica desde el punto de vista de los bienes materiales que se posean y lo que yo llamo 3. Soberanía social, desde el punto de vista de los usos y costumbres que son propios de la comunidad en que se vive.

(Cabe aclarar que tanto las personas como los bienes, si llegaran a estar fuera de su domicilio, siguen perteneciendo a la soberanía familiar que los protege y controla dondequiera que estén, pero esto tiene particularidades que se escapan al presente trabajo).

De igual manera un país puede recurrir a una instancia internacional para tratar de resolver pacíficamente los diferendos o controversias que pudieran enfrentarse con la soberanía de otro país.

Hemos tocado lo que podríamos llamar respuesta pacífica a una agresión externa. Pero cuando la agresión y/o la respuesta son violentas, la situación se torna difícil, complicada y hasta trágica; las pérdidas pueden ser incluso irreparables para una o las dos partes en conflicto.

1810-1848 Soberanía política imperfecta. Si una nación permite a un extranjero intervenir en decisiones de gobierno (como ocurrió con el agente estadounidense William Poinsett en los inicios de nuestra República recién independizada de los tres siglos de sojuzgamiento impuesto por la monarquía española) no se puede afirmar que sea auténticamente soberana, porque está sometida a los caprichos de otra en un grado que puede ser desde insignificante hasta funesto, como fue el cínico despojo de la mitad de nuestro territorio en la primera mitad del siglo XIX, cuyos preparativos inició pacientemente Poinsett en las narices de nuestro ingenuo primer presidente de la República Guadalupe Victoria, culminados con la posterior traición de Santa Anna, demostrándose con ello que nuestra soberanía política era aparente porque faltaba mucho para que nuestra endeble integración se consolidara. 

1858-1860. Soberanía política avanzada. En una misma familia se puede dar el caso de que los miembros simpaticen o pertenezcan a diferentes partidos políticos, credos religiosos, equipos deportivos, etc., que pueden provocar enfrentamientos internos de diversa índole; solo aprendiendo y practicando lo que es la tolerancia se podrá aceptar como normal la existencia de esas diferencias para mantener una unidad familiar sólida, a fin de salir adelante cuando sea necesario hacer frente a circunstancias externas adversas.

La Guerra de Reforma que logró la expulsión definitiva de Santa Anna y la derrota también definitiva del Partido Conservador -en el que militaban quienes perdieron privilegios con la independencia- permitió la promulgación de las leyes de Reforma, por medio de las cuales México alcanzó la independencia ideológica del Vaticano al separar a la Iglesia Católica de las funciones del gobierno, que como religión única impuesta por el estado absolutista, castigaba sin piedad a quien se atreviera a expresar ideas diferentes a las establecidas; si alguien lo hacía se exponía a sufrir los peores tormentos a manos de la Santa Inquisición y la más salvaje de las muertes en la hoguera, espectáculo que se presentaba en la plaza pública presidido por las autoridades religiosas, civiles y militares. 

Así fue como quedó establecido el Estado Laico, expresión ideológica de la soberanía tanto política como social, que fue la primera que podría considerarse formal.

1862-1867 Soberanía política plena. Los conservadores derrotados por la Reforma triunfante fueron a Francia a pedirle al emperador Napoleón III que interviniera militarmente para liberar al pueblo que recibiría con los brazos abiertos al soberano que designara para gobernarlo en su nombre y restableciera como única religión de Estado a la Católica. 

La batalla de Puebla del 5 de Mayo de 1862 le propinó la primera derrota al ejército más poderoso de aquél entonces y luego de una costosa permanencia de cinco años, tuvieron que abandonar el país después del fusilamiento del “emperador” Maximiliano y de los militares conservadores que lo apoyaron, así como de la sonora derrota final que sufrieron en la batalla de Puebla del 2 de Abril de 1867. Entretanto, Jesús Terán había contribuido con su vida y su hacienda a convencer a los pueblos y los gobiernos europeos, especialmente en Francia sobre la injusticia de la invasión, quienes le retiraron la confianza a Napoleón III obligándolo a retirar su ejército.

En suma: ésta que bien puede calificarse como soberanía ideológica -inspirada por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano establecida por la Revolución Francesa- consolidó la soberanía política medio siglo después del inicio de la frustrada guerra de Independencia de 1810 y a diferencia del caos reinante quince años antes con la dictadura conservadora de Santa Anna que provocó la pérdida de la mitad de nuestro territorio. 

La adversidad de estas severas experiencias contribuyeron a madurar la conciencia cívica del pueblo que aceptó gustoso la convocatoria de Benito Juárez a superar la diversidad de sus usos y costumbres y, férreamente unidos para alcanzar el interés común de vivir políticamente libres, confiaron en sus propias fuerzas para culminar el sueño de ser los soberanos de una Nación reconocida y respetada por el mundo entero: México.

1910-1940. Soberanía económica. Una familia es económicamente soberana cuando no le debe un centavo a nadie. Pero pierde paulatinamente esa soberanía cuando empieza a pedir fiado o a solicitar préstamos que tendrá que pagar al final de cuentas con intereses leoninos, en lugar de practicar el sano ahorro que le permita comprar al contado y dormir con la conciencia tranquila; de lo contrario cae en la trampa de reducir su nivel de vida al tener que estar engordando la cuenta de los prestamistas y correr, incluso, el riesgo de perderlo todo.

Y así como las deudas pueden significar la destrucción de la familia, también pueden provocar la esclavitud de las naciones a manos de las potencias y del poder financiero internacional.

Ese fue precisamente el pretexto utilizado por Napoleón III para invadirnos: los préstamos que le habían solicitado los gobiernos conservadores. El mismo pretexto que utilizaron Estados Unidos y las potencias de Europa desde el siglo XIX hasta la fecha, para saquear las repúblicas latinoamericanas mediante las técnicas que los amos de las finanzas internacionales fueron depurando y en el siglo XX se convirtieron de plano en el instrumento favorito para extraer la riqueza de las naciones en desarrollo, como bien lo dijo hace sesenta años nuestro ilustre internacionalista Isidro Fabela: “El mundo actual vive bajo el reinado del imperialismo financiero.”

La Revolución Mexicana. Para conservar una economía sana, evitar conflictos financieros con el extranjero y consolidar nuestra soberanía económica, México estableció medidas fundamentales que impidieron el endeudamiento no solo del gobierno sino de los particulares: se declararon bienes de la Nación el suelo, el subsuelo, el mar y el espacio aéreo territoriales con candados rígidos para impedir su enajenación; se expropiaron bienes en poder de extranjeros y se establecieron medidas estrictas para evitar que pudieran adueñarse de más del 49% del capital de cualquier empresa. Las inversiones extranjeras directas quedaron terminantemente prohibidas.

La soberanía económica no podría ser auténticamente revolucionaria sin un propósito de justicia social. Por eso se realizó la reforma agraria que desmanteló el sistema feudal de las haciendas, repartió las tierras entre los campesinos y garantizó la soberanía alimentaria del país, al grado de que incluso se llegaron a exportar excedentes; se declaró de interés nacional la explotación del petróleo para lo que se creó la empresa Petróleos Mexicanos, que a contracorriente del augurio de fracaso de las empresas extranjeras afectadas, llegó a ser una de las empresas exitosas más importantes del mundo, al igual que la Comisión Federal de Electricidad, que en conjunto proporcionaron la energía necesaria para el despegue industrial que aseguraría la soberanía total de México.

La contrarrevolución. Pero si es verdad que a toda acción corresponde una reacción, a toda revolución corresponde una contrarrevolución. Se supone que este proceso cíclico existirá en tanto no se supriman las causas de la desigualdad social. 

Y como la causa más poderosa de la desigualdad social es la acumulación de la riqueza en pocas manos, las grandes potencias “occidentales” y los capitales más poderosos se unieron para apoyar a los descendientes de los conservadores mexicanos que empezaron a penetrar en los mecanismos de poder para recuperar la posición de privilegio de sus antepasado mediante el debilitamiento o eliminación de avances sociales tan importantes como como el fortalecimiento democrático de los sindicatos.

La transición impostora (1940-1982). La soberanía económica construida en el régimen de Lázaro Cárdenas empezó a diluirse con la llegada de los grandes capitales extranjeros mediante la elasticidad criminal con que se manejaron las barreras legales que les habían impedido penetrar hasta entonces. 

Uno de los instrumentos más efectivos de los gobiernos de transición (1940-1982) fue precisamente la cancelación de la democracia sindical y otros principios básicos del Partido de la Revolución Mexicana -PRM- que el entonces candidato electo Miguel Alemán transformó en el dócil Partido Revolucionario Institucional -PRI- a fines de 1945, utilizando el término “revolucionario” para simular que la revolución seguía su marcha en una etapa modernizadora, pero una de cuyas creaciones fue, precisamente, el famoso charrismo sindical aún vigente.

Nota: La próxima entrega será la última de esta serie con un rápido análisis de la soberanía en el neoliberalismo y en la “4ª transformación”.

 

Por la unidad en la diversidad

Aguascalientes, México, América Latina

 

tlacuilo.netz@yahoo.com

 

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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