Opinión

Pesadillario / La escuela de los opiliones

Pesadilla en la calle del infierno III y IV: hoy caigo en cuenta que el título en inglés, Nightmare on Elm Street, fonéticamente es similar a su traducción: pesadilla en la calle del infierno. Falta poco; elm = hell = hel = infierno. No sé cómo el español llegó a ese desarrollo tan complicado, un salto de una sílaba a tres, pero eso es lo maravilloso de nuestro idioma; igual que un videojuego, está lleno de misiones, túneles y laberintos que descubrir. Por qué hablamos como hablamos. Pero yo escribía de Freddy Krueger y mis obsesiones por entender sus quemaduras, su suéter de rayas. Unas noches atrás vi ambas películas de nuevo, películas esenciales en mi formación del terror en el mundo onírico. Aún hoy, incluso si me dan risa o me emocionan más de lo que me asustan, traen a la memoria sentimientos de infancia, la incredulidad del niño que no puede separar realidad de la ficción. El dios terrible de los sueños, de sombrero y guantes de jardinero, inventará sueños cada vez más complejos para robarse tu alma. Bestiario de pesadillas e inseguridades, de poderes superheróicos y madurez. Los muchachos, víctimas de Freddy, abandonan la niñez cada vez que entran a una de sus pesadillas y similar a un cuento de hadas, confrontan su realidad, sus miedos, sus deseos. Como hablamos de los sueños, es difícil descartar los símbolos, por más efectos baratos y risibles que puedan tener: hay inquietudes que no pueden ser ignoradas, que pueden despertar en el ocio después de la película. Aún cuando Freddy Krueger es vulgar, insípido a veces (y mi villano preferido), adquiere profundidades metafísicas cuando construye las trampas que elabora para los soñadores: la muchacha obsesionada con su físico se convierte en una cucaracha; un muchacho atrapado en un laberinto de automóviles abandonados que luego se descubre es la totalidad del planeta; la muchacha que desea ser una actriz de televisión termina “atravesando ese mundo” y es negada al instante (welcome to prime time, bitch). 

Mandy: había escuchado o leído de Mandy en algún sitio. Después de leer la sinopsis y ver que el actor era Nicolas Cage, pensé: “su mero mole”. Pero después leí más reseñas, y más reseñas: “un viaje psicótico, hilarante, imposible”. A poco. “Y es de terror, es de venganza, puede dar mucho miedo pero también puede dar mucha risa”. Desde entonces la guardé en mi disco duro y cada fin de semana me decía, hoy sí, hoy sí veré Mandy, pero entonces se me atravesaba algo: un pollito, una suegra, un videojuego. Pues ya la vi. Es una película que definitivamente hubiera amado de chavo, pero eso me confunde: ¿no puedo ser capaz de amarla el día de hoy? Es verdad, la disfruté y sus constantes referencias al Metal, a Dungeons and Dragons, a la fantasía post apocalíptica de los ochenta me ganaron pero, a su vez, lamento una nostalgia extraña, una nostalgia imposible: haberla visto más joven. Quizás es extraño y tonto cuando eso pasa, pero así fue. Desde los primeros cuadros, ver el rostro de un Nicolas Cage impávido, sin locura alguna pero una tristeza inacabable, y los verdes para acentuar la soledad viva del bosque, dije de aquí soy. Mandy es la pesadilla de un hombre, la muerte del amor y de la fantasía, el viaje para entregarse a la oscuridad; Nicolas Cage es un héroe que derrota a un culto y unos motociclistas que vienen del mismo infierno. Esta película parece un homenaje entretejido a Hellraiser, Heavy Metal, Doom (rural) y Ladyhawke. 

Clímax: el propio Gaspar Noé está sorprendido de que sea su película más alabada hasta la fecha y desconfía de la misma. Puedo entender por qué; este señor juega con hacer películas sobre los rumores que sabrosean las tías piolineras y por fin le atinó a una que lo tiene todo: drogas, bailarines, orgías, una escuela abandonada, rumores de fantasmas y cultos diabólicos. Las reseñas por ahí decían que era un viaje psicodélico e increíble que hacían unos muchachos después de tomar LSD en su ponche. Muy Mandy la cosa. “Un viaje terrorífico, de mucho miedo”. Esperaba más, pero eso es mi culpa, porque a mí cuando me dicen viaje psicodélico me gusta pensar en, por ejemplo, Matrix o A Scanner Darkly. La película provoca al espectador a través del cuerpo, cuerpos que se doblan y se retuercen horriblemente para dar la ilusión de estar atravesando los lugares oscuros de la mente de todos los muchachos que participan. Los primeros minutos son una presentación de los bailarines, de sus miedos y sus expectativas. Traté de aprenderme los nombres para tenerlos en mente, pero francamente no importa. Pronto es una sucesión de imágenes, situaciones, estampitas de lo terrible y lo horroroso. Todo se fusiona, todos parecen atravesarse los unos a los otros y te conviertes en el espectador de una leyenda urbana; no te interesa quiénes son, sólo te interesa lo que les pasa y a dónde son capaces de llegar. La disfruté, pero tengo que admitir que prefiero a Freddy Krueger para las lecciones morales disfrazadas de entretenimiento o, mejor aún, convertir la lección en entretenimiento. 

La casa que construyó Jack: Lars von Trier me parece un embaucador. A veces caigo en sus trampas (Nymphomaniac), otras veces no (Antichrist). Pero anoche, los primeros veinte minutos de Jack, me dieron mucho sueño y preferí irme a dormir temprano. Quizás mañana piense otra cosa.

The Author

Agustin Fest

Agustin Fest

No Comment

¡Participa!