Opinión

Reminiscencia de Independencia / La columna J

Amar a nuestra patria es nuestra ley.

En el ocaso más inefable del presente, se aparece una sombra, la sombra del pasado.

La gente grita de gozo y alegría, como si la batalla hubiese terminado.

Algunos recuerdan al cura que tuvo fe en sus ideales, otros simplemente se limitan de manera burda al fondo de una cantina ensalzando lo desconocido.

Nuestra tierra aún transpira sangre, y no propiamente de los enemigos extranjeros, sino de los ajenos apátridas. 

Los mexicanos necesitamos soledad, pero en el tumulto de gente ocupamos gritar a todos los puntos geométricos esotéricos, Viva México. 

El gran honor de muchos es devastado por la ociosa afición de nuestra sociedad, la de condenar a todos nuestros héroes. En parte en la infamia de sus oscuros pensamientos, pero jamás los consagramos en la totalidad de la gloria de sus acciones.

Hidalgo, Allende y Aldama tenían su cuarto de reflexiones cerca del centro histórico, ahí usaban una banda que caía de derecha a izquierda, en el ara juraban, libertad, igualdad y fraternidad, también decidieron dejar su nombre grabado en las páginas de la eternidad, el único costo a pagar, era su vida.

En la torre de oriente sonó la campana, la conspiración fraguada en Querétaro, tenía la bandera de la rebelión, ya con manchas de sangre, sombras y el espíritu de la voluntad que enarbolaban a los herederos de la divinidad, con los ojos cerrados estaban construyendo un templo que aún sigue vive en nuestros días, el templo de la soberanía. 

El tiempo de desterrar a los soldados de la espada española y el libro sagrado, había llegado, pues tarde o temprano, la tierra debe gritar libertad junto a los soldados que están dispuestos a todos, los que deciden no estudiar historia, sino los que deciden hacer historia.

No era necesario existir y habitar nuestra tierra a la sombra de una corona, era menester nacer en libertad.

Se debía proteger nuestra prosapia en las alas de la esperanza, conservar nuestro culto en dogma y doctrina, en la prudencia y en la moral, propiciar el orden y la fraternidad, también la tolerancia, pues el momento alentaba a que todos los patriotas lucharan con fuerzas y corazón para abolir a todo aquel que ostentaba el dominio y procuraba el dolor como sistema de control. 

El mundo se convulsionaba en 1810, nuestro México vibraba al son de la guerra, guerra de armas, guerra de ideas, guerra de hombres de honor que derrotaron a los tiranos con máscaras de redentores. Hidalgo y los hombres de valía salvaron a las generaciones de las generaciones, soldados de la patria, ejemplos de convicción.

El tiempo transcurre, se desaparece y vuelve con el viento de la victoria, que sirve para el pretexto y muy poco a la conmemoración, al destino le jugamos de manera irresponsable, sin saber que alguien dio su vida, por la igualdad.

La fortaleza de las palabras era el filo más contundente de las espadas, las espadas flamígeras estaban naciendo en la conciencia de aquellos que representarían en oratoria a cada momento en donde alguien se desvaneció por nuestra amada patria, patria olvidada, y dolida, el sentimiento ha perdido trascendencia, ahora entendemos a nuestros enemigos sin darnos cuenta de que son nuestros hermanos mexicanos. La bandera de la libertad aún se ondea por el viento del pasado. No sabemos cuánto futuro nos queda, pues hemos olvidado el presente.

Gritamos ¡Viva México¡, sin haber ido a ninguna guerra, más que a la guerra con nosotros mismos, gritamos con toda la fuerza del tequila ¡Viva México¡, sin defender los ideales de nuestra nación, ojalá que nunca perdamos la independencia, porque sólo entonces sabremos lo que hemos perdido.

La mejor cárcel es aquella en la que el prisionero ni siquiera se ha dado cuenta de que está preso, sin un craso error en patriotismo y en lejanía de una victoria pírrica, hemos continuado, pero ese día, ese día había un crepúsculo en el cielo opalino en donde se tornó violeta oscura por la parte de oriente y aumentaba, hasta ver en el fondo a nuestras almas en la posibilidad de algún día entonar un himno nacional y en él plasmar a la historia.

No era necesario depender, era obligación asumir el legado de nuestra patria, a pesar de las vidas, a pesar de las muertes, nunca se debe doblar la rodilla ante ningún mortal, nunca, solo ante el eterno. 

En la vida hay que escoger porque se va a vivir, pero también se debe de escoger porque se va a morir, el patriota entiende perfectamente que el lugar donde nació merece todo el amor del mundo. Nuestra independencia no es un grito en el furor, es la mayor conquista de nuestra hermandad.

¡Viva México¡

In silentio mei verba.

 

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Roberto Valdés Ahumada

Roberto Valdés Ahumada

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