Opinión

Un alegato contra los valores en el ámbito público / Disenso

Para mi amigo Mario Gensollen, 

por siempre estar para escuchar y discutir. Para dar luz.

 



Muchas discusiones públicas podrían ser zanjadas si dejáramos de hablar de valores con el desaseo que solemos hacerlo. Somos una sociedad descuidada (o una especie, tal vez) en este tema. Solemos, constantemente, confundir la esfera pública con la privada. Temas como la despenalización de las drogas, la eutanasia, el aborto, los derechos sexuales en general, se vuelven espesos cuando las discusiones en torno a ellas dejan de ser meramente políticas y se contaminan de las creencias personales. Por supuesto que todas y todos tenemos derecho a abrazar nuestra propia escala de valores. Esto se puede dar por razones variopintas (por el entorno y la educación, las creencias religiosas, metafísicas, los compromisos emocionales, el análisis, la reflexión), que irán desde la mera intuición hasta el estudio razonado. Es casi imposible no tener algo de las dos y no quisiera decir que en el nivel privado uno puede ser mejor que otro. Pero en el nivel público sí que necesitamos de la reflexión, analizar axiomas y pensar en un principio importante de consistencia y de bienestar generalizado, donde las meras intuiciones privadas difícilmente funcionan.

¿Qué es un valor? Bueno, evidentemente lo que cada cual atesore. Hay quien valora la convivencia familiar y quien la detesta (pueden ser ambas por razones plenamente válidas), quien valora la primacía de las emociones sobre las razones, quien valora más la vida -a cualquier costo y circunstancia- que su interrupción (en cualquier etapa), el sentimiento gregario antes que su construcción individual, y un largo etcétera. Sin embargo, como antes lo he anotado, la consistencia es importante, y para abrazar valores, de cualquier tipo, tenemos una condición a priori: ser libres. No podemos, por definición, elegir nuestros valores, abrazarlos, si no somos libres para ello. Dada esta evidencia, debemos aceptar que la condición para valorar es la libertad. Incluso las visiones más constreñidas de libertad, como aquellas de índole deontológico o teleológico, la asumen. Los religiosos que nutren nuestra tradición le llaman libre albedrío. No puede existir, estricto sensu, tal cosa como defender el derecho a los valores sin defender la libertad como el valor supremo.

En el ámbito político, mucho se ha dicho, hasta en su versión más pesimista o autocrítica, la democracia es el peor sistema con la excepción de todos los demás (como decía Churchill). Efectivamente, la historia nos ha dicho que no hay forma menos perversa de soberanía social que la democracia. Y empieza por el mismo principio: la libertad. Ello no quiere decir que no podamos imaginar un pueblo que es obligado a seguir ciertas normas y así sea, digamos, feliz, pero para ello es obligatorio pensar en una comunidad cerrada. Ya los griegos habían discutido esto. Ello implica desde la aniquilación de aquellos que no concuerdan con esa sociedad (por muerte o por exilio, por ejemplo) o simplemente aislarse del contexto mundial. Hoy, por muchas razones, esto parece no sólo insensato, sino imposible, aunque sigue habiendo sociedades con fuertes tendencias comunitaristas (¿qué tienen en común los Estados Unidos de Trump y la Cuba de Castro?). Sin embargo, es también indiscutible que los mejores niveles de vida se dan en las sociedades abiertas, donde la libertad es el principio de su propia conformación.

Nos hemos acostumbrado a ver a nuestras y nuestros gobernantes hablar, desde sus campañas, de sus valores personales. ¿En qué creen? ¿Cómo viven? ¿Por qué abrazan ciertos valores específicos? El discurso sobre sus valores atraviesa su camino a los comicios, veo, con tristeza, que lo hemos normalizado. No solamente aquellos que se dicen de derecha donde sería, digamos más esperable (aunque no deseable), sino ahora también en los que se asumen de izquierda. Si hemos dicho que el valor inicial es la libertad, ¿cómo hacemos consistente esta libertad con sociedades abiertas? ¿Tienen los políticos y sus votantes derecho a que su libertad de tener valores propios, privados, se haga pública? Yo creo que no. Por una razón sencilla. Evidentemente sus propios valores pueden contraponerse con otros y con ello, el sistema, dado su poder, evitará el libre desarrollo de otros valores, de otras personas. ¿Puede cualquier individuo ejercer sus propios valores sin esperar que el Estado lo limite? Tampoco, si el área pública se habita. 

¿Cómo hemos de resolver este problema? Acudiendo al valor político derivado del valor universal de la libertad: la justicia es la manera en que se regula públicamente la libertad. Es el principio que permite que ejerzamos nuestra libertad sin aniquilar otras, y también el principio que nos protege de la otredad y sus imposiciones de valores. Por ejemplo: un político podría hablar de justicia distributiva, sin hablar de caridad. Un político podría hablar de justicia en la distribución del trabajo, sin hablar de empatía. Un político podría hablar de la importancia de la recaudación para el combate a la pobreza, no de generosidad. O podría hablar de valores morales en sentido retórico, sin perder de vista que siempre está hablando de justicia: ésta es la forma de mediar las libertades. Pero inicia por el propio principio de libertad. Vigila que cada uno pueda vivir sus libertades en lo privado sin avasallar las libertades ajenas. 

En este sentido, todas las discusiones que manejé al principio han estado contaminadas por la visión moral y no por una visión de justicia. A todas luces que prohibamos que un adolescente fume marihuana parte de nuestro esquema de valores, porque la libertad de hacerse daño a sí mismo debería estar por encima de nuestras creencias. Eso sí, siempre que no haga daño a otra libertad. ¿Que si se drogan van a delinquir? Entonces se castiga el robo, no se castiga el consumo. Es evidente cuál es el valor público y cuál el privado. Hay quienes dirán que entonces las mujeres que abortan merecen morir (he asistido a esa discusión), pero pasamos por alto que las mujeres están ya en condición de ejercer su libertad, no así el feto: la interrupción del embarazo guarda pues el mismo principio: las mujeres lo harán, porque depende únicamente de su relación con su propio cuerpo (tragedia de la naturaleza), pero podemos garantizar que no mueran, lo cual parece justo. Cuando lleguemos a un punto en que los cigotos puedan engendrarse fuera del cuerpo la discusión cambiará por completo. Ni siquiera quiero adentrarme en el análisis de las mujeres que son violadas, engañadas, abusadas mentalmente, y en el asunto de que nadie parece estar discutiendo sobre la libertad del hombre para elegir no ejercer su paternidad. Dirán que las mujeres también pueden renunciar a ella y dar en adopción al bebé. Miren el número de niños abandonados y en situación de adopción. Y ya ni hablar de que, además, también hay lobbies conservadores que pretenden impedir que parejas homosexuales adopten (sin evidencia alguna sobre que esto vaya en detrimento del adoptado, sólo por principios confesionales). O que se oponen a una educación sexual abierta, que enfrente todos los valores y todas las libertades.

Que el gobierno, como sucedió esta semana, hable de inculcar valores, me parece un despropósito mayúsculo. El gobierno debe cuidar que su pueblo viva en justicia y nada más. No debe haber mayor aspiración, menos con fines confesionales, menos con fines de imposición ideológica. Un pueblo que vive en justicia es un pueblo que vive libre. Otros valores como la paz y la honestidad vendrán por añadidura. Seamos libres para ser justos con todas y todos. Y seamos justos para que todas y todos, seamos libres.

 

/Aguascalientesplural | @alexvzuniga | TT CIENCIA APLICADA

 

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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