70 años de la República Popular de China / Taktika - LJA Aguascalientes
27/10/2020



 

La Ciudad Prohibida, Pekín, China. 1 de octubre de 1949. El jefe de los comunistas chinos, Mao Tsé-tung, asciende, a la manera de su protector Iósif Stalin, por los peldaños del antiguo Palacio Imperial. Abajo, en la Plaza de Tiananmen, miles de chinos, organizados por los comisarios políticos, ondean las banderas rojas y Mao, tras aclarar la garganta, enuncia una lista de nombramientos en el gobierno comunista. Por último, termina su alocución gritando a voz en cuello: “¡Viva el pueblo!”.

Cien mil gargantas responden: “¡Viva el camarada Mao! ¡Viva el Gran Timonel!”. Entonces la banda del Ejército Popular de Liberación toca el recién adoptado himno, La Marcha de los Voluntarios. Las lágrimas surcan miles de rostros y millares de manos forman un bosque de puños en alto. Para China ha terminado el llamado “Siglo de la Humillación”.

Las escenas arriba descritas sirven como prólogo al presente artículo el cual pretende explicar y analizar cómo ha evolucionado la República Popular de China a siete décadas de su proclamación.

La China de principios del siglo XX era devorada por la corrupción, la inestabilidad y los abusos de las potencias extranjeras: la Revolución de 1911, la cual derrocó al gobierno imperial e instauró la República de China; en 1921, la creación del Partido Comunista; en 1925, el ascenso del generalísimo Chiang Kai-Shek; en 1931, la anexión de Manchuria por Japón; en 1934-1935, “La Larga Marcha” de los comunistas chinos; y en 1937, la invasión japonesa de China.

En 1939, la victoria soviética en la batalla de Jaljin Gol supuso un respiro para los comunistas chinos, pues significó que el Japón imperial reorientaría su expansión hacia las colonias europeas en el sudeste de Asia. En diciembre de 1941, Japón atacó a los Estados Unidos y al Imperio británico. Mientras tanto, Mao se dedicó a una guerra de guerrillas y el peso de la lucha contra los nipones recaería en las tropas nacionalistas de Chiang Kai-Shek.

Durante la Conferencia de Yalta, en febrero de 1945, Iósif Stalin logró de sus aliados angloamericanos amplias concesiones en Asia: las Islas Kuriles, Sajalín, Mongolia Exterior y Manchuria pasarían a manos soviéticas; y Rusia entraría a la guerra en Asia tres meses después de la derrota de Alemania. Asimismo, los Estados Unidos tendrían que pedir permiso a los soviéticos para informar a su aliado, Chiang Kai-Shek, sobre el contenido de las discusiones en Yalta.

Entre 1945 y 1949, los comunistas chinos derrotaron a los nacionalistas y expulsaron a Chiang, quien se refugió en la isla de Formosa (Hoy Taiwan) para refundar la República de China. Mientras tanto, Mao no cejaba en su celo internacionalista: en febrero de 1950, durante una cena organizada en el Kremlin para Mao Tsé-Tung, Stalin dijo al líder vietnamita, Ho Chi Minh que Vietnam era la responsabilidad de China. Por ello, Mao envió asesores y equipo bélico. Al mismo tiempo, Stalin autorizó al líder de Corea del Norte, Kim Il Sung, la invasión de Corea del Sur. El vozhd dijo: “Si te patean en los dientes, yo no voy a levantar un dedo. Tendrás que pedirle ayuda a Mao” 1.

Durante los tres siguientes años, los norcoreanos y los “voluntarios” chinos se enfrentaron a las fuerzas de las Naciones Unidas, comandadas por los Estados Unidos y otros países. La guerra en Corea terminó en empate y produjo dos resultados para China: primero, demostró que “el imperialismo norteamericano…es un tigre de papel”; segundo, la paridad en Corea suponía, en las palabras de Douglas MacArthur, “la orden de ejecución para Indochina”2

El resto de la década de 1950 presenció dos acontecimientos titánicos en China: el Gran Salto Adelante, un plan agrícola e industrial que debía transformar a China en un país desarrollado. Sin embargo, el programa arruinó la agricultura e industria del país, y provocó una hambruna de proporciones bíblicas: 40 millones de chinos fallecieron. 

La década de 1960 fue una montaña rusa de emociones para China: en 1962, China e India chocaron y Mao salió victorioso. Luego, en el otoño de 1964, China logró detonar su primera bomba atómica; en agosto de 1966, Mao, tras obtener el apoyo del Ejército Popular y de los jóvenes, lanzó la Gran Revolución Cultural Proletaria, cuyo objetivo era eliminar a la “camarilla revisionista burguesa” y a los “imperialistas soviéticos”.

En marzo de 1969, los ejércitos de China y la Unión Soviética chocaron. Ambos bandos se proclamaron vencedores: los chinos representaron al Ejército soviético como “políticamente degenerado y moralmente decadente”; los soviéticos definieron al Ejército Popular como “monos amarillos”. En la realidad, el oso ruso le pateó el trasero al dragón chino.

Los choques fronterizos de marzo de 1969 convencieron al presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, y a su asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, de que había llegado el momento de lograr la apertura con China. A partir de ahí comenzó un proceso que culminó en febrero de 1972 con el histórico apretón de manos entre Nixon y “el Gran Timonel”.

Mao falleció en 1976. A continuación, siguió una lucha por el poder hasta que Deng Xiaoping se impuso como líder. En diciembre de 1978, Deng inició una serie de reformas económicas para convertir a China en “una economía socialista de mercado”. Tras visitar Estados Unidos, el líder chino ordenó, en febrero de 1979, la invasión de Vietnam. El objetivo: restaurar el equilibrio geopolítico en Asia, lo cual logró pues la Unión Soviética no intervino en favor de su aliado vietnamita y así China demostró que podía “tocarle las nalgas al tigre”3 y salir indemne.


Las siguientes cuatro décadas presenciaron: el crecimiento económico en dos dígitos; en 1989, la masacre de Tiananmen; en 1997, la devolución por parte de Gran Bretaña de Hong Kong; en 2001, el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio; en 2014, el establecimiento de la alianza estratégica con la Rusia de Vladimir Putin; y, en 2018, la declaratoria de la guerra comercial por parte de Donald Trump, en un intento por frenar la expansión comercial china por el orbe.

El escribano concluye su colaboración con la frase pronunciada por el Gran Corso, Napoleón Bonaparte: “China es un gigante dormido. Dejadla dormid, porque cuando ella despierte el mundo temblará”. 

Aide-Mémoire.– Para entender el intento de juicio político a Donald Trump se debe estudiar el caso Watergate y su influencia sobre la administración de Richard Nixon.

 

  1. – Chang, Jung, & Halliday, Jon. Mao: The Unknown Story. New York, Anchor Books, 2006, p. 354
  2. – Manchester, William. American Caesar: Douglas MacArthur 1880-1964. New York, Dell Book, 1978, p. 808

3.- Kissinger, Henry. On China. New York, The Penguin Press, 2011, p. 340


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