Opinión

Cachivachario / La escuela de los opiliones

Álbum de las Pepsi Cards: cuando fui niño, después de cabalgar en dos camellos, un elefante, un caballo enano y los hombros de un gigante; de navegar un esquife en los rápidos de Wyoming y meterme de polizón en un barco pesquero de unos japoneses que cazaban manatís gigantes de contrabando, conseguí reunir 98 de las 104 tarjetas. Probablemente exagero, me faltan menos tarjetas, o erro los números, pero ahora que paso las hojas entre mis dedos pienso que son demasiadas. Luego me pregunto, a pesar de que soy un hombre casado, cómo pude lograr tanto amor, tanta constancia. La niñez es asombrosa. Marvel desde entonces ya trabajaba el cerebro chamaquero, lo alimentaba con historias y propuestas de colección. Stan Lee (zombie) rompe la cuarta para decirnos: “Completa tu alma a través de la compra centavera y jamás detengas tus búsquedas para que, cuando seas adulto, puedas desembolsar verdaderos pesos en los juguetes, las colecciones de blu-ray y el servicio de streaming”. Sin embargo, este álbum en particular es verdaderamente mágico porque representa una época dorada: la Pepsi-Cola logró ser más popular que la Coca-Cola en los hogares mexicanos, la Coca-Cola alguna vez fue un refresco de segunda, la última opción de los escritores gringos, el fúchila-guácala de los empleados. 

Zippo: uno de los muchos recuerdos de mi vida de fumador. Aún guardo un zippo azul y el líquido inflamable, no he pensado deshacerme de ellos. Si acercas la mano, se siente misteriosamente cálido, como si algún duende lo hubiera usado recientemente. Pero no pasa nada. No he encendido ese Zippo en más de tres años. Me falta oficio de pirómano, de arqueólogo aventurero o de cazador sobrenatural. Si mi vida fuera una novela, tal vez un cuento, la mención de este artefacto sería un presagio atinado. 

Caja del primer iPad: confieso que me gustan los productos de Apple, y aunque no hago todo lo posible por endeudarme con lo primero que sale, compro felizmente una o dos generaciones de retraso porque no me importa estar en lo última (aunque a veces lo envidio, porque soy hombre de este tiempo y el budismo me falla). Esta enfermedad capitalista me viene desde el vientre, desde que mi madre viajaba, necia y sesuda, a sus olimpiadas de ajedrez y navegaba los países de Jony Ive. Ese minimalismo lo alimentó a través del cordón umbilical. Y años después, diecinueve para ser exactos, cuando formé parte de las huestes esclavas de la publicidad, finalmente di el salto de editar en una PC armada, lo mejor de lo mejor, para descubrir el consuelo que representaban las máquinas blancas y perfectas de Apple, de tipografías redondas y hermosas, escritorios limpios y cortes precisos. Rara vez me fallaban los videos de una Mac, y si había falla, la culpa era de los otros. Un iPad de segunda generación era como cargar en la mano uno de estos prodigios, pero ese lo revendí ya hace algunos años y lo único que conservaba era la caja. Decidí conservar las cajas para tener una prueba de pertenencia, del paso del tiempo, de mi inclinación por los cachivaches blancos, pero ayer, limpiando la oficina, puse la caja en una bolsa de basura y le desee lo mejor. Esos misteriosos procesos por los cuales se valora una caja de cartón. La permanencia también es una ficción que nos ayuda a sobrellevar los días. 



Plancha de hierro: en alguno de mis paseos por los mercados de ruedas de algún inframundo, un diablo me entregó una plancha de hierro, sin cordón eléctrico, más vieja que Matusalén. Me pareció poderosa, un instrumento para guardar en caso de que la civilización se arruinara. Me la llevé a casa, y ahora no me puedo deshacer de ella. Quizás tiene una maldición, quizás si la froto saldrá un genio de hierro. 

Primera botella del Black & White: el whisky de los perritos, mi diablo guardián en algunos proyectos de felicidad y chacota. Ambos perritos, el blanco y negro, miran felizmente al tipo que escribe. Los amuletos que recogen las emociones de sus dueños, las botellas vacías que contienen los espíritus del pasado. Suena Daniel Johnston, ¿por qué te veo doble si no he tomado esta noche? Recuerdo los chistes de cuando fui un borracho feliz, cuando era necesario inventarse tragedias para llorar con los verdaderos desgraciados. Los perritos ladean la cabeza, saben que no bebo tanto, pero cuando lo hago, es para hablar de la felicidad; no todo se ha perdido, no todo lo hemos abandonado, perritos, no tenemos por qué siempre mirar a la luna y aullar por los tiempos perdidos. 

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Agustin Fest

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