Opinión

Ciencia y religión, otra manera de ver un antiguo debate / El peso de las razones

En nuestras democracias liberales existe un desajuste entre lo que suelen afirmar científicas y científicos como creencias bien fundadas y las creencias de la ciudadanía y de las y los gobernantes. Este desajuste es fuente de potenciales conflictos debido a lo que Philip Kitcher, profesor de la Universidad de Columbia, llama epistemologías híbridas. De manera menos técnica, a lo que se refiere es al doble rasero: por un lado, evaluamos una creencia como correcta o incorrecta, justificada o no justificada, verdadera o falsa, atendiendo a un criterio que valora la evidencia y la pondera examinando qué tanto la confirma; por otro lado, cuando no nos es conveniente, evaluamos una creencia que nos es importante atendiendo de manera principal a nuestros deseos e intereses. 

Algunas religiones -se tiende a pensar que aquellas vinculadas de una u otra manera al cristianismo- consideran como fundamental de su práctica un cuerpo más o menos extenso de creencias. El credo es una profesión, declaración o confesión de fe que es compartida por la comunidad religiosa. Como fórmula fija que se recita en la liturgia, dentro del cristianismo existe el credo niceno-constantinopolitano, el cual fue introducido en la liturgia de la cristiandad occidental por decisión del III Concilio de Toledo. En la liturgia de la iglesia católica y de varias protestantes se utiliza también el símbolo de los apóstoles. El credo cristiano incluye creencias supernaturalistas como “Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible”, y algunas más exóticas como “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. El cristianismo también es providencialista: sus adeptos creen que el cosmos y las leyes que lo rigen expresan la voluntad y los deseos del creador. Por último, algunas religiones se contentan con una versión espiritualista: un conjunto de preceptos, no de creencias, que nos incitan a actuar de determinadas maneras y a concebir nuestra relación con el mundo, otros seres humanos y seres vivos a partir de algunos principios. Esto sucede de manera paradigmática con el budismo, e incluso con algunas versiones devocionales del cristianismo.

Las distinciones anteriores le sirven a Kitcher para establecer una diferencia entre tipos de religiones: supernaturalistas, providencialistas y espiritualistas. Las dos primeras se complementan en ocasiones, en otras se excluyen. Son incompatibles cuando su versión supernaturalista hace incompatible que la ciencia de razón de la manera particular en la que el creador expresa su voluntad. Algunos religiosos prudentes suelen afirmar, por ejemplo, que el mecanismo evolutivo descubierto por Darwin es la manera en la que el creador operó el origen a la vida humana. No obstante, los providencialistas se enfrentan a diversas objeciones: ¿por qué el creador ideó una manera tan cruel, repleta de muerte y sufrimiento, para colocar al ser humano en el centro de su creación? Frente a estos cuestionamientos, el providencialista tiene sólo dos opciones: recular a una versión mucho más robusta y dogmática de supernaturalismo, o poco a poco deslizar su credo hacia una religión meramente espiritualista.



Para Kitcher son sólo las religiones supernaturalistas y providencialistas las que generan un desajuste con las afirmaciones que hace la ciencia. Este desajuste también tiene su origen en dos principios democráticos aparentemente contrapuestos. El primero tiene que ver con la pluralidad, la individualidad y la libertad de consciencia. Nuestras democracias fomentan y valoran la pluralidad, protegen la individualidad, y consideran que las personas tienen el derecho a llevar a cabo el proyecto de su vida de acuerdo con las creencias que consideran correctas. No obstante, por otro lado, nuestras democracias también consideran que es tarea del Estado educar a sus ciudadanos menores de edad a partir de las creencias mejor justificadas, y suele considerarse que es la ciencia la que nos dice cuáles son éstas. Dicho lo anterior, ¿qué exige de nosotros la democracia para atender al problema del desajuste?

John Rawls, quien fuese profesor emérito de la Universidad de Harvard, y quizá el teórico político más importante del siglo XX, consideraba que la solución se encontraba en lo que llamó razón pública. La razón pública no es un credo que el Estado nos obligue a adoptar, como lo hacen las religiones supernaturalistas y providencialistas. Por el contrario, es una manera de evaluar las creencias. Las epistemologías híbridas, a las que apelan los ciudadanos religiosos, nos dicen que hay más de una manera de evaluarlas: la manera científica, para todas las creencias que no transgredan su credo, y otras -por ejemplo, magisteriales, las que el magisterio les indica para interpretar sus sagradas escrituras- para el resto. No obstante, la democracia liberal nos exige que no existan epistemologías híbridas para problemas públicos, pues una razón pública sólo puede ser secular.

Así, el viejo conflicto entre ciencia y religión puede ser entendido -incluso de manera histórica- como uno que se da entre las epistemologías híbridas y las puras. Si deseamos que el problema del desajuste desaparezca -así como sus indeseables consecuencias- debemos apostar por una epistemología pura: por una razón pública secular.

 

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Mario Gensollen

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