El silencio de los machos / Favela chic  - LJA Aguascalientes
21/01/2022

Pese al revuelo mediático despertado por El vendedor de silencio, la nueva novela de Enrique Serna, hasta ahora sus reseñistas del medio periodístico y literario han sido casi exclusivamente varones. Da la impresión de que se ha recibido como otra novela de hombres, escrita y elogiada por ellos mismos. Pero si tomamos en cuenta que la violencia machista es uno de sus principales hilos conductores, el discreto mutis de las mujeres llama la atención. ¿Será que los tiempos no han cambiado realmente y ellos siguen llevando la voz cantante, pese a los supuestos avances en materia de equidad? ¿Será más bien que una historia contada desde la perspectiva de un periodista chayotero y misógino, cínico y soberbio hasta extremos caricaturescos, resulta chocante y retrógrada para nosotras, cuando México ya ha alcanzado el indeseable estatus de país feminicida?

 

La risa incómoda

Confieso nunca haber oído antes una sola palabra de Carlos Denegri. Para la mayoría de los millennials como yo, a excepción de los que han hecho carrera periodística, era un perfecto desconocido. Por haberse vuelto demasiado irritante para el mismo gremio donde saltó a la fama, su memoria casi se disolvió en el olvido. La imagen de su sucesor, Jacobo Zabludovsky, que en los noventa inundaba las pantallas de los televisores, como en la distopía de Orwell, es para nosotros los jóvenes el referente más cercano a la época. Escuché por primera vez el nombre de Denegri en boca del propio Enrique, cuando fue tejiendo los hilos de lo que sería El vendedor de silencio, a lo largo de cuatro años. En una ocasión estábamos sentadas a la mesa ocho personas, seis hombres y dos mujeres. Para amenizar la tarde, Enrique nos contó dos de leyendas negras que había recabado durante su investigación sobre el llamado “Rey Midas del Cuarto Poder”. 

Al enterarse de que su sirvienta tenía amoríos con un hombre, al que introducía clandestinamente en el cuarto de servicio, Denegri quiso darle un castigo ejemplar: la sujetó a su caballo con un arnés y la llevó a rastras por avenida Insurgentes. Asimismo, cuando se casó por primera vez se puso una borrachera de campeonato y abandonó la fiesta para seguir tomando en otro sitio. Horas más tarde regresó a casa con una prostituta y corrió a gritos e insultos a su legítima esposa del lecho conyugal, en vísperas de la luna de miel. El relato de estas infamias, propias de un villano de cómic, nos hizo reír espontáneamente a todos, incluso a mí. A todos, menos a la otra mujer que nos acompañaba, una editora independiente. De pronto reparé en ella y mi sonrisa se congeló. Sin decir una sola palabra, ella examinaba con una mirada triste y perpleja los gestos festivos de los oyentes. Entonces me reproché para mis adentros: “¿De qué diablos me estoy riendo?”. En la vida de todas nosotras ha habido un Carlos Denegri.

Pega o paga

En El vendedor de silencio, en efecto, las mujeres son tratadas como objetos sexuales que se compran o se roban, que se exhiben, se consumen, se intercambian, se destruyen y se desechan. Pero los hombres están cosificados por igual, pues sostienen relaciones prostibularias con otros hombres aún más poderosos. Para la élite política y empresarial, los periodistas también son sus “chicas de variedad”; siempre destaca una favorita que recibe un pago generoso por decir las palabras convenientes o por mantener el pico cerrado con una sonrisa de oreja a oreja y una actitud de servicio. Nos son personas, sino medios, instrumentos, signos de estatus… Pero, cuando se salen del guion oficial, cuando pierden la compostura, cuando piensan por sí mismos y se vuelven sujetos non gratos, entonces tampoco se les paga ya, sino se les pega con humillaciones privadas y públicas, se les calla, arrincona y desaparece del mapa. El silencio de las mujeres también es el silencio de los machos, aunque ellos tengan que transitar, como Denegri, un camino largo y tortuoso antes de reconocerlo. Ésta es la primera enseñanza de El vendedor de silencio. 

La segunda es que los hombres misóginos crean a sus propias némesis, las feminazis, en el sentido en que se ha popularizado el epíteto hoy en día, como las mujeres que ejercen la misma violencia machista que reprueban. Una nota distintiva de la novela es que implícitamente reconoce a las mujeres oprimidas el derecho a la maldad, tipificado por la filósofa feminista Amelia Valcárcel. En una sociedad patriarcal, donde los hombres también se tienen que tragar sus palabras, donde se transforman simultáneamente en workaholics y alcoholics para distraer y ahogar sus penas secretas, las mujeres están condenadas a ser un punching bag de las emociones tóxicas masculinas. Cuando ellas son pisoteadas una y otra vez por la suela de un caca grande (o chica), cuando no pueden romper con la dinámica del amo y esclavo, cuando no disponen de medios personales o institucionales para huir de sus verdugos, están en todo el derecho de contratacar con el mismo mal. Para sobrevivir, acaban por apretar el gatillo con que los hombres se apuntan directamente a la sien. 

El nuevo milenio 

A propósito de El vendedor de silencio, las comparaciones entre el viejo y el nuevo periodismo son inevitables. Algunas pecan de optimistas: Salvador Carrillo, de El Informador, celebra que “la batalla por la verdad es cosa del pasado”, pues en su opinión “hemos evolucionado: nadie nos condena por lo que pensamos”. Pero en los hechos, aún operan los mecanismos contra la libertad de expresión. El más extremo y común sigue siendo, ya no digamos el consabido moche con el que hizo Denegri su fortuna, sino el asesinato a sangre fría. Según el portal de Aristegui Noticias, desde el 2000, año de la supuesta transición a la democracia en México, han exterminado a por lo menos 147 periodistas (15 mujeres y 132 hombres) con un 90% de impunidad. Si bien la internet y las redes sociales han inaugurado una nueva era del periodismo, mucho más transparente, inmediata y democrática, en interacción permanente con los lectores, todavía se practica la compraventa de silencio, o bien, su imposición a costa de la vida. 

 Por otra parte, la violencia machista se representa en la novela como un “prerrogativa” de la clase política y de sus lacayos con credenciales. Sin embargo, en los hechos se trata más bien de una práctica generalizada que se traduce en números rojos ascendentes. Según la ONU, en México se cometen por lo menos nueve feminicidios al día y en pocos casos se hace justicia. No hay un solo Denegri al acecho de víctimas potenciales, sino miles que pululan por las calles. Protegidos por su anonimato perpetran secuestros, violaciones y asesinatos de niñas y mujeres a plena luz del día. Ni siquiera en la esfera de la intimidad ellas pueden sentirse seguras, si sus parejas y exparejas figuran en la nota roja como sus feminicidas. “¿Qué tan cerca y qué tan lejos estamos de esa realidad?”, preguntaba Carmen Aristegui en la presentación de El vendedor de silencio. En este nuevo milenio, no debemos cantar victoria cuando los periodistas siguen perdiendo la vida sólo por el hecho de ser periodistas, y las mujeres, sólo por el hecho de ser mujeres. 

Reeducar al macho


La tercera enseñanza de El vendedor de silencio es que la misoginia, retratada con excesiva indulgencia en las artes y en la literatura de corte patriarcal, es literalmente una patología de la mente y del espíritu: “¿De qué otra forma se le puede llamar a la propensión de odiar con todas las fuerzas de tu alma a la mujer que deseas con todas las fuerzas de tu alma?”, cuestiona Hannah Gadsby en Nanette. Sin habérselo propuesto conscientemente, Enrique ha escrito una novela para reeducar a los machos, empezando por él mismo. Al poner el punto final, sintió que se había practicado un exorcismo, pues cuando la estaba escribiendo lo poseía “el protervo fantasma de Carlos Denegri”, según la postdata. Pero no podemos ser tan ingenuos como para pensar que ese exorcismo puede lograrse de una vez y para siempre mediante un proceso creativo temporal: se requiere de la pedagogía del “sólo por hoy”, un ejercicio voluntario de humildad e introspección que se practica día con día. En México los movimientos feministas, como el #MeToo, han despertado una gran polémica y no pocos disgustos. Inculpadas o no, muchas figuras célebres (y no tan célebres), sintieron pasos en la azotea por obvias razones: apoyados por su caterva de incondicionales, emprendieron una campaña de desprestigio mediático en contra de las denunciantes. No obstante, al margen de la posición de su autor al respecto, El vendedor de silencio dialoga precisamente con esos movimientos de liberación y respalda la veracidad de sus voces al hacer una radiografía de la misoginia a la luz de un personaje prototípico.


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