Opinión

Esto no es una broma / El peso de las razones

Confieso que en ocasiones me molestan en demasía los juicios morales que algunas personas hacen a los artefactos estéticos. Pienso, a veces, que se trata de una nueva ola de puritanismo el que los lleva constantemente a leer fuera de contexto, a exigir moralejas edulcoradas a las películas, cuentos o novelas, y que los empuja a leer todo en clave jacobina. No comprendo, para acabar pronto, a las buenas conciencias que fácilmente curan sus responsabilidades sociales atendiendo a las meras formalidades de su rito religioso o social preferido.

Me molestan ocasionalmente por igual los que se alinean al dogma (y mito) de “el arte por el arte”. Aquellos que anulan su capacidad de emocionarse estéticamente para mantener impoluto su ojo crítico. Aquellos a la caza de imprecisiones lingüísticas y conceptuales, huecos narrativos, tomas incorrectas y crasos errores de continuidad. Para estas personas, los artefactos estéticos son rocas a ojos del geólogo. La vida del artefacto es invisible ante sus elocuentes diatribas.

Tanto el moralismo como el esteticismo son actitudes desmesuradas del juicio que pueden incapacitarnos para la comprensión y, ante todo, para la emoción que debería suscitar un artefacto estético bien logrado. Moralismo y esteticismo son casi discapacidades cognitivas (pues lo cognitivo no excluye lo emocional) que malogran la finalidad que las prácticas estéticas buscan conseguir en una vida harto turbulenta y compleja.

Pero no, esta columna no va sobre mis molestias e incomprensiones (que son muchas tanto por exceso como por defecto). Va sobre uno de esos artefactos estéticos que ha sido blanco de los más variopintos juicios morales o de las más aparatosas críticas de arte. (Adicionalmente, aunque esto me inquieta mucho menos, un artefacto que está empezando su camino, en el mejor de los casos, como ejemplar paradigmático del análisis psicológico, psiquiátrico y forense; y, en el peor, de largas charlas psicoanalíticas). Se trata de Joker, que este fin de semana fue estrenada en las salas de cine. 

Joker no es una broma. No lo es. No es tampoco una película sobre superhéroes o supervillanos. Todd Phillips decidió disfrazar una historia cruda y brutal del maquillaje del universo de DC Comics para alcanzar un público mayor e incomodar a las más personas posibles. Creo que lo logrará. Porque Joker es ante todo un largo ensayo sobre nuestras responsabilidades sociales en forma de estudio de personaje. Es cierto, aunque ya nos han cansado los críticos de avanzada con ello, que todos los aspectos de la producción están cuidados de manera impecable. Es cierto que la dirección de Phillips lo lleva ya a otro plano, y que la actuación de Phoenix es un memorable homenaje a De Niro, en el cual el alumno al menos alcanza las más grandes cimas del maestro. Pero nada de esto me parece central para comprender la emoción que la película busca suscitarnos.

Joker es, bien lo han dicho dos lecturas extraordinarias de la película -la de Michael Moore y la de Alejandro Zúñiga, publicada esta última en este diario el día de ayer-, quizá de manera central, un ensayo sobre la miseria y la marginación. Sobre nuestra responsabilidad social con los menos favorecidos. Sobre, como lo señala Alejandro, cómo la marginación es una bomba de tiempo. Me resultan sesudas las especulaciones sobre la interpretación del final de la película, sobre si existe una tramoya que nos deba hacer reinterpretar su trama, pero al final Joker es ante todo un golpe fortísimo a las buenas conciencias. En la película no sólo son villanos los que portan un arma o asesinan, sino los que cortan el presupuesto para la atención a los enfermos mentales, los que juegan con la salud y los servicios sociales, los que consideran que los pobres lo son porque así lo quieren o porque son flojos, los que consideran payasos a los que no contaron con las mismas oportunidades que ellos. Joker es una representación bastante fiel de lo que los académicos han tenido en mal llamar (porque no me gusta la metáfora) la descomposición del tejido social. Más bien lo es sobre el mito capitalista de la movilidad social por medio de un mercado no regulado. Joker, no quiero extenderme mucho más, es una película horriblemente incómoda, un artefacto estético que, mediante una producción sin mácula, busca hacer que pasemos un muy mal rato sin ser capaces de voltear la mirada. Y es ésa su mayor cualidad: esa incomodidad que suscita es puro fermento: nos hace pensar una y otra vez en qué hemos hecho mal, cómo podríamos hacerlo mejor, cómo curar a una sociedad enferma de narcisismo, megalomanía e indiferencia. 

Mientras terminaba de ver por segunda vez Joker, no pude sino recordar el discurso que David Foster Wallace dio en el Kenyon College el 21 de marzo de 2005. “This is Water” es considerado por muchos críticos literarios posmodernos, esos seres a los que les gusta hablar mucho de frivolidades, como una obra muy menor del gran escritor norteamericano. Quizá lo piensan porque el discurso de Wallace es brutalmente incómodo también. Wallace mostró, rebosante de empatía y con una marcada tristeza, que el gran mal de nuestro tiempo es la sobrada indiferencia social con la cual las personas transitan por el mundo. Pensaba esto mientras el Joker, en una escena aparentemente menor, perdona la vida a la única persona que fue buena con él en el mundo. 

Mi mayor deseo es que muchas personas vayan al cine, se incomoden, no volteen la mirada, no se salgan a media película, y dicha incomodidad sea fecunda. Al final Joker carece de moraleja justo porque está plena de fermento.

 

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Mario Gensollen

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