Opinión

La crisis climática en la época de la posverdad

Greta Thunberg es una niña sueca que hace un año emprendió diversas actividades pro ambientales entre las que destacan: una protesta en la sede del Parlamento en Estocolmo donde repartió folletos para informar con datos científicos sobre la crisis climática y los motivos para atenderla; una sucesión periódica de huelgas estudiantiles conocidas como “viernes por el futuro” como medida de presión política a los líderes gubernamentales para actuar frente al problema y una constante comunicación con gente joven de todo el mundo a través de sus redes sociales.

Su activismo en Europa ha sido intenso. Se ha entrevistado con distintas personalidades y ha tenido audiencias en el Foro Económico Mundial en Davos, en el Comité Económico y Social Europeo y recientemente en la Asamblea Nacional francesa y el Parlamento británico. En dichos espacios ha exigido que se atienda el tema del cambio climático como prioritario.

El 14 de agosto pasado, Greta zarpó en un velero “cero carbono”ii del puerto de Plymouth, Inglaterra, hacia la ciudad de Nueva York, con la intención de emprender una gira para difundir un mensaje en contra de la indolencia frente a este tema, pues asegura “ningún país en la actualidad está haciendo lo necesario”.



En Nueva York, Greta participó en una semana de acción global por el clima con la convocatoria a una huelga internacional de jóvenes, la cual sumó protestas en más de 150 países y la movilización de aproximadamente cuatro millones de personas, y culminó con la presentación de un discurso en la Cumbre del clima de las Naciones Unidas.

Entre las actividades de quien es considerada como una de las más grandes defensoras del planeta, de acuerdo con el expresidente Barack Obama, destacan una manifestación frente a la Casa Blanca, varias reuniones con senadores y líderes indígenas así como diversas movilizaciones multitudinarias en distintas ciudades de la Unión Americana. En Washington pidió a los legisladores del Congreso tomar acciones reales para impedir el desastre medioambiental, en su intervención dijo “no quiero que me escuchen a mí, quiero que escuchen a los científicos”, precisando que su testimonio sería el informe de la ONU del año pasado que demanda limitar el calentamiento global a 1.5 Cº. Ese, como otros discursos de Greta Thunberg, fue elocuente y retomó argumentos de la ciencia para apuntalar la urgencia de la atención a este problema.

El resto de la gira ha incluido también las visitas a algunas ciudades de Canadá, pronto pasará a México y concluirá en la República de Chile. El planteamiento central es alertar sobre el cuidado del planeta y exigir que el cambio climático sea asumido en términos políticos con la más alta seriedad a partir de las evidencias científicas disponibles.

A las jornadas históricas de protesta en todas partes del mundo y al protagonismo en la agenda ambiental global que esta joven activista ha tomado han venido asociadas numerosas polémicas y críticas. Admiración y odio son dos caras de la misma moneda respecto al llamado efecto Thunberg.

Por un lado se encuentran los cientos de miles de manifestantes urbanos que la acompañan tanto en su activismo cibernético como en las plazas públicas a las que concurre, así como el apoyo manifiesto de notables figuras públicas. Y por el otro, quienes la califican de exagerada, catastrofista, o enferma, debido a su diagnosticado síndrome de Asperger. Entre estos últimos se ubica a personalidades como el presidente estadounidense Donald Trump y su homólogo brasileño Jair Bolsonaro, así como líderes petroleros y empresarios globales y una parte considerable de ciudadanos.

En la discusión actual sobre el cambio climático, el discurso de Thunberg es interpretado de múltiples formas. Por eso aunque sus intervenciones se basan en argumentos científicos provenientes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (que desde 1988 analiza de forma exhaustiva, objetiva, abierta y transparente, la información científica, técnica y socioeconómica relevante para entender los elementos científicos del riesgo que supone el cambio climático provocado por las actividades humanas, sus posibles repercusiones y las posibilidades de adaptación y atenuación del mismo) y a que el asunto está razonablemente documentando, sus detractores arguyen que hay gente poderosa detrás de ella, que es un títere pagado por algunas empresas cuyo modelo de negocios será beneficiado si logra una transformación energética y por lo tanto es utilizada por experimentados lobistas internacionales para influir en la política económica global o que todo es una manipulación que evita un debate serio a través de una apelación sentimental tan inmoral como efectiva.

Esclarecer si esto es o no cierto sobrepasa los alcances de este artículo; sin embargo, esta situación invita a reflexionar profundamente sobre: ¿Cómo se explica el desacuerdo respecto a la existencia de un asunto tan serio como la crisis climática?, ¿desde dónde interpretar esta oposición?, y ¿en qué medida la desinformación ofrece una posible explicación?

Una de las primeras vías para analizar esta situación es la poca importancia que como sociedad otorgamos al medioambiente con relación a otros problemas sociales, como el desempleo, las violencias, la injusticia, la impunidad, y una larga lista. Así es fácil advertir que en el escenario actual, caracterizado por numerosas y muy variadas problemáticas, lo ambiental quede subordinado o definitivamente desacreditado.

Cabe señalar que la manera en que se estructuran nuestros pensamientos, opiniones, ideas e intereses es resultado de una compleja interacción entre valores, perspectivas, y actitudes, que son transversales a un contexto social particular. En el caso que nos ocupa, las perspectivas ambientales son un conjunto de valores que resultan de la vivencia del entorno natural y que permiten comprenderlo y explicarlo (Durand, 2008), por lo tanto son construcciones sociales que, acompañadas de conocimientos, dan lugar a determinadas actitudes ambientales; es decir, a la forma en que las personas construimos una relación con el entorno, interpretamos los cambios que en él ocurren, explicamos sus causas y proponemos soluciones (Fernández, 2008; Lazos y Paré, 2006).

Este planteamiento nos lleva a hacer una primera introspección en la vida urbana y qué tanto nos aleja del entorno natural y nos impide comprenderlo. Basta responder de qué forma la disponibilidad de agua potable en nuestras casas nos limita a interpretar el ciclo hidrológico o qué tanto nuestro consumo alimenticio se acota a una oferta estacional regional. Esta desconexión entre nuestras perspectivas ambientales con relación a dos elementos básicos para la existencia biológica (el agua y el alimento) revela que la forma de vida urbana ha fragmentado la experiencia directa y dinámica con el medioambiente y de algún modo ha contribuido a su poca valoración; es decir, la vida urbana restringe la construcción de actitudes ambientales.

Por otra parte, el conocimiento que cimienta dichas actitudes es una segunda vía de análisis. Cuando se nos pregunta qué tanto sabemos de las causas de los problemas medioambientales y cómo éstos nos afectan, nuestra perspectiva ambiental que resulta de la vivencia en un entorno urbano inmediatamente conduce nuestra atención a la mala calidad del aire o la falta de recolección de la basura cuyas afectaciones referimos exclusivamente a la salud humana. En muy pocas ocasiones nos detenemos a reflexionar sobre nuestra contribución personal como causantes de dichos problemas, antes bien, en nuestro imaginario anteponemos a “otros”: las empresas, los comercios, los coches…“La gente”.

Esto nos dirige a la forma y el contexto en que construimos nuestros conocimientos y opiniones, en el marco de lo que se ha denominado como posverdad. Un neologismo de reciente data que apunta que los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personalesiii. Es decir, se trata un concepto que refiere al proceso de distorsión deliberada de la realidad, a través de la manipulación de emociones, para influir en la opinión pública y las actitudes de las personas hacia un tema.

El concepto de la posverdad surgió en 2004 para señalar que los Estados y los grandes periódicos ostentaban la capacidad de crear y promover mentiras políticas o noticias falsas para alterar la opinión pública y conducir a resultados irracionales o inesperados, como el triunfo de Donald Trump. Las circunstancias actuales indican que dicha capacidad se ejerce desde estructuras más pequeñas -incluso individuales- y el flujo no se controla necesariamente desde el poder.

En este entorno la información proveniente de investigaciones rigurosas convive con otras que son producto de la ocurrencia o de mentiras declaradas, lo que provoca un clima de cinismo que dificulta la lectura crítica y la construcción de una opinión sólida. Así el concepto es útil para entender la falta de acuerdo en torno al cambio climático pues aunque hay un amplio consenso entre los científicos respecto a la existencia del mismo, en las redes sociales una opinión fuerte basta para desequilibrar o acallar la evidencia científica, manipular y distorsionar la realidad.

En 2013, nueve académicos (Cook et al) revisaron más de doce mil artículos científicos sobre el cambio climático y encontraron que el 93% de los autores apoyaba la existencia del mismo. El reporte señaló que la comunidad científica concordaba que desde finales del siglo XIX se está produciendo un cambio climático cuyo origen es la acción humana (por ello se conoce también como cambio climático antropogénico) y que eso ha provocado y generará graves consecuencias para la vida en el planeta.

Sin embargo, esta información y todos los datos que se han publicado son insuficientes para construir una actitud ambiental respecto a la crisis climática, pues en tanto individuos modernos, aislados e independientes, consideramos que nuestra opinión vale igual que la de los científicos y por lo tanto puede ser publicada, a menudo en las redes sociales que han fungido como el medio privilegiado para el surgimiento de esta cultura.

Así, la opinión sobre el cambio climático en la posverdad concluye que el fenómeno no existe porque así lo siente quien la expresa, porque no encaja con lo que piensa o con lo que su perspectiva ambiental le indica, porque la negación del mismo es el argumento al que opone menos resistencia o porque lo construyó como reacción a una narrativa que deliberadamente manipuló sus emociones respecto al problema o a la niña sueca que lo visibilizó, y entonces desde el sospechosismo, interpreta la realidad deformada.

Este relativismo epistémico, falsamente igualitario, genera confusión, propicia una dinámica que no permite la construcción de un diálogo franco y violenta la deliberación abierta. La tolerancia pública a la desinformación, a la pereza mental y a la manipulación está socavando los valores y las capacidades que podemos construir para actuar de forma contundente frente a un tema que pone en riesgo nuestra sobrevivencia.

Las presuposiciones, las estructuras, las creencias, los símbolos y las imágenes que subyacen a este modo de reflexionar son incapaces de proveer los recursos necesarios para reconocer la crisis medioambiental y hacerle frente. Requerimos otra manera de pensar si queremos sobrevivir. Estamos llamados a informarnos, a entender la situación y hacer eco de un movimiento que no se ha consolidado pero que nos compete a todos, pues lo medioambiental es un tema que merece toda nuestra atención y acción.

 

njimenez@correo.crim.unam.mx

 

  1. Doctora en Estudios Urbanos y Ambientales. Actualmente es investigadora en el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM.
  2. Dotado de paneles solares y turbinas subacuáticas que utilizan electricidad y por lo tanto no emiten dióxido de carbono.

iii. Diccionario Inglés Oxford.

 

Bibliografía

Cook, J., Nuccitelli, D., Green, S.A., Richardson, M., Winkler, B., Painting, R., Way, R., Jacobs, P. y A. Skuce. (2013). “Quantifying the consensus on anthropogenic global warming in the scientific literature” en Environmental Research Letters, 8, 024024.

Durand, L. (2008) “De las percepciones a las perspectivas ambientales: Una reflexión teórica sobre la antropología y la temática ambiental”. Nueva antropología, vol.21, n.68, pp.75-87.

Fernández, Y. (2008) “¿Por qué estudiar las percepciones ambientales?: Una revisión de la literatura mexicana con énfasis en Áreas Naturales Protegidas”. Espiral (Guadalaj.), v. 15, n. 43, p. 179-202.

Lazos, E. y Paré, L (2006). Miradas indígenas sobre una naturaleza entristecida. Percepciones del deterioro ambiental entre nahuas del sur de Veracruz. México: Plaza y Valdés, p. 220.

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Nancy Merary Jiménez Martínez

Nancy Merary Jiménez Martínez

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