Opinión

La libido de gloria / Opciones y decisiones

México sacó del arcón de sus tesoros, dos de sus más preciados valores, la generosidad y el agradecimiento, para entregarlos de corazón a la figura del cantante romántico José José, José Rómulo Sosa Ortiz, en los homenajes póstumos realizados en la Ciudad de México. del Palacio de Bellas Artes a la Basílica de Guadalupe, al Parque de la China de la Colonia Clavería, hasta su inhumación en el Panteón Francés. En cuyo frontispicio aparece grabada la leyenda bíblica “Heureux qui meurt dans Le Seigneur” (Feliz quien muere en el Señor). Eventos en que contrastó la entereza y digna prestancia de sus hijos José Joel y Marysol, a quienes se unió su madre Anel Noreña, con emotiva presencia. 

La muerte, como evento póstumo de una persona es altamente significativa especialmente para la familia a la que perteneció, pero es mayormente simbólica para la comunidad amplia a la que entregó sus servicios, y más intensa aún la impronta representativa que deja la memoria si tal personaje es un artista: de raigambre en su medio social y en su patria. Huelga decir que José José llena con creces esta dimensión popular de la cultura mexicana. Sentimos muy de cerca, yo me incluyo, el sufrimiento e incertidumbre de sus hijos José Joel y Marysol ante la ciega, terca intransigencia de su familia alternativa, Sara Salazar e hija Sarita Sosa Salazar, de permitir que dichos generosos homenajes del pueblo mexicano acogieran realmente los restos mortales de su querida y admirada estrella. 

Lo que ya de por sí -por universal asentimiento- es un rito simbólico ante un cadáver, o cuerpo exánime, del que la personalidad reconocida y amada, ya no está, pero está representada por ese “templo”, al que hizo referencia su hija Marysol en sentida oración póstuma, en está decisiva, extrema acción de amoroso respeto al ser vivo al que le es rendido; por en esa decisión terminal, irrevocable, irreversible, definitiva de cremar su cuerpo y sólo entregarlo en cenizas -mitad y mitad-, una decisión a todas luces “picayune”/miserable, al homenaje afectuoso y agradecido del pueblo mexicano, nos lo convirtió en un evento hiper-ultra-meta-recontra simbólico… 



Culturalmente dicho, se nos convirtió en un acto meta-simbólico, metasignificativo, nos llevó más allá de “la levedad del ser”, al casi no ser, a un símbolo de transparencias, a un imaginar que imaginamos la imagen, difícilmente imaginable. Por ello, es mi pensar y convicción, que esta familia alterna de José José, jamás podrá cantar con verdad la canción “Non, Je ne regrette rien” (Edith Piaf. No, no lamento nada); ni recitar, con aplomo y dignidad, aquellos versos de Amado Nervo “¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz! 

Preludio de una experiencia histórica que nos deja inmersos en el mundo simbólico. Que es el mismo de la cultura y que, por extensión, es el mismo de la moral. Veamos. La clave dominante de la presente Cuarta Transformación es la corrupción y su ignominioso binomio, la impunidad. Nada en el pentagrama oficial nacional se escribe o recita sin esta clave que impone el tono al resto de la partitura. Por ello tenemos no solo que nadar en la superficie, sino que tenemos que bucear bajo el gran océano de la Moral. 

Generalmente, a la idea de moral se asocia el concepto de valor o valores. Lo cual es pertinente, pero no es el todo. Los valores son parte que integran el cuerpo de la moralidad, pero de ninguna manera la agotan; son un elemento central de ella, pero no la sustituyen. Querido lector-es, les invito a dar un vuelo rápido por ese gran territorio, e identificar cómo se estructura, a la manera de una visión de águila, ¡héla aquí! 

Desde lo alto, observamos dos grandes campos: el ámbito de lo visible y el ámbito de lo invisible. 

El primero, el objeto de la moral visible lo constituye la conducta, los comportamientos de una persona. Podemos observar el que un individuo sea cortés, de buenas maneras, acomedido, servicial, puntual, responsable, simpático, empático, generoso, etc.; o en su defecto y por el contrario que un tal sea malcriado, impaciente, malhumorado, intemperante, iracundo, agresivo, rencoroso, vengativo, mentiroso, perezoso, etc. Todas estas notas visibles, observables, clasificables, sujetas a escrutinio y valoración ya sea positiva o negativa. Un campo fértil para la investigación de las llamadas ciencias de la conducta. 

El segundo campo o ámbito de lo invisible. Lo constituyen características, cualidades, propiedades inherentes al ser o personalidad de un individuo. Y se puede imaginar como una serie de círculos concéntricos que integran el todo existencial de una persona. En donde, el círculo concéntrico más exterior -aunque no visible- lo conforman los valores. Cada sujeto debido a su capacidad de percepción y/o concepción de la realidad va integrando un elenco de valores que de alguna manera definen su carácter o sus más sentidas querencias; así tenemos a quien gusta de la “comunicación” como uno de su valores favoritos, otro elige la “honestidad”, aquel más prefiere la “rectitud de pensamiento”, otro más exalta la “solidaridad”; alguien valora más “el espíritu científico”; o no falta quien destaque “la exigencia de justicia”. Y así por todo un elenco de bienes y satisfactores de necesidad inherentes al ser humano. Lo cierto es que, al final, cada quien organiza este gran campo de los valores con base a un orden de prioridades. No basta con acumular valores, hay que asignarles un orden debido, para que tengan sentido y den significado a cada vida humana.

El siguiente círculo concéntrico, ya no epidérmico, sino un poco más profundo que el anterior, lo habitan las actitudes. Estas no son otra cosa que formas permanentes de ser o de actuar. Lo que significa que ya no solamente se aprehende algo como digno de estima y de valoración, sino que se convierte en algo muy semejante a un hábito. Una forma consistente de interactuar con la realidad y con los otros en nuestro entorno.

Las actitudes han transitado de la esfera de “los valores” a las formas consistentes y coherentes de responder a los requerimientos de nuestro entorno. De manera que, no basta con creer firmemente en la no-discriminación de personas en razón del color de su piel, raza, sexo, lengua o proveniencia social, sino que cada opción de hacer o no hacer se colorea, se matiza bajo la convicción de no excluir a nadie en razón de su ser o circunstancias. Sea hábil o discapacitado, inteligente o ignorante, masculino o femenino, de preferencias sexuales diferentes, o incluso transgénero por decisión personal. A cada cual se le recibe, acepta y valora por lo que es y no por los accidentes aparenciales de su color, su raza, su lengua, su proveniencia de clase, etc.

A un grado de profundidad mayor, está el círculo concéntrico de los principios ya sean del conocimiento o de la visión del mundo propia de una ética determinada. Para comenzar están los códigos de lo civil, de lo militar, del fuero ministerial o de representación pública. Cada ámbito o esfera de integración a una función social determina un campo especial, en donde privan determinados principios rectores tanto del conocimiento como del comportamiento ético. Ámbito en cuyas normas, reglas o principios propios inspiran, colorean y dan sentido a un comportamiento especial. Por ello el quebrantamiento de una norma militar puede merecer castigos proporcionales a la gravedad del principio violado o comprometido. Igual sucede con las llamadas “deontologías”, médica, clínica, militar, jurídica, ministerial, judicial, de Inteligencia, magisterial, etc. Este campo interior de la Moral, engloba todo un universo de creencias, valores y actitudes propias de la función social, política o económica de pertenencia. Este es el campo propio de lo que Gramsci designa como “Ética Militante”.

Finalmente, el núcleo más íntimo de los círculos concéntricos No-Visibles, lo constituye la Fe, o tipos de Fe que dicen referencia a una creencia religiosa, propiamente dicha. Es el mundo por excelencia de la adhesión religiosa. Es decir, la opción y decisión por un Ser Trascendente. El Creador. El Dios Supremo. Aquí ya se ha trascendido el universo del tiempo y el espacio, se ha instalado el espacio de Lo Sagrado, Lo Santo, El Misterio. Lo que Mircea Eliade designa como el ámbito del Mito y más específicamente como Los Mitos de los Orígenes. 

A este vuelo y vista de águila, podemos ya comenzar a inferir que “la moral” es algo más vital, importante y trascendente que una mera contrastación y selección de valores. Lo que va en juego es algo más importante de una modalidad o forma de aparecer ante el mundo, pues se trata de elegir un sentido de vida que dé satisfacción a nuestros más caros anhelos, cariños y amores de fondo. Esta elección bien puede ocupar una vida, dar sentido a una existencia o explicar el porqué y para qué estamos en este mundo. Al final, ya lo han dicho mentes magistrales de la humanidad, estar en el mundo no basta, tenemos ansia de algo más, de trascenderlo.

Porque si todo acaba aquí en el tiempo y el espacio, opción inmanente a la materia, desemboca al final en una especie de nihilismo (somos seres para la Nada); si creemos posible trascender el tiempo y el espacio, es decir trascendemos la materia; entonces, nuestro destino es inmaterial, mental, es del Espíritu. De acuerdo con estos términos de finalidad última, hacemos posible un modo de existir en la Tierra, que peregrina en el Universo con la Vía Láctea, y ojalá.. más allá.

 

franvier2013@gmail.com 

 

The Author

Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

No Comment

¡Participa!