Opinión

Las inyecciones alemanas / Análisis de lo cotidiano

Hace cincuenta años estaba yo comenzando a estudiar la carrera de Medicina. En esos tiempos (felices tiempos) los alumnos teníamos que hacer guardias en hospitales y otros centros de atención como la Cruz Roja desde el primer año. En esta benemérita institución precisamente me tocó presenciar esta escena. Llegó al servicio de urgencias una mujer joven de escasos veinte años llorando desconsoladamente y dando gritos de desesperación. Comencé a hacerle la historia clínica y aún cuando respondía a mis preguntas, de manera súbita daba fuertes alaridos de desesperación, se jalaba los cabellos, se golpeaba la cara con los puños y se rasgaba la ropa. Entre los episodios de agitación poco a poco me comentaba la violencia que vivía en su hogar de parte de su marido, quien además de ser alcohólico y gastarse el salario en su vicio, la golpeaba a ella y a su dos hijos. Cuando la enfermera se acercó e intentó desvestirla para colocarle la bata clínica, la mujer aumentó el volumen de sus gritos, manoteó agitadamente e incluso se dejó caer al piso. La enfermera salió disparada a llamar al médico de guardia. Yo, inexperto estudiante, sólo acertaba a seguirle hablando y pidiendo que me dejara ayudarle a subir a la cama. El medico llegó y sin tocarla, simplemente con verla dijo: “Ah es una conversiva”, pónganle una inyección alemana. La enfermera que ya suponía que eso iba a suceder ya tenía la jeringa preparada y sujetándola entre varias personas, yo inclusive, le aplicó la inyección en alguna parte de su cuerpo. La paciente no se tranquilizó y siguió gritando sin que nadie hiciera nada por atenderla, hasta que fatigada dejó de moverse y al poco rato se quedó dormida. Yo supuse que la tal inyección alemana era un tranquilizante, pero al solicitar información la enfermera me dijo que era agua destilada con alcohol. Era por lo tanto una sustancia que al entrar en el cuerpo debe haberle producido un gran dolor, ardor y sensación de quemadura. También me informó que eso era lo acostumbrado en los casos de crisis de Ansiedad. Que anteriormente se le informaba a la enferma que se le aplicaría un medicamento de alta calidad que era importado de Alemania y que aun cuando le resultara muy doloroso, le tranquilizaría. Pero con la costumbre y las prisas del servicio de Urgencias, se dejó de darle a los enfermos el mensaje tranquilizador y simplemente se les aplicaba la mentada sustancia. En términos generales esto es lo que se llama un placebo que se define como una sustancia inerte que no ocasiona ningún beneficio, pero que se aplica para hacer creer al paciente que ya se le está tratando. Sólo que por definición el placebo no debe doler, ni ocasionar ninguna incomodidad. De manera que el agua con alcohol no debe permitirse. Durante el estudio de mi carrera me enteré que era una práctica muy común en todos los hospitales, que nunca se informaba al paciente lo que se le estaba aplicando y que era una especie de castigo por acudir al servicio de urgencias por su neurosis quitándole espacio a un verdadero enfermo. Era claramente una práctica negligente, porque no es benéfica, no soluciona el conflicto y además del engaño, al paciente con crisis neurótica se le desecha considerándolo no enfermo. Lo mas grave del asunto es que hace apenas una semana esta misma práctica se repitió en Centro de Salud Mental de nuestro estado, lo que me permite suponer que después de medio siglo, no hemos evolucionado en ese terreno. Que en la segunda década del siglo XXI todavía se utilicen estas medidas nocivas, antiéticas e irresponsables es sencillamente inadmisible. En el Congreso se sigue discutiendo el tema del aborto provocado, con sesiones interminables. Puedo suponer que el asunto va para largo, sin que en la vida real, ni siquiera se le ha ocurrido a nadie, ni siquiera a los diputados médicos, erradicar esta pésima e inhumana práctica, que sigue ocurriendo todos los días en cualquier centro de salud y para mayor vergüenza en cuando menos un Centro de Salud Mental. Además del dolor ocasionado, lo peor es que se deja de atender al paciente, por considerar que una crisis de ansiedad o una crisis neurótica no amerita el valioso tiempo del médico. Exhortaremos a los integrantes de la Comisión de Salud del H. Congreso para que dispongan alguna medida y terminen con esta imperdonable práctica. 

 

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Héctor Grijalva

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