Opinión

Creer sin saber / El peso de las razones

Hacia el año 391, Valerio, el entonces obispo de Hipona, ordena presbítero a Agustín, converso al catolicismo pocos años antes. Para ese tiempo, el maniqueísmo, una secta numerosa de herejes, empieza a cobrar fuerza en las inmediaciones de la ciudad. Agustín había conocido de primera mano sus doctrinas y, si recordamos las Confesiones, se había alejado de ellas, pues prometían ciencia y, a la hora de la verdad, no explicaban nada.

De utilitate credendi es un texto eminentemente apologético de Agustín. Está dirigido a Honorato, un maniqueo al que habían seducido las promesas de la secta, tan generosa en ofrecer razones, y el cual constituye su verdadera preocupación. Su intención principal es llevar a cabo una reducción al absurdo, práctica y vital, de la norma general, adoptada por los maniqueos, de que “no debemos creer lo que no sabemos”, la cual los llevaba a despreciar la fe y a considerarla como una forma infantil del verdadero conocimiento.

Agustín procede a desmantelar poco a poco la pretensión maniquea de saber todo lo que se cree, pues en última instancia, para el pensador de Hipona traería como consecuencia poner en duda la totalidad de nuestras creencias y, por tanto, sería impracticable en la vida humana.

La táctica de Agustín resulta interesante. Mientras que los maniqueos tachan de crédulos a los que seguían las enseñanzas tradicionales de la iglesia, este argumenta que no es lo mismo creer que ser crédulos, y además los tacha de suspicaces, pues caen en el error, en la inhumanidad o incultura, y en la soberbia: “Todo esto se ha dicho para que comprendamos que no somos temerarios si seguimos las mismas cosas que no alcanzamos a comprender; porque los que sostienen que sólo ha de creerse lo que se sabe, evitan que se les llame suspicaces, nombre bajo y vergonzoso. Una diligente reflexión sobre la gran diferencia que hay entre pensar que se sabe algo y creer, movido por la autoridad, lo que de cierto se ignora, nos evitará la inculpación de error, de incultura y de soberbia”.

En otras palabras, Agustín argumenta que los maniqueos pretenden saber algo que realmente no saben o no puede saberse según sus estándares, y eso sí es reprochable. Mientras que creer lo que se ignora, con el apoyo de la autoridad, no es algo que pueda reprocharse moralmente.

La norma según la cual sólo debe creerse lo que se sabe puede ser más o menos estricta, pues ha presentado diversos grados de severidad a lo largo de la historia. Al menos podemos formularla de las siguientes formas: 1. No debemos creer lo que no sabemos. 2. No debemos creer lo que no sabemos que sabemos. 3. No debemos creer lo que no sabemos con certeza.

La primera es una forma general, y es la que adoptó el maniqueísmo. La segunda hace hincapié en que debemos ser “conscientes” de lo que creemos, por lo que la vida se convertiría en un estado de profunda reflexión o examen de conciencia. Por último, la tercera es la más estricta, y es la que normalmente adopta el escéptico. Es necesario realizar una distinción precisa entre estos tipos de formulaciones de la norma general que pretende reducir toda creencia a saber. Así, habría que distinguir la norma de que no debemos creer lo que no sabemos con certeza de normas semejantes, pero más moderadas, que indicarían que no debemos creer sin algún grado de reservas, o sospechas o dudas en aquello que no sabemos con certeza. Estas normas son comunes en distintos campos de actividad humana y pueden tener como base cuestiones prudenciales, metodológicas y prácticas. El error consistiría en generalizarlas más allá de los contextos específicos en los que se utilizan.

El maniqueísmo no pretende que no creamos lo que no sabemos con certeza, sino, más bien, que no adoptemos creencias sin tener ciertas reservas, dudas o sospechas. Aquí es donde se inserta la argumentación de Agustín. Para él existen, por llamarlas de alguna manera, “dudas inmorales” (Bajo esta idea se entiende la frase popular “Hasta la duda ofende”). Con este primer paso, Agustín demuestra que existen creencias que no es preciso saber, y que dudar de ellas resulta incluso inmoral.

Terminó citando su argumento: “Supuesto, pues, que no se deba creer más que lo que se sabe, ¿qué razón hay para que los hijos cuiden a sus padres y les correspondan con su amor, si no los creen padres suyos? No se les puede conocer por la razón; por el testimonio de la madre podemos llegar a creer que una determinada persona es nuestro padre; pero, tratándose de la madre, se la tiene por madre propia, las más de las veces, no por testimonio suyo, sino de las comadronas, de las nodrizas o de las criadas; porque ¿no puede suceder que se le substraiga el verdadero hijo y se le suplante con otro, y que engañada ella, transmita su error a los demás? Sin embargo, creemos, y creemos sin asomo de duda, una cosa que reconocemos que no se puede saber. ¿Quién no ve que, de no ser así, se atenta contra la piedad, el vínculo más sagrado del género humano, con la mayor perfidia? ¿Podrá haber un hombre que, por necio que sea, estime censurables los cuidados para con los que creemos nuestros padres, aun cuando no lo fueran? Por el contrario, ¿no pensaría que merece el exterminio quien, por temor a que no lo fueran, niega el amor a sus posibles padres verdaderos? Múltiples razones podrían aducirse para poner en claro que de la sociedad humana no quedaría nada firme si nos determináramos a no creer más que lo que podemos percibir por nosotros mismos”.

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Mario Gensollen

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