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El maligno espíritu consumista de fin de año

Alexis Ricardo Sánchez Marmolejo

 

Ya estamos a poco de que comiencen las fiestas decembrinas y nos sentimos entusiasmados, pues quizá tengamos la oportunidad de ver a familiares o amigos que no frecuentamos durante el año. Pero esto conlleva también la idea de que es tiempo de regalos, de demostrar a otros con cosas materiales cuánto los queremos y de autoregalarnos para premiarnos por haber trabajado arduamente durante todo el año. Esta época además viene acompañada de anuncios deslumbrantes en los distintos medios de comunicación sobre las rebajas de precios en varios productos, con ellos buscan atraer a gente incauta, misma que entra en catarsis cuando ve la promoción y corre a la tienda para adquirirlo(s). Para comprar algun(os) producto(s), las personas llegan incluso a hacer enormes filas pensando en lo feliz que serán cuando lo(s) posea(n) debido al tiempo que llevan anhelándolo(s). Una vez en su poder se hunden en una profunda enajenación, esto es, pierden su consciencia, su libertad y voluntad, pues viven para el objeto adquirido. Entonces, ¿Quién posee a quien? (el mejor ejemplo actual es el teléfono celular, prueba de ello es que el comprador se sumerge en el dispositivo para descifrar su funcionamiento, sus novedades y con ello una amplitud en sus redes sociales. En menor medida, pero sí en este sentido están también las tablets, los ordenadores personales, las pantallas, etc.). El momento posterior a la compra es alucinante, se ansía estar fuera del almacén para poder sacar el producto de la caja, o en el caso de algo más grande, el tiempo para llegar a la casa parece eterno.

¡Ah! Pero antes de la navidad está el Buen Fin, la fecha más añorada de los grandes almacenes y de los consumistas compulsivos. Este arrebato mercantil es promovido y vigilado por el gobierno, y se supone que los comercios participantes deben cumplir ciertas normas, como sujetarse a las fechas establecidas y que sean ofertas reales, sólo por poner dos ejemplos. ¿Qué hacen las tiendas para aprovechar al máximo las limitantes establecidas? Abren sus puertas a la media noche o prolongan sus horarios como incentivo adicional para que “seas el primer comprador compulsivo” o “demostrar hasta dónde llega tu capacidad de desvelo para que dejes de soñar en el producto que anhelas y lo (te) poseas realmente”. Y como ya sabemos, muchos precios son inflados para ofrecer una supuesta rebaja.

Frente a este escenario, en apariencia sano, surge la pregunta: ¿El consumismo tiene algo de patológico? Para dar respuesta a esta pregunta comencemos por distinguir lo que es un consumismo compulsivo de uno impulsivo.

La característica principal de un consumo compulsivo es que la persona otorga al producto un significado (es su vida, su amor, su compañero, su razón de vivir, etc.), de manera que al comprarlo se genera en él/ella una sensación de satisfacción y placer momentáneo. Pero, no es la posesión lo que genera esta sensación, sino la compra en sí, o sea, el acto de comprar, por lo que al poco tiempo busca revivirla comprando nuevos productos, generando así una adicción por comprar, ¿comprar qué? ¡No importa qué, lo importante es comprar! Toda adicción es patológica, es decir, es una enfermedad y por lo tanto debe ser atendida. Algunos estudios han demostrado que la mayoría de los compradores compulsivos utilizan la compra para enfrentar situaciones insatisfactorias, sea en su entorno o con ellos mismos. El problema es ¿cómo atender a una sociedad adicta a las compras? En el caso de nuestro país es claro que el gobierno nos quiere enfermos, prueba de ello es el Buen Fin y no podemos dejar de lado los constantes permisos que se otorgan de cambio de uso de suelo, de forestal o vivienda, para convertirlos en comerciales y puedan establecerse en éstos plazas alucinantes y enajenantes. Por eso es que, dicho sea de paso, una sociedad patológicamente consumista preferirá algo así que conservar la naturaleza nativa, la construcción de un parque, una escuela o un hospital.

Por su parte, lo que caracteriza un consumo impulsivo es que se compra algo que no se tenía planeado comprar. Estudios demuestran que más del 50% de nuestras compras son de este tipo. Pero no es culpa del consumidor que esto ocurra así, los mercadólogos saben que deben incentivarnos a comprar cosas que no necesitamos, de manera que en los centros comerciales se colocan los productos básicos al final de la tienda, y para llegar a ellos pasas previamente un amplio espacio de ropa, electrónicos, bebidas con enormes letreros de ofertas, y hasta el final, los refrigeradores donde están los alimentos, es decir, crean en nosotros necesidades que no teníamos. Hay que señalar que por naturaleza tenemos el impulso de consumir, pues éste sirve para proveer nuestras necesidades básicas de alimento, vestido y diversión, por eso no es extraño que los estímulos promovidos por los anuncios activen nuestros circuitos de seguridad y supervivencia, pero también de satisfacción al saber que hemos cubierto nuestras necesidades básica y un poco más. Lo cierto es que cuando vamos de compras a un centro comercial, compramos cosas que no necesitamos (aún llevando nuestra lista del mandado); pero la publicidad y el marketing nos hacen creer que sí, y su objetivo principal es convencernos de tenemos más necesidades y tornarlas básicas.

En nosotros habita un espíritu consumidor, consciente o inconscientemente, al que damos rienda suelta, particularmente en las fiestas de fin de año, en las que nos incitan a comprar, gastar y endeudarnos. Lamentablemente, esto no termina finalizando estas fechas especiales, sino que persiste en los otros once meses del año, pues se inventan celebraciones especiales para alimentar la bestia del sistema capitalista: Reyes Magos, el Día del Amor y la Amistad, día de la madre, del padre, de la secretaria, del perro, del gato, etc., tergiversando los valores de los festejos, mismos que son reducidos a la capacidad económica de las personas, y se tienen que solventar a como dé lugar, sino quedas fuera del esquema, te conviertes en un desafortunado que lo único que atraes es la lástima por no tener para poder comprar y regalar.

Todo esto siempre se reduce a procurar el disfrute del ser humano, somos incapaces de reflexionar el impacto que nuestras acciones tendrán para el resto de seres vivos con los que compartimos el planeta Tierra, no nos interesa, seguimos en nuestro ideal utópico de habitar en un mundo con recursos infinitos, dejamos libre a nuestro lado dionisiaco por el simple hecho de ser un “día especial”. Con esto no queremos decir que debe dejar a sus pequeños sin sus preciados juguetes o a la familia sin la cena navideña, pero lo que se requiere es que haga sus compras basado en lo que de verdad necesita y no gastar compulsivamente. Seamos conscientes de que se genera más basura por el descarte de las envolturas plásticas de todo lo que se compra, además se talan miles árboles para adornarlos y colmar nuestro goce estético navideño, desperdiciamos toneladas de alimentos, en pocas palabras el espíritu del consumismo de fin año nos posee malignamente, pues con este enorme despilfarro de recursos y contaminantes contribuimos a agravar la compleja situación ambiental en la que nos encontramos. Pero no nos malinterprete, estimado lector, no nos oponemos a las celebraciones Navideñas, ni a las demás efemérides, el propósito es que piense con detenimiento cómo celebrar esas fiestas pensando en el impacto ambiental que tendrá el producto que va a regalar, incluso preguntarse si es necesario un regalo. No olvide que después de Noche Buena y Fin de Año seguiremos en el mismo lugar, con menos recursos y un mundo más caliente. Esperemos que cambie su entusiasmo por comprar, por el de cuidar el planeta. 

 

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Victor Hugo Salazar Ortiz

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