Opinión

En la casa de campo: Chile, ejército y movilización  

Héctor Emiliano Huerta Carreón 

 

En Marulanda radica la familia Ventura. Una familia adinerada compuesta por padres avariciosos e hijos revoltosos que tienen a su disposición sirvientes sin opción de trascendencia. El sentido de vida para sus miembros es enriquecerse, pues no conocen otra preocupación más que satisfacer su codicia a partir de la extracción de oro por parte de los nativos. Existe un rumor dentro del seno familiar sobre la existencia de un terreno utópico cerca de la casa de campo en la que suelen habitar unos cuantos meses al año. Los padres deciden emprender un viaje de búsqueda sin importar si los rumores se convertirán en un paraje tangible. Al fin y al cabo, ellos son los únicos que tienen oportunidad de acceder a lo idílico. 



Lo anterior es un breve resumen del libro Casa de campo, escrito por el chileno José Donoso en 1978 con el objetivo de alegorizar la situación de la sociedad chilena en la década de los setenta. Representó de manera clara la desigualdad existente entre chilenos, plasmó cómo es que algunos pocos privilegiados podían apartarse de la realidad y acceder a un terreno ideal. Parece ser que tal descripción sigue siendo efectiva para referirnos a la actualidad del país. 

Dentro del imaginario político superficial, el alza en el precio del pasaje del metro, uno de los motivos del inicio de las protestas, pudiese representar en un sentido amplio una coyuntura. Sin embargo, en un sentido retrospectivo, esto significó una ventana de expresión dentro una larga estructura social caracterizada por la disparidad de oportunidades. 

Datos respecto a la desigualdad, como los proporcionados por el Banco Mundial a través del índice de Gini, pueden dar un reflejo de la situación. En el año 2017, el coeficiente de desigualdad que obtuvo la entidad chilena fue de 46.6, siendo el tercero más alto en América del Sur, sólo por debajo de Brasil y Colombia. Históricamente, este número ha oscilado entre 57 y 46 puntos entre los últimos 30 años. 

El velo de prosperidad que se visibilizaba en la comunidad internacional y que ocultaba la desigualdad en la sociedad chilena comenzó por rasgarse en las primeras semanas de octubre y terminó por desaparecer el 18 de octubre, cuando el presidente Sebastián Piñera decretó un estado de emergencia en el país y dio paso al control de las manifestaciones mediante el uso militar, restringiendo de esta manera garantías individuales con el propósito de “restaurar el orden público”. 

La decisión anterior provocó una reacción en cadena: a manera que el poder político aumentaba su presencia con el despliegue de elementos de seguridad y de la milicia, el pueblo chileno hizo eco de su semblante protestando en las calles con cada vez más voces. Desde el 17 de octubre al 10 de noviembre el Instituto Nacional de Derechos Humanos de Chile ha notificado que se han detenido cerca de 5600 personas y se han herido a 2000 por enfrentamiento. El resultado: un pueblo herido y una autoridad política cuestionada. 

De entre la gran complejidad de la situación social en Chile, se puede reconocer un factor  crucial para que la ciudadanía se mantenga como protagonista en este conflicto: la movilización social. La movilización social representa una herramienta de gran poder capaz de nivelar el uso de la fuerza con el uso de la voz popular. Es una manera de dar a conocer injusticias, necesidades, derechos que fueron arrebatados a las personas y que por principio son dueños independientemente de arbitrariedades. El levantamiento del ciudadano es símbolo de romper cadenas de opresión que a simple vista parecen ocultas por el largo proceso histórico con el que fueron forjadas.  

El pueblo chileno es representación de valentía por enfrentarse con manifestaciones a otros que luchan con armas para intentar ocultar con inmoralidad la desestabilidad y desigualdad del país. La pesadilla de décadas anteriores y la historia reciente de Chile recuerda a lo establecido por Immanuel Kant en Ideas para una historia universal en clave cosmopolita: existen momentos en los que la humanidad está en una “insociable sociabilidad”, y para poder avanzar, tanto la moral como la voluntad son claves para poder progresar. En medio de este ciclo, se evoluciona a través del combate y de la pugna. El objetivo final es poder llegar a un terreno idílico donde la desigualdad de oportunidades no tenga cabida. 

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