La alternancia como baluarte de la democracia / Disenso - LJA Aguascalientes
18/01/2022

No me sorprende que los de derecha me tachen de “socialista” y los de izquierda de “neoliberal”. La verdad es que el espectro unidimensional de la política me parece que no captura las complejidades de nuestras posturas públicas. No tengo la mínima duda, por ahora, en que mi gobierno ideal es aquel que fomenta la creación de riqueza a lo capitalista y su distribución a lo socialista. No me sorprendería, pues, que esta columna genere distancia con ambos bandos. Sobre todo, con el espectro radicalizado de ellos. Sin embargo, en vez de buscar traicionar a ambos bandos busco poner algunos puntos en común con ellos. Buscar el terreno común.

Creo que, sea cual sea el espectro en que nos paremos, estamos de acuerdo en que la democracia es, parafraseando el clásico de Churchill, el peor de todos los sistemas de gobierno, con excepción del resto. Izquierda o derecha, será difícil disentir respecto a que la mejor forma de gobierno es la soberanía y la autodeterminación de los pueblos (no confundir democracia con tiranía de las mayorías). Dicho esto, izquierda o derecha, debemos entender la importancia de ser demócratas. Y como demócrata, celebro la renuncia de Evo. Pero no por ser un “socialista”. 

La democracia debe establecer ciertos límites para protegerse a sí misma. Uno de ellos debería ser, sin duda, la duración de los términos presidenciales. Esto parece una idea contraintuitiva, porque probablemente ante un modelo de nuestra preferencia todos pensaríamos que tendría sentido que se prolongara mientras fuese funcional, y creo esto para ciertas figuras específicas, sobre todo las mayormente administrativas. Aún así, en general, hay una tendencia natural al desgaste y la entropía, a las ideas que se ciclan, a la autorreferencia y el pensamiento que se vuelve endogámico, en suma, a las hegemonías.

El problema de permitir que un gobernante se perpetúe en el poder es que quien respalda eso sólo lo puede respaldar desde la creencia de que hay una virtud esencial en él, y concentrarnos en las virtudes personales (y más, bajo un fetiche sustancialista, es poco democrático). Pero en la democracia, por definición, cualquier puede llegar, incluso alguien sin virtud alguna, a un puesto así. La democracia permite que alguien como el Bronco o Cuauhtémoc Blanco asciendan al poder, o para ser más radicales, alguien como Hitler. El asunto es tener todos los cuidados posibles para que no sea la misma democracia la que termine ofreciendo facilidades para que un tirano se consolide. Porque evidentemente es doloroso tener un sistema así, muerto bajo sus propios principios. Uno de sus mecanismos de protección más robustos es la duración del término. Hace cien años lo pensamos como la no-reelección. Por supuesto que se puede argumentar que teniendo un límite nos perdemos de las bondades de tener por décadas a un gran presidente, pero en una tabla de costos y ganancias, es más conveniente que el riesgo de tener un mal presidente inamovible. Las democracias (sin que yo descarte la idea de reelección controlada) deben ser no sólo proclives por definición, sino activas generadoras de la alternancia, de los contrapesos y de las sucesiones. Al tener esto como mira del pensamiento político, las personas se vuelven menos importantes que las instituciones. Ya he dicho en otras ocasiones que las virtudes personales no deben ser la guía para tener un presidente, sino su compromiso con el fortalecimiento de las instituciones.

Buscar tener a perpetuidad a un líder (a lo que por cierto son proclives la extrema derecha y la extrema izquierda) es tener una visión paternalista de los gobiernos. Pero ¿no nos parecería irresponsable que un padre, sabiéndose protector incuestionable de sus hijos derrumbe los muros de la casa a sabiendas de que nada les pasará mientras él esté? Incluso en una visión paternalista el Ejecutivo debe de estar siempre preocupado por fortalecer una realidad en que su país funcione prescindiendo de su presencia. La renuncia de Evo genera un alivio para los que creemos en las sucesiones y la alternancia. Los que pensamos que la democracia es más importante que los demócratas, porque también es susceptible a encumbrar antidemócratas. Un país no puede tener por rostro sino sus instituciones y sus propias riquezas. Los indicadores, buenos o malos están ahí, y debe confiarse en que si sus políticas son las correctas el pueblo exigirá continuarlas y si no lo son, exigirá cambiarlas. Porque, del lado que estemos, de eso trata la democracia. 

 

/Aguascalientesplural | @alexvzuniga | TT CIENCIA APLICADA


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