Las nuevas batallas en el desierto / Extravíos – LJA Aguascalientes
22/10/2020


Entrecruzamiento de caminos

En el verano de 2014, mientras esperaba una Green Card, la escritora Valeria Luiselli emprendió con su “pequeña tribu” -su pareja, también escritor y su hija- un viaje por carretera de Nueva York a Arizona, un viaje largo a partir del cual esperaban “conocer mejor el territorio” donde querían residir de manera permanente. 

En esos mismos días venía acrecentándose una crisis migratoria: sólo en los diez meses que van de octubre de 2013 a julio de 2014, se detuvo a 80 mil niños en la frontera México-Estados Unidos. Eran niños y niñas de origen mexicano y centroamericano que viajaban sin sus padres y sin ningún otro adulto que los acompañara. No iban en busca del alguna vez vigente sueño americano, sino con la “aspiración de despertarse de la pesadilla en la que muchos de ellos nacieron”. 

Sin embargo, su itinerario no fue sino una prolongación de esa pesadilla. Sus perspectivas inmediatas eran inciertas: el ingreso a las cortes de migración y, de acuerdo a las resoluciones, la deportación inmediata (la vuelta al infierno de dónde estaban escapando), o el otorgamiento de protección legal. 

En ese estado de cosas, era evidente que se requería que los menores contaran con asistencia legal y con traductores o intérpretes que les auxiliaran en las sesiones ante las cortes de inmigración, que en ese momento se encontraban cada vez más ocupadas, ya que, para julio de 2015, la cifra de detenidos alcanzó los 102 mil menores.

Luiselli respondió a este llamado. En marzo de 2015, se integró a los trabajos de interpretación en la Corte de Inmigración de Nueva York. Su involucramiento le permitió, además de ayudar a los menores, adquirir una amplia perspectiva de las dimensiones sociales, legales, políticas y económicas de la migración, y también tener una comprensión más aguda y honda de la vida de estos menores, de sus muchos temores y pocas esperanzas. 

En ese momento, Luiselli también advirtió que la historia o, mejor dicho, las historias que estaba conociendo no habrían de concluir ahí, en la resolución burocrática del estatus de los menores, sino que, a su vez, que habría continuidades y que, en todo caso, el olvido que no era opción, “mientras la historia no termine, lo único que se puede hacer es contarla y volverla a contar, a medida que se sigue desarrollando, bifurcando y complicando. Pero tiene que contarse, porque las historias difíciles necesitan ser narradas muchas veces, por muchas mentes, siempre con palabras diferentes y desde ángulos distintos”.

De ese imperativo surgen, primero Los niños perdidos. (Un ensayo en cuarenta preguntas) (Sexto Piso, 2016) y enseguida la magnífica novela Desierto sonoro (Sexto Piso, traducción de Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli, 2019), dos libros que se complementan, se iluminan uno al otro y que, en otro nivel, se entrecruzan con la novela de Álvaro Enrigue, Ahora me rindo y eso es todo (Anagrama, 2018), novela igualmente de tránsitos históricos, fronterizos, biográficos, metaliterarios.

 

Mundos de desolación, mundos en disolución

Si en Los niños perdidos Luiselli ofrece un conmovedor y urgente testimonio del pasado inmediato y del incierto presente de los menores que es contrapunteado con la historia de un viaje familiar por los Estados Unidos, en Desierto sonoro da un paso más allá, un paso sólo realizable por medio de la novela, e interpela a estos mundos -el de los niños migrantes y el de la familia- narrando lo que, en cierto sentido, son las últimas horas de ambos mundos, las horas en que los residentes de estos mundos se vuelven ingrávidos. 

Desierto sonoro inicia como una road novel. Una pequeña familia -él y su hijo de diez años fruto de un matrimonio anterior, ella y su hija de cinco años, también de un matrimonio previo- viaja de Nueva York a Arizona. El trayecto es largo, alrededor de 3, 750 kilómetros que cruzan del Este al Oeste los Estados Unidos, y como todo viaje familiar, repleto de incomodidades, hastíos compartidos, juegos para vencer el aburrimiento y sorpresas, momentos divertidos.

El motivo del viaje es profesional. Él, acustemólogo y artista del paisaje sonoro, va en pos de los sonidos, ecos y el ambiente sonoro que los apaches dejaron en su último trayecto antes de desaparecer confinados en reservaciones. Ella, periodista pretende documentar, por medio de entrevistas, grabaciones de campo y de noticias radiofónicas, el registro de voces en los restaurantes y conversaciones entre desconocidos, la cruzada de los niños que llegan a la frontera sur de los Estados Unidos, y en particular de “los niños que no llegan, aquellos cuyas voces han dejado de oírse porque están, tal vez irremediablemente perdidos”. 

En el trayecto, mientras recorren un paisaje tan vasto como diverso que aquí y allá ofrece muestras de su esplendor, pero también del quebranto que padece el país -“un país hermoso, pero roto…”-, los padres van contando a sus hijos las historias que tanto los obsesionan, la historia de los apaches y Gerónimo y la de los menores migrantes, esta última apoyada con la lectura del libro Elegías para los niños perdidos de Ella Camposanto, un libro dentro del libro, que es invención de la propia Luiselli y en la que se encuentran algunas de las mejores páginas de la novela.

Hay, sin embargo, una tercera historia que le imprime a la novela un tono, en absoluto confesional, que le va dando a la narración una soterrada tensión dramática. Conforme el viaje sigue, se van revelando las grietas y sinsabores de otro mundo roto y en disolución: el del matrimonio. La separación de la pareja parece inevitable (“…escuchábamos y entendíamos los sonidos del mundo de maneras distintas y, tal vez, irreconciliables…nuestros caminos se estaban separado. Era una fractura más honda de lo que esperábamos”) y, con una voz distanciada y en ocasiones con tristeza e ironía, ella va recordando los años de formación de la pareja y la familia, dando cuenta de la desolación y confusión que le causa su disolución, así como la honda preocupación por lo que ello traerá a sus hijos.

Los niños escuchan con fascinación las historias que sus padres les relatan y pronto se apropiarán y jugarán con ellas, las mezclarán y reinventarán hasta que deciden vivirlas, no por traviesos, sino para ubicarse en el centro de atención de sus padres, para reclamar un lugar que parece tomado por los niños del desierto y Gerónimo y sus apaches y, para diluir la tensión que perciben en la relación entre sus padres, pese a los intentos de estos para ocultarla o minimizarla. 

Es en los niños donde, en momentos cruciales, se va alojando mucho de la densidad e intuición emocional de la novela. En el permanente y un tanto precoz de su escudriñar, en su muy viva imaginación volcada al juego y el descubrimiento de mundos fugaces y, conforme avanza la novela, en la inquietud que va creciendo en ellos ante la disolución de sus vínculos familiares, los niños van adquiriendo una presencia cada vez más importante.

Es la mirada del niño quien nos devela con mayor fuerza, por un lado, la naturaleza casi espectral del paisaje y las historias que se cuenta. En su décimo cumpleaños, el niño recibe de regalo una cámara Polaroid. Las imágenes que va a captando a lo largo del viaje no están muy logradas. Se ven brumosas, cargadas de niebla y dan la impresión de que los paisajes y las personas hubiesen sido fotografiadas en el momento en que se están diluyendo, convirtiendo en fantasmas, en personajes ingrávidos. 


Y, por el otro lado, es la voz del niño la que funde la historia familiar con la historia de los niños perdidos. Cuando éste toma la voz narrativa de la novela lo hace para contar a su hermana lo que ocurrió en el desierto cuando decidieron ir a buscar a los niños perdidos, y con ello la novela se abre hacia un territorio donde habrán, por fin, de confluir el mundo imaginario de los niños de Camposanto, los niños de las Elegías para los niños perdidos, con su propia historia. Este parece ser el verdadero destino del viaje, su último sentido: el provocar ese encuentro en que se diluyen las fronteras entre la historia y la imaginación, entre el olvido y la memoria. 

Desierto sonoro, que se aleja pronto de las fronteras genéricas de la road novel, se revela como una obra cada vez más rica y compleja, tanto en su estructura como contenido, una obra desde donde Luiselli indaga y crea un universo donde se escenifica una constante batalla entre la memoria y el olvido, entre la voz y sus ecos y el silencio y la mudez, entre la presencia y la ingravidez, pero también entre el desconcierto de la realidad y la voluntad archivística que pretende decirlo y ordenarlo, entre las formas en que se nos presenta el mundo y las maneras y astucias de que nos valemos para darle sentido y transmitir este a quienes nos siguen: estas son las nuevas batallas del desierto.

 

La imaginación moral

En Viajes con un mapa en blanco (Alfaguara, 2018), Juan Gabriel Vázquez escribe: “La imaginación moral es la interpretación, como si tratará de una partitura, de las vidas ajenas, la lectura que hacemos de sus misterios y sus secretos, de sus dimensiones invisibles”.

Desierto sonoro es un triunfo de la imaginación moral. 

Lo es, en primera y última instancia, porque es una gran novela, un extraordinario artefacto literario fruto de un genuino, intenso y más que logrado “intento por comprender el destino humano caso por caso”, que de acuerdo a J.M Coetzee, es lo que distingue a la novela.

En lo mejor de los tiempos, en el peor de los tiempos, pocas novelas nos han hecho escuchar y ver lo que Desierto sonoro ha logrado con tanta lucidez y, por qué no decirlo, grandiosidad.

Los datos y entrecomillados de los primeros párrafos provienen de Los niños perdidos y la cita de Coetzee está en el libro de Vázquez.

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