¿Por qué deberíamos confiar en la ciencia? / El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
09/08/2020


Vivimos una época paradójica con respecto a la ciencia. Por una parte, pienso que estaríamos dispuestos a aceptar que la ciencia vive una etapa muy positiva de su historia. Desde Galileo hasta inicios del siglo veinte hubo un crecimiento acelerado en nuestra comprensión del cosmos y en ciertas aplicaciones de dicho conocimiento, pero en los últimos cien años el desarrollo científico nos ha llevado a lugares que ni un renacentista hubiese imaginado. Una prueba de ello es la hiperespecialización: es tanto el conocimiento del que ahora disponemos, y se requiere tanto adiestramiento técnico para comprenderlo, que los científicos ahora trabajan en pequeñísimas parcelas dentro de la comunidad científica.

Por otra parte, la ciencia vive una etapa muy negativa de su historia. La propagación de las pseudociencias y las pseudoterapias, el clima de la posverdad, la falta de filtros en la información disponible aunada al analfabetismo científico de la ciudadanía, el relativismo generalizado en el ala izquierda del espectro ideológico y el negacionismo científico en el ala derecha, el ocaso de la verdad como un valor público… han ocasionado un clima de fuerte desconfianza hacia la ciencia. 

Debemos ser honestos al respecto: si la comunidad científica ha encontrado muy malos oyentes de sus mensajes en la ciudadanía, también ha sido una muy mala comunicadora de sus resultados. Una de las consecuencias más lamentables del estado actual es la marginación de los expertos de los centros vitales de la sociedad: quienes disponen del conocimiento necesario para tomar decisiones acertadas no influyen ya en las personas con el poder necesario para tomarlas. Vivimos la muerte de la experticia en la esfera pública, como bien ha sugerido Tom Nichols. No obstante, en la atribución de responsabilidades, pocas veces los científicos se hacen cargo de sus fallas. Tan ocupados se encuentran en la rutina de sus actividades dentro o fuera de los laboratorios y las universidades, que presentan nula atención a la misma ciencia como objeto de estudio. Comprenden muchas veces de manera pobre su propia práctica cotidiana, y dedican escasos momentos de reflexión a la naturaleza de la ciencia y su relación con otros valores más allá de la adquisición desinteresada del conocimiento. Hace falta una ciencia de la ciencia, tanto de sus aspectos epistémicos, como sociales, políticos y morales. Hace falta también comprender el papel que la ciencia debe tener en nuestras democracias liberales. Dada la situación anterior, temo por la supervivencia misma de la democracia, pues una democracia alejada de la ciencia no es más que la tiranía de la mayoría.

No hemos sabido comunicar tampoco por qué las personas deberían confiar en la ciencia. La actual hegemonía de la irracionalidad pseudocientífica se relaciona directamente con la incapacidad de los científicos de explicarles a los legos por qué deberían orientar sus creencias hacia el conocimiento disponible por la investigación científica. El negacionismo del cambio climático, los movimientos antivacunas y el peligro de las pseudoterapias médicas son las consecuencias actuales más visibles de esta falla de comunicación.



Desde la educación básica se nos ha dicho que deberíamos confiar en la ciencia debido a que la investigación científica hace gala de un método especial para la obtención del conocimiento. El método científico, nos enseñaron, es lo que hace a la ciencia una práctica epistémica especial. Sin embargo, nuestros maestros estaban equivocados y nos enseñaron mal. O bien nos decían que la ciencia partía de una hipótesis (un enunciado que aspira a ser considerado una ley natural) de la que deberíamos deducir alguna consecuencia observacional, y que si dicha observación tenía lugar, la hipótesis quedaría confirmada; o bien que el método científico constaba de diversos pasos: la observación sistemática, la medición, la experimentación, y la formulación, análisis y modificación de hipótesis. Lo cierto es que existen teorías que hoy sabemos que son falsas y hacen predicciones muy precisas, que muchas veces la observación esperada no tiene lugar debido a hipótesis auxiliares asumidas durante el proceso de prueba y no debido a que la hipótesis sea falsa, y que gran parte de lo que hoy consideraríamos ciencia no encaja con lo que nos enseñaron que era el método científico. Tampoco hay un método científico que sea aplicable a las diversas ciencias. Los científicos hacen cosas tan distintas y heterogéneas que resulta muy complejo encasillarlas en un método simple o en un conjunto de pasos.

En este contexto, Naomi Oreskes, historiadora de la ciencia de la Universidad de Harvard, ha escrito un libro que cabría calificar por lo menos de necesario. Why Trust Science?, publicado por Princeton University Press hace algunas semanas, trata de responder a nuestra pregunta inicial. La hipótesis de Oreskes, defendida con elegancia y agudeza, es que la ciencia ante todo es una práctica social. El conocimiento científico es el resultado de una especie de escepticismo organizado, en el cual hombres y mujeres brillantes (expertos) han sometido concienzudamente y durante mucho tiempo a pruebas exhaustivas sus ideas. Deberíamos confiar en la ciencia porque al hacerlo confiamos en una comunidad de mujeres y hombres que han llegado a un consenso luego de un escrutinio cuidadoso e informado. Debemos confiar en la ciencia porque al hacerlo confiamos justificadamente.

Oreskes ha dado un paso importante, no sólo porque su hipótesis quizá sea correcta, sino porque es uno de los primeros pasos recientes en una toma de conciencia social de la comunidad científica de sus fallos de comunicación. Si la ciencia debe democratizarse, primero debemos comunicar de manera adecuada a la ciudadanía por qué deberían confiar en la ciencia.

 

mgenso@gmail.com | /gensollen | @MarioGensollen | TT Ciencia Aplicada

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