Opinión

Yihad cristiana / Memorias de espejos rotos

Ride the snake, ride the snake,

to the lake, the ancient lake, baby.

The snake, he’s long, seven miles.



Ride the snake, he’s old and his skin is cold.

The west is the best…

The End. The Doors

 

El vocablo Yihad se refiere literalmente a la lucha o el esfuerzo que hace un creyente del islam para con sus obligaciones, no sólo espirituales, sino también del orden material respecto al cumplimiento de su credo. A los militantes islámicos que emprenden este esfuerzo material de manera comprometida se les conoce como muyahidines. Este esfuerzo o lucha terrenal de los muyahidines por expandir la imposición de lo que su libro sagrado dicta que es correcto, así como la prohibición de lo que en su mismo libro dice que es incorrecto, se extiende hasta el esfuerzo o lucha religiosa, política, y -también- por medio de la fuerza y la violencia, si es necesario para que la ley de su dios impere entre las personas.

Así, el término Yihad, que comenzó como un término dedicado al compromiso espiritual, ha tenido una connotación negativa por el radicalismo islámico que ha transgredido el límite de la religiosidad para intentar imponerse en la política pública y la legislación en distintos países, en una suerte de “guerra santa”. Sin embargo, la Yihad ya no es un término práctico exclusivo del mundo musulmán. En estos tiempos las falanges cristianas evangélicas han cundido en pos de una guerra santa para hacerse con escaños y cargos que les permitan imponer lo que en su libro sagrado se interpreta como correcto, y prohibir lo que en el mismo libro se interpreta como incorrecto. 

Como sabemos, la suerte de interpretaciones que se hagan a un compendio de textos que van desde la base de la Torá hasta los añadidos en los concilios católicos pre medievales, sumando las adendas hechas en el cisma protestante, es de lo más variopinta y ha obedecido al contexto histórico de cada geografía al momento de la imposición mitológica. Sabemos también que las interpretaciones que se han hecho de esa colección de textos (a los que se les puede dar la categoría de sagrados, pero no de históricos ni de veraces) corresponden a la idiosincrasia contextual y no al derecho positivo. Sabemos, además, que cada quien es libre de profesar el credo que quiera, y de encontrar solaz espiritual en los mitos que considere pertinentes, sin que esto deba ser imposición para ningún tercero.

Pues bien, en el continente Americano actualmente padecemos de una Yihad cristiana, en la que las diversas militancias evangélicas han tomado su guerra santa para colarse en espacios de poder (desde las legislaturas, los tribunales, los cargos administrativos, y hasta militares) con la finalidad de ordenar la vida pública de acuerdo a lo que interpretan en el compendio de libros que ellos consideran sagrados, palabra de algún dios, y que se amalgaman en ese texto tan contradictorio como caduco para el derecho positivo, conocido como Biblia.

En esa biblia se dicen cosas aberrantes, tales como que una deidad “creó” al hombre con un propósito, y le dotó de libre albedrío para castigarlo si ese hombre no actúa conforme a los designios divinos. Que algún dios “creó” a la mujer a partir de un fragmento del hombre, y por ello, la mujer es apéndice y subsidiaria del varón, con las implicaciones de inequidad que eso conlleva; desde que no puedan votar o conducir autos, como en algunos países mediorientales, hasta que no puedan decidir sobre su cuerpo en la maternidad, como de hecho ocurre aquí. Que esa deidad “castigó” a los habitantes de un pueblo que quién sabe dónde queda, llamado Sodoma, porque sus varones se acostaban con otros hombres, con las implicaciones de inequidad que eso conlleva, como limitar la unión civil a personas del mismo sexo, prohibirles la adopción, impedirles la libre identidad de género, o hasta lapidarlos a muerte. Peor aún, todo esto se justifica en la abstracción subjetiva de lo que ellos interpretan como la voluntad de un personaje poco claro, cuya personalidad se ha construido a partir del mito y la conveniencia política, al que llaman Jesús, Jesucristo, o Cristo a secas.

De este modo, a partir de la libertad de credo que garantizan los derechos humanos, se ha incubado el huevo de la serpiente, y que ya ha eclosionado en varios países de nuestro continente, como en EE.UU., Bolivia, Brasil, o Costa Rica, entre otros, y que en México se fortalece gracias a la chata visión del presidente que no ha cesado en otorgar espacios a estas iglesias, y de abanderar con su discurso el mito del cristianismo evangélico. Estas expresiones de credo infiltradas en la política se corresponden con los fascismos de derecha, retrógradas y reaccionarios ante las libertades civiles y los derechos humanos, y sumamente populares entre sociedades llenas de desesperanza por el colapso económico, la corrupción, el crimen, y la percepción de que ante el caos hay que imponer la mano dura.

Esta nueva Yihad, lamentablemente, no se limita sólo a los credos producto del cisma protestante, sino que abarca también a los militantes católicos, baste recordar las cruentas batallas ideológicas en la Guerra de Reforma, o en la Guerra Cristera, en las que los pobres creyentes salían literalmente a matar a todo aquel que no comulgara con su idea y práctica religiosa. Sin embargo, hay dos diferencias de base: primero, los católicos en su acomodaticia mayoría no han tenido que ser combativos del mismo modo que lo han sido los cristianos evangélicos (quienes sí se han tenido que pelear por palmos de terreno y por almas para su causa); y segundo, al parecer hay más compromiso religioso para llevar sus premisas espirituales al terreno de la vida material entre los cristianos evangélicos, que entre esa difusa “mayoría” católica “creyente”, pero no “practicante”. Quizá quepa una tercera distinción: a diferencia de los cristianos, que sí están pugnando por el acceso al poder público; los católicos (con sus bobos prejuicios a cuestas) han tenido este acceso mejor garantizado; prueba de ello son las leyes (y omisiones legales) emanadas de congresos locales como los de Nuevo León, Guanajuato, Aguascalientes, Jalisco, entre muchos otros, de los que han emergido normas civiles que atentan contra la equidad, porque a los diputados así les enseñaron en el catecismo.

Si queremos mantener y aumentar el alcance de los derechos humanos, de la cultura de paz, y de las libertades civiles, debemos acotar los márgenes de esta nueva Yihad occidental representada por los nuevos muyahidines de la guerra santa cristiana; impedir que accedan al poder quienes consagran al mito de Jesucristo la política, la milicia, o la ley. No se trata de abolir al cristianismo, que algo bueno ha de tener, sino de confinarlo a donde pertenece: el estricto e íntimo espacio individual del solaz espiritual, y no dejarlo salir a la vida pública ni al ordenamiento civil. De otro modo, estaremos a poco de que lo que ellos entienden como pecado se equipare a la noción de delito, que la anatema, la blasfemia y la apostasía sean penadas con cárcel, que por constitución tengamos biblia, y por código civil los diez mandamientos. Dicho de otro modo, la sociedad debe cuidar su condición ciudadana y democrática, porque en la tolerancia a los intolerantes se anida la serpiente.

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Alan Santacruz Farfán

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