Opinión

Administrar la indignación / Disenso

Hace ya algunos años escribí una columna con este mismo nombre. En ella analizaba dos fenómenos casi simultáneos que llenaron la agenda pública de Aguascalientes: una chica desaparecida, que a la postre fue descubierta, a salvo, en San Miguel de Allende, y el caso de un vigilante que sacó a patadas a un perro en la universidad estatal. La idea de la columna descansaba en el llamado del título y terminaba así: 

Una sociedad que aspira a una democracia sana, plural y a un estado de derecho robusto debe saber administrar su agenda pública. Hay ciertos recursos que no pueden ser banalizados. Creo que a estas alturas el país está urgido de enardecimiento colectivo y de ese espíritu que sólo la más profunda indignación alimenta. La indignación colectiva es el combustible para cimbrar y cambiar de manera sustancial y efectivamente nuestra realidad; si queremos aspirar a estos verbos y aún a esos adverbios debemos saber administrarla.

Me llamó la atención recordar esa columna a cuento de lo sucedido la semana pasada y ver que, al menos en mi opinión, la situación continúa poco más o menos igual. Seguimos equivocando las cosas por las que nos indignamos. Ciertamente sería mejor que no hubiera monumentos dañados (ni propiedad privada), pero después de pensarlo un poco nadie dudaría que la indignación primordialmente debe ser puesta (por todas y todos) en el problema fundamental que ha originado estar marchas: la violencia en contra de las mujeres. Una violencia atroz, dirigida, específica, con características absolutamente claras, que tiene su cara más violenta en los feminicidios y una más sutil (pero no menos atroz a la larga) en las desigualdades de todos los días entre ambos géneros. 

Una palabra bastante socorrida en estos tiempos es “radicalización”. Esta radicalización ha originado sobre todo polarización entre partes. Y creo que urge encontrar terreno común para disminuir esa brecha y más aún, para buscar soluciones, cosas en las que todas y todos podemos estar de acuerdo. Antes de apresurarnos a ejercer un juicio que refuerce nuestro propio punto, podemos buscar qué cosas son evidentes para ambos bandos en un conflicto de creencias. Se ha dicho uno: la violencia. Y sí, sin que eso signifique que nadie ignora la violencia en general, no hay razón alguna para desatender una violencia particular (la de género) que hoy es clamor internacional.

En este sentido la discusión sobre la chica desaparecida en estos días volvió a dar vuelo a las polarizaciones: miles de personas reprobando y haciendo chistes banales sobre una mujer que mintió, cierto, de manera irresponsable, en un campo privado. Efectivamente, esto se pasó al campo público, y con razón: no son pocos los casos de mujeres que desaparecen y aparecen abusadas, muertas, desmembradas en este país. Aquí es donde encuentro la importancia de administrar la indignación: ¿no es más importante celebrar que hubo un movimiento social rápido y efectivo para dar con el paradero de la chica? ¿Que finalmente apareció sana y salva? Seguramente habrá una sanción familiar (asunto privado) pero de ahí a pensar que esto debe indignarnos porque banaliza un movimiento es absurdo: banalizar el problema es tomar un acto aislado para generalizar sobre los peligros de una falsa alarma. En este caso es claramente mejor un falso positivo que un falso negativo. Esperar a que pasen ciertas horas para comenzar una búsqueda, partir de que la alerta puede ser una mentira, incluso cuando tenemos un caso claro de ello es, a todas luces, insensato. Si esto se repitiera con cierta frecuencia seguro estoy que, incluso las propias mujeres, apoyarían una reglamentación para quienes lancen alertas de manera negligente: son las principales interesadas en que se dé siempre buena prensa y efectividad protocolar para las desaparecidas.

Discutir sobre un caso aislado y ponerlo como ejemplo de cualquier cosa es un instinto basado en querer poner por delante nuestras propias filias y fobias. El imperativo categórico del viejo Kant ayuda aquí: a nivel público lo deseable en cualquier circunstancia de desaparición es comenzar una búsqueda lo antes posible; también se puede decir que a nivel privado lo deseable es no mentir sobre una desaparición, pero evidentemente lo que nos toca socialmente es exigir a las instancias públicas que actúen bajo premisas públicas. 

Este caso debe ayudarnos a entender que desatendemos los problemas fundamentales para llevar agua al molino de nuestra posición en el espectro de la discusión. Por supuesto que señalar que fue una irresponsabilidad o negligencia tampoco creo que signifique que se desea que nadie aparezca muerta (bajo la circunstancia de una psique sana), pero también creo que podemos elegir establecer prioridades para la discusión, y en este caso, efectivamente, valía poner atención a otras cosas antes que señalar con el dedo flamígero el error de una joven, como tantos otros que se han cometido.

Si existe alguna sanción administrativa ya será ella la que afronte las consecuencias. Pensar que como se hizo público da derecho a discutirlo públicamente, a burlarse, regañarla, o desacreditar bajo una falsa generalización es torpe y abusivo. En general hemos entrado en un campo en donde creemos que todo lo que se hace público tiene derecho a llevarse al extremo en donde todas y todos podemos opinar. Hemos hecho de las redes sociales un espacio de indignación y un vertedero de posturas antagónicas que pocas veces llevan dentro de sí el deseo de encontrar terreno común y fértil para construir una indignación que sea productiva, en un país al que le urge un robusto estado de derecho para todas y todos.

 

/aguascalientesplural | @alexvzuniga | TT CIENCIA APLICADA

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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