México ante Trump: temor / Mareas lejanas – LJA Aguascalientes
19/09/2020


Miguel Mojica

Han sido dos años y medio muy complicados para la relación México-Estados Unidos: la llegada de Donald J. Trump a la Casa Blanca ha supuesto un retroceso en la relación. El último episodio, las intenciones del presidente Trump de declarar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas, ha suscitado temor en cierto sector de la sociedad.



No nos hemos acostumbrado a la incertidumbre que genera el presidente Trump respecto a la relación con nuestro país. Durante dos décadas la relación entre ambas naciones había sido fructífera, incluso la opinión pública se alineaba favorablemente a los intereses norteamericanos.

El fin de la Guerra Fría y la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) supuso la aparición del imaginario colectivo de la nueva modernidad: México transitaba, por fin, al primer mundo y, por ende, éramos igualmente respetables que Estados Unidos.

Este imaginario colectivo permitió que miles de mexicanos adoptasen modas, usos y costumbres provenientes de Estados Unidos. Ya no se veía a la Unión Americana como aquel enemigo histórico que nos arrebató más de la mitad de nuestro territorio, ahora se veía a Estados Unidos como un gran aliado y socio comercial por excelencia. Éramos la envidia del resto de países en vías de desarrollo.

Sin embargo, el sueño primermundista fue destrozado al poco tiempo de haber entrado en vigor el TLCAN: la rebelión zapatista, el magnicidio de Colosio y el “error de diciembre” en 1994 mostraron las carencias políticas y sociales de México. El TLCAN era un anacronismo de una época muy lejana.

La política interna se enfocó en los años siguientes en implementar políticas que corrigiesen esos vacíos que no nos permitían reclamar nuestro lugar en el primer mundo: combate a la pobreza, reducción de la  desigualdad o creación del Seguro Popular para la garantía de la sanidad universal. La política exterior pasó a acaparar la relación México-Estados Unidos.

Esta relación bilateral, en principio, se centró primariamente en la firma de acuerdos que consolidaban las relaciones comerciales y buscaban el fortalecimiento de las instituciones democráticas de México. No obstante, la guerra contra las drogas, declarada en 2006, trajo consigo un aumento exponencial en la tasa de homicidios. A partir de entonces los acuerdos de seguridad, como la Iniciativa Mérida, son comunes entre ambas naciones.

Se establecieron mecanismos de cooperación entre las agencias de seguridad mexicanas y estadounidenses para combatir a los grupos del crimen organizado. La Policía Federal mexicana recibió entrenamiento y capacitación táctica por parte del FBI, las fuerzas armadas adquirieron material militar para combatir directamente al narco, y los funcionarios de Seguridad Pública fueron capacitados para sobrellevar la guerra.

Sin analizar los aciertos y errores, siempre existió la voluntad de ambas partes por establecer acuerdos y mecanismos de cooperación. Fueron puntos acordados por los gobiernos de ambos países para reducir la violencia en el país y el tráfico de droga hacia Estados Unidos.

Aún cuando el imaginario colectivo de la nueva modernidad estaba casi sepultado, sus efectos aún perduraban: tanto la guerra como la asistencia estadounidense al gobierno mexicano en su lucha contra el narco eran vistas como una necesidad para la estabilidad sociopolítica y para el camino a la prosperidad.

La elección presidencial de 2018 dejó ver nuevamente las numerosas carencias de la sociedad mexicanas y terminó de eliminar al imaginario de la nueva modernidad. Los niveles de violencia cada vez mayor y las dificultades de la relación con Estados Unidos bajo el mando de Donald Trump despertaron un sentido general de inseguridad entre los mexicanos.

En los últimos dos meses se han vivido los episodios más memorables de la guerra contra las drogas (Gracias en parte a la difusión de las redes sociales): el llamado Culiacanazo y el ataque a la familia LeBarón. En ambas ocasiones el presidente Trump hizo un llamado al gobierno mexicano para eliminar completamente a los cárteles de la drogas con la misma estrategia que se utiliza para debilitar a grupos terroristas, una guerra total.

En un inicio se tomaron estos llamados del presidente Trump como una sugerencia, ni siquiera se plantearon escenarios caóticos de lo que provocaría una acción así. Pero cuando éste formalizó sus intenciones de declarar a los cárteles de las drogas como organizaciones terroristas hizo que dos temores históricos reaparecieran: el impedimento para concluir la modernidad y la amenaza a la soberanía nacional.

En primer lugar, declarar a los cárteles como organizaciones terroristas permitirá que las fuerzas armadas de Estados Unidos puedan realizar, sin la aprobación del Congreso americano, operaciones militares en suelo mexicano. Una intervención militar podría debilitar a los grupos criminales pero no desaparecerlos; la misma guerra contra las drogas ejemplifica esta afirmación, desde el comienzo se han multiplicado las organizaciones criminales a pesar de haber debilitado a los grupos más grandes. 

Además, las intervenciones estadounidenses recientes en Medio Oriente muestran que la inestabilidad política y económica aumenta con cada guerra. No sabemos si una intervención desestabilizaría más al país, pero no la mejoraría.

En segundo lugar, una intervención americana nos recuerda a la guerra de 1847 y a la invasión del Puerto de Veracruz en 1914, despierta entre los mexicanos las sospechas de los verdaderos intereses de Estados Unidos. Parece como si aún fuese el siglo XIX y la injerencia extranjera fuera común.


La hipotética intervención militar en nuestro país significa un retroceso en la consolidación de nuestra democracia y nos pone en la misma situación que países como Afganistán o Irak, estados fallidos. Las inversiones caerían debido al aumento en la desconfianza hacia el ya frágil estado de derecho mexicano, la calidad de vida empeoraría gravemente y los sueños de muchos jóvenes se frustrarían. La posible intervención es vista como una amenaza al camino de la modernidad, es una amenaza directa a los ciudadanos mexicanos.

Es difícil saber si el presidente Trump cumplirá con sus declaraciones, pero es muy factible pensar en los peores escenarios debido a los episodios históricos de confrontación con Estados Unidos y a las intervenciones recientes en Medio Oriente. Entonces, es normal que un la sociedad, o un sector de ella, tenga miedo respecto a esta situación. Ante Trump sólo existe incertidumbre: puede desatarse el caos o puede establecerse una nueva política de seguridad conjunta, como el combate al tráfico de armas proveniente de Estados Unidos. De lo que estamos seguros es que el panorama no se vislumbra bien para la nación.

 

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