Opinión

Oda al puritanismo / Matices

Gabriel Zaid publicó una compilación de ensayos sobre corrupción y en uno de ellos afirma lo siguiente:

“Para llegar a un control de la discrecionalidad y corrupción se necesita un público maduro que debe reconocer el teatro como teatro; que los actores en el poder son conciudadanos, tienen intereses propios y que no son, ni pueden ser, ni deben ser, ni pretenden ser, personificadores del interés público, (negar que los intereses privados son legítimos sirve para que se muevan en la sombra, en vez de manifestarse abiertamente).”

En México tenemos la tentación permanente de negar que los intereses privados son legítimos, de hecho, nuestra cultura política se ha construido así. Nuestra vida pública es una constante y permanente oda al puritanismo. Cuando buscamos al o la mejor para ocupar un cargo público, la lista de requisitos y exigencias públicas rayan en lo teológico de la pureza; es comprensible exigir una independencia a ciertos poderes políticos y económicos, a través de pedir que no se tenga militancia en partidos políticos o que no se haya participado en algún órgano de dirección de una empresa; eso es una cosa y otra, no haber pertenecido a una casa de estudios, no haber trabajado en ninguna dependencia pública porque eso significa una relación con un grupo político, no haber desayunado, comido y cenado con algún actor incómodo para algunos y no haber escrito en un medio que tiene determinada línea editorial. Además de ello, presentar públicamente tu patrimonio, tu declaración de impuestos y tus intereses: en México, las declaraciones de intereses no son de intereses sino de relación comerciales; aquí los intereses privados se mantienen en la sombra.



Eso en lo que corresponde a los cargos públicos, pero en el desempeño de ciertos actores que construyen el teatro del puritanismo el asunto se agrava. Por ejemplo, en la Sociedad Civil, el sector puro de la vida pública, donde el comportamiento funciona a partir de mantener los intereses privados en la sombra, lo que hace del puritanismo un asunto grave que provoca la desafección de la política por parte de la ciudadanía en general.

Cuando la actividad política y pública se llena de pureza y superioridad moral podemos ver actitudes como las siguientes: desdeñamos a cualquier actor político por el simple hecho de tener una carrera política o partidista, por haber ocupado un cargo público, algunos niegan la participación en sus grupos de discusiones a personas por la razón de tener amigos en la política o la de ocupar un cargo público o incluso se niegan a participar en foros porque hay personajes que nos son dignos de su superioridad moral. En un texto impecable de César Ruiz, para Tercera Vía, lo describe perfectamente: “Considero que el mito de la santidad personal no es útil para los vientos que corren y no abona a los procesos colectivos. Sobre todo, porque el sujeto que engendra esa cultura política siempre se verá impotente ante los males públicos: se limitará a denunciarlos, haciendo la crónica vitalicia de los abusos y atrocidades del poder. Y no los impedirá nunca. No se valdrá de una acción táctica y estratégica para enfrentarlos, sino que esperará a que tengan lugar para darse la razón: ‘todos son iguales’. Hipotecar el futuro a cambio de un pedestal que nos haga lucir bien me parece mezquino.” El mismo César cita un poema que describe perfecto al puritanismo y superioridad moral: “En fin, la pureza, de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro, para saber qué cosa es la pureza”.

La verdad sea dicha, percibo que nuestra discusión pública, actividad política y deliberaciones están construidas sobre una idea: en la política se debe ser puro y eso es lo único bueno. El mismo presidente lo ha dicho en recientes días “solo vale la honestidad”. Es una coyuntura pública compleja, las pruebas demuestran que la superioridad moral y el puritanismo encuentran pared y se topan con la realidad, una realidad que supera la superioridad moral. Eso sí, el puritanismo da para foros, paneles, publicación de artículos de libros. Para ser sincero, hace 10 años que me aproximaba por primera vez a la vida pública tenía una visión puritana y me asumía dentro de esa superioridad moral; sin embargo, he asumido que esa no es la realidad, y que la realidad debe ser con matices. Aunque no sea popular, me parece que quienes públicamente expresan sus intereses y son transparentes, sin asumirse puros o superiores morales, tienen mayor credibilidad en la vida pública que quienes mantienen sus intereses en la sombra por conservar su superioridad moral, estos últimos, hacen más daño a la vida pública, porque construyen sobre fantasías que van alejadas de la realidad y además, según lo visto en experiencias de otros países puede provocar movimientos alejados de la política y la ideología, pueden ser uno de los fenómenos que provocan candidaturas apolíticas y movimientos sin contenido.

Quizá ese ambiente de puritanismo y superioridad moral fue privado por aquellos políticos y políticas corruptas que hicieron daño al sistema, sin embargo, el antídoto perfecto es una dosis de realidad: verla de frente y jugar en ella, no evadirla ni negarla. Siempre los matices. 

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Carlos Aguirre

Carlos Aguirre

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