04/07/2020


Una de las pocas cosas que celebro del arte contemporáneo, así, en abstracto, es que ha contribuido a la desacralización de todo tópico posible. El Renacimiento en su fondo y el Manierismo en su forma sentaron las bases para emancipar al arte del espacio inmaculado, intocable, sagrado que tuvo en buena parte de la historia. Luego, podré no estar de acuerdo con sus resultados concretos, pero el hecho mismo de esta ruptura con lo sacro es de suyo celebrable. Siento -eso sí- que muchas veces cuando hablamos de arte contemporáneo damos por sentado que deslindamos a estos productos culturales de su impacto como experiencia estética, ya sea por se un arte no retiniano o porque está más bien destinado sólo a causar conmoción, sorpresa, desagrado, o simplemente ser provocativo a fuerza de parecer ocurrente y novedoso “es una bolsa con una pelota, sí, pero nadie tuvo los huevos de hacerlo” rezaba Gabriel Orozco sobre una de sus piezas, como si el atrevimiento a hacer algo desfachatado fuera un valor importante per se.

Esta semana se puso de moda el tema a raíz de una carísima pieza que incluía un plátano sujetado con una cinta adhesiva a la pared. Por supuesto que la discusión puede dar para mucho si se toma más o menos en serio: ¿tiene algún sentido generar piezas de arte efímeras con un valor tan caro? ¿El mercado del arte ha pedido su brújula racional? ¿Realmente es ése el valor de la pieza o asistimos a un enésimo contubernio galería/artista para forzar la plusvalía en el mercado?  A mí, en lo particular, repito, me gusta la idea de que el arte se haya desacralizado a sí mismo porque esa le da una especie de autoridad moral para desacralizar cualquier cosa -lo que yo celebro-. 

Esto, desacralizar, fue lo que sucedió con otra famosa pieza esta semana: el cuadro donde aparece Zapata, desnudo, entaconado, montando un caballo con una erección. La técnica, creo yo, es bastante pobre, y no tengo idea de cuál es el interés o mensaje por tener este contenido. ¿Es un reflejo de la discutida orientación sexual de Zapata? ¿Es un mero divertimento que retoma una de las figuras “masculinas” por antonomasia en este país con motivos simplemente lúdicos? ¿Es una forma de provocación específica que alude directamente a los valores tradicionalmente machistas que tenemos en el país? ¿Es una forma de desacralizar a nuestros “héroes” patrios?

Para la gente que no es cercana al círculo del arte contemporáneo debe ser más o menos común no tomárselo en serio: sobre la banana hubo innumerables memes como tantos y tantos otros que engrosan las filas de la sospecha con la que la gente mira al arte de nuestra era y a los propios artistas, pero por un fenómeno no poco interesante de juicio sesgado, esta vez el resultado un buen número de personas se han visto indignadas ¿? porque alguien pintó a Zapata con zapatos de tacón. ¿Por qué se han tomado tan en serio un cuadro? ¿Por qué piensan que es importante que se “respete” la figura de personaje histórico para el país? ¿Es acaso purismo? ¿Somo puristas en un país en que la mayoría católica celebra ritos cristianos absolutamente alejados de su contexto? ¿Un país que viste a representaciones del niño Jesús con bata de doctor o uniformes de fútbol? No creo que tenga que ver con el purismo.

El enojo entonces parece radicar en dos cosas que, casi de igual forma nos pintan como sociedad de cuerpo completo: o tenemos un rancio fetiche con las figuras históricas (vamos, repito creo que nada debería ser intocable), que creemos que no pueden ser pintadas en nuevos contextos, aunque hay cientos de representaciones de la virgen patrona del pueblo católico en muros con letras góticas, en muchos de los barrios de nuestras ciudades que no parecen despertar la misma indignación. Y entonces el asunto, como lo he venido leyendo es un asunto no sobre purismo sino sobre ridiculizar la figura de un caudillo. Y esto es más vergonzoso aún: creemos que lo femenino o lo afeminado son rasgos ridiculizantes. Nos falta mucho por entender. Lo que haya aportado Zapata o quien sea al país no cambia en nada por el hecho de lo que hayan sido sus preferencias sexuales y muchos menos por un pintor que se tomó la mera libertad lúdica de pintarlo de esa manera. La construcción del macho bragado como figura necesariamente viril es un atavismo del que sería bueno desprendernos. Y más aún: reconciliarnos con la posibilidad de que ninguna cosa debe ser intocable o sagrada, y que lo femenino (por simplificar) no puede seguir considerándose un rasgo de debilidad o minusvalía. 

 

/Aguascalientesplural | @alexvazuniga | TT CIENCIA APLICADA


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