04/07/2020


Wuhan, China. 31 de diciembre de 2019. Los funcionarios de Salud Pública emiten una alerta: varios ciudadanos muestran los síntomas de una “neumonía de causa desconocida”. Inmediatamente, empieza una búsqueda para encontrar al “paciente cero”. Es decir, el primer caso que, en términos de epidemiología, es menester ubicar para descubrir el foco de infección.

Los investigadores descubren el origen del brote: el Mercado de Mariscos Huanan, una lonja dedicada a vender pescado, pollo, faisán, conejo y lo que los chinos denominan ye wei, “carne del arbusto”: marmota, murciélago, serpiente, venado, etc. Entonces, la primera hipótesis es formulada: el coronavirus proviene de una fuente animal -zoonosis, en lenguaje técnico.

Las escenas arriba narradas sirven como preludio al presente artículo, el cual pretende explicar qué es el coronavirus y, desde una perspectiva histórica, analizar a la novel enfermedad y tratar de extraer lecciones.

Un virus es “un agente infeccioso extremadamente pequeño que causa muchas enfermedades en plantas y animales”1. El coronavirus forma parte del conjunto amplio de virus de ácido ribonucleico (ARN) con cubierta viral y obtiene su nombre a partir de las crestas en forma de aureola en la superficie del virus.

La denominada “neumonía de Wuhan” no es el único miembro de los coronavirus que ha puesto nerviosa a la Humanidad: en 2002, apareció el Síndrome Respiratorio Agudo y Grave (SARS, por sus siglas en inglés”), una “forma grave de neumonía” que “provoca una molestia respiratoria aguda”2 y, en algunos casos, el deceso del infectado. El SARS se transmite a través del contacto con las gotas diseminadas en el aire por la tos o el estornudo de las personas enfermas con este virus.

En 2012, surgió en Arabia Saudita, el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS-CoV, por sus iniciales en inglés). Una enfermedad viral posiblemente surgida de los camellos o los murciélagos. El virus “puede propagarse entre personas que tienen estrecho contacto” y su tiempo de incubación “parece ser de 5 hasta 14 días”3.

Como ya se narró al inicio de esta colaboración, la “neumonía de Wuhan” encendió las alarmas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades del Departamento de Salud y Servicios Humanos del Gobierno de los Estados Unidos.

Desafortunadamente, algunos medios irresponsables empezaron a escribir y/o hablar de una “pandemia” de consecuencias “imprevisibles”. El escribano, sin ser epidemiólogo, microbiólogo o virólogo, cree, basado en un análisis histórico que, afortunadamente, no estamos, por el momento, en esa situación.

Hay que clarificar las cosas: el diccionario Larousse puntualiza pandemia (del griego pan, todo, y demos, pueblo) como una “enfermedad epidémica que afecta prácticamente a todos los habitantes de una región determinada”. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) precisa, en su página web, a la pandemia como “la propagación mundial de una nueva enfermedad”.

Las pandemias (cólera, tifoidea, tifus, viruela, etc.) han aparecido en la historia del ser humano. Hay, sin embargo, dos ejemplos que quedaron grabados, como hierro ardiente, en la memoria compartida: la peste negra y la “influenza española”.

La peste negra se originó por un caso de guerra biológica: los tártaros de la Horda Dorada lanzaron cadáveres infectados contra una ciudad genovesa en la península de Crimea. Los barcos genoveses, sin saberlo, llevaron a las ratas contagiadas, primero, a Constantinopla, y, después, a Italia.


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En la primavera de 1348, el padecimiento llegó, “bien por la obra de los cuerpos superiores, o por nuestros inicuos actos” a “la egregia ciudad de Florencia”. El humanista Giovanni Boccaccio narró, en El Decamerón, la sintomatología de las víctimas: “Les nacían a las hembras y varones, en las ingles o en los sobacos, unas hinchazones que a veces alcanzaban a ser como una manzana común, y otras como un huevo”4.

El escritor ignoraba que la peste negra se formaba de dos variedades: la forma neumónica, altamente contagiosa y letal, la cual se propagaba por la tos; y la variedad bubónica, transmitida por el picotazo de pulgas alojadas en ratas.

Habrían de pasar casi 600 años para que la Humanidad fuera azotaba por otra pandemia: en la Europa devastada por la Primera Guerra Mundial surgió, según algunas versiones, en hospitales militares franceses o, de acuerdo a otros, entre los soldados estadounidenses que esperaban embarcarse a Francia una nueva enfermedad propalada por la tos o la gripe. 

El padecimiento fue apodado como “influenza española” porque la prensa del país ibérico, que no estaba sujeta a la censura de los países involucrados en la Gran Guerra, propagó su divulgación por el orbe. Para cuando la pandemia, mucho más letal que la peste negra, amainó, entre 50 y 100 millones de personas habían muerto.

El escribano concluye: la primera línea de defensa contra este nuevo virus es, aunque parezca trivial, las estrofas de una canción para niños: Pimpón, porque el monigote invita a lavarse “las manitas con agua y con jabón”; los virus prosperan en lugares o zonas insalubres como la Europa de la Edad Media o de la época de la Gran Guerra; de acuerdo a la OMS, la letalidad de la “neumonía de Wuhan” es menor a la del SARS o el MERS-CoV; los chinos están haciendo esfuerzos titánicos por contener la enfermedad; y no hay que olvidar las palabras de Boccaccio, quien presenció los efectos de la peste negra: hay que “tener compasión por los afligidos”.

Aide-Mémoire. Como no ocurría desde finales de la Segunda Guerra Mundial o los tiempos de la Guerra Fría: soldados rusos y sus contrapartes estadounidenses se ven las caras en las áridas llanuras de Siria.

 

1.- Daintih, John. Diccionario Especializado de Biología. Bogotá: Editorial Norma, 2001, p. 337.

2.- Síndrome Respiratorio Agudo y Grave (SARS) https://bit.ly/2Rzz6AW 

3.- Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) https://bit.ly/2RVQ2Rb 

4.- Boccacci, Giovanni. El Decamerón. México, D.F., Editores Mexicanos Unidos, 1992, p. 13-14.


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