Opinión

Niños homicidas/ Análisis de lo cotidiano

Hace dos años, precisamente en enero pero del 2017, la sociedad mexicana se estremeció con el hecho de que un adolescente matara a su profesora, hiriera a varios compañeros y terminara suicidándose en una escuela privada de Monterrey. La historia se repita también en una escuela del norte del país, con grandes similitudes, el chico lleva a la escuela una pistola, dispara contra su profesora y después se quita la vida con la misma arma. A juzgar por las entrevistas, ambas maestras eran buenas personas, excelentes profesionales y nunca se detectó maltrato hacia el alumno homicida como para que esta haya sido la causa. Entonces de inmediato la opinión pública y los medios de comunicación buscan la respuesta a la pregunta que se considera obligada: ¿por qué? Y también de rápida manera aparece la que se pretende sea la explicación definitiva: Los Videojuegos violentos. Efectivamente ambos niños acostumbraban tales recursos de entretenimiento. Al igual que todos los días lo hacen millones de niños mexicanos y no por ello tenemos cientos de miles de niños homicidas. La búsqueda de una respuesta rápida y fácil siempre falla. Cuando la verdad está a la vista. El niño de Monterrey tenía un padre que desde muy pequeño le había enseñado a manejar las armas, le llevaba a cacería y le obligaba a rematar a sus piezas cuando quedaban heridas. El niño de Torreón vivía con su abuela porque sus padres lo abandonaron. 

Un niño de Tabasco en diciembre 2018 clavó un cuchillo en el tórax de su padre para evitar que siguiera golpeando a su madre. Al hacerlo le gritaba, “Ya estoy cansado de que le pegues a mi mamá”. ¿Cuál es el elemento común que encontramos en los tres casos? Obvio, la violencia intrafamiliar. Ya no es necesario buscar una explicación simple y burda como la influencia de los videojuegos, que no son otra cosa sino la consecuencia. Los niños juegan con los videos violentos para desahogar la carga de rencor que traen dentro y que les fue generada por su ambiente familiar. Ahora que, el problema es aún mayor. Si nos ubicamos aquí en nuestro Estado, la experiencia nos ha demostrado que en los casos de adicciones y suicidio, dos de los más graves trastornos de la salud mental pública., tiene como ingrediente infaltable, la violencia intrafamiliar. Ese es el gran problema a resolver. Hacia allá es adonde deben dirigirse los esfuerzos oficiales de solución. Es necesario hacer prevención desde luego. Pero lo primordial es hacer un trabajo terapéutico al interior de las familias. La labor curativa tiene que entrar a los domicilios y resolver la conflictiva allí mismo. Para ello se requiere de un poderoso equipo de trabajo social que detecte los hogares con violencia y tenga la capacidad de entrar en ellos, para que a su vez los canalice a los centros de psicoterapia. Y lo mejor de todo es que sí se tienen los recursos. Dependencias tales como la Secretaría del Desarrollo Social, el Instituto de la Juventud, la Casa del Adolescente (ahora Sipinna), el DIF estatal y los municipales y desde luego la Secretaría de Salud mediante su Dirección de Salud Mental tienen todos los elementos humanos y materiales para realizar esa tarea.  Esperemos que los pongan al servicio de la atención de las familias hidrocálidas para evitar la aparición de niños homicidas en nuestra entidad.

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Héctor Grijalva

Héctor Grijalva

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