Sociedad y Justicia

Río Santiago, el informe oculto

  • Desde hace 10 años se sabía que el Río Santiago, en Jalisco, estaba contaminado y no se hizo nada
  • Científica da a conocer, hasta ahora, estudio sobre sustancias nocivas a la que estaban expuestos los menores, pues había una cláusula de confidencialidad que le impedía divulgarlo. Cuenta sus hallazgos en entrevista. 

 

EMEEQUIS/Vanessa Cisneros

 

Un grupo de científicos de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), liderado por Gabriela Domínguez Cortinas, estudió por dos años (2009-2011) a los niños que vivían cerca del Río Santiago y lo que encontró encendió las alertas: al menos 330 menores de los municipios aledaños estaban expuestos a sustancias tóxicas, tenían alteraciones en su sangre y problemas neurocognitivos. 

Los resultados de las muestras de sangre de los menores, que vivían cerca del río que ha sido catalogado como el más contaminado de todo el país por la ONU, llamaron la atención del pediatra que realizó este tipo de pruebas médicas. El estudio revelaba algo que los pobladores, como Sofía Enciso, ya venían denunciando desde el 2006: que quienes vivían cerca del río estaban siendo afectados por su contaminación.

Sólo los padres de los menores y el grupo de científicos sabían de esto, fuera de ellos, nadie supo nada, porque el estudio, que había sido encargado por la Comisión Estatal del Agua (CEA) de Jalisco, establecía términos de confidencialidad que prohibían divulgar su contenido. 

Diez años después, se sabe que la Secretaría de Salud de la entidad y la CEA estaban al tanto de la situación y no hicieron nada, en la época en que el gobernador era el panista Emilio González Márquez. 

 

Tenían plomo, arsénico, cadmio…

En 2009, un grupo de pobladores se opuso a la construcción de la presa de Arcediano, que se ubicaría en el curso del Río Santiago. Pidió a las autoridades que se hiciera un estudio de la salud de las personas que vivían cerca del río, cuenta en entrevista con EMEEQUIS Gabriela Domínguez, doctora en ciencias ambientales, quien encabezó el estudio.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) tuvo conocimiento de esto y recomendó realizar análisis en la población antes de construir la presa. Para ello sugirió al grupo de investigación de la UASLP, del que la especialista en salud ambiental comunitaria era parte.

Este grupo de científicos fue a las comunidades de Puente Grande, El Salto, Juanacatlán, Jardín de la Barranca y Jalisco Sección II, en el estado de Jalisco, y testeó a 330 niños de 2009 a 2011.

Los menores de edad que vivían en esas zonas, todas cercanas al río, tenían plomo, arsénico, cadmio, mercurio y benceno en sus cuerpos, relata vía telefónica Domínguez Cortinas.

Una vez que entran en el cuerpo, estas sustancias se instalan en distintos órganos. El plomo, explica, es un metal que una vez que una vez que  ingresa tiene la capacidad de acumularse en huesos y puede provocar daños neurocognitivos en el sistema nervioso. 

Cuando el cadmio entra, se almacena en el riñón y puede permanecer cerca de 30 años allí. “Si la exposición es crónica tienen un tiempo de vida muy largo hasta que el organismo pueda eliminarlo poco a poco”, comenta.

La acumulación de esta última sustancia genera alteraciones en las funciones de los riñones. Además, el benceno puede generar leucemias. 

Los investigadores también midieron los componentes de la sangre de las niñas y niños y encontraron que sus glóbulos rojos tenían alteraciones. 

“Mostraron tamaños más pequeños de lo normal en un alto porcentaje de niños (…) Al ser de tamaño muy pequeño lo primero que sucede es que no pueden contener la hemoglobina, que es la proteína que transporta el oxígeno (a todo el cuerpo) o hay una deficiencia en ese sentido”, detalla.

Además, tests neuropsicológicos arrojaron que la capacidad de verbal y de memoria de los menores era reducida. “El rango de las puntuaciones para establecer qué tanto daño o no hay es entre 90, como puntuación mínima y 110, máxima. Nosotros identificamos a casi todos los niños con puntuaciones de 80, 70”, indica. 

 

Vertedero de basura

En 2016, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) consideró a este río como el más contaminado en todo México. En un informe detalló que recibe descargas de hasta 300 industrias del corredor industrial Ocotlán-El Salto.  

Las principales descargas son de la industria metalmecánica, metalúrgica, químico-farmacéutica, electrónica, automotriz y de alimentos y bebidas.

El Río Santiago está junto al Parque Industrial El Salto, en el que se encuentran compañías como DuPont-Pioneer, Hella Automotive, IBM, Honda. Además, esta región sirve como un vertedero de basura, donde se incineran los desperdicios.

Y no sólo eso, sino que también desembocan las aguas negras de otros parques industriales localizados al sur de Guadalajara, que pasan por la presa de El Ahogado y terminan allí.

 

El informe incómodo

Este informe, integrado por más de 300 páginas, se entregó a las autoridades de la Comisión Estatal del Agua (CEA) de Jalisco, entonces liderada por Sergio Loustaunau Velarde, quien era el vocal ejecutivo. También se notificó de sus resultados a la Secretaría de Salud de la entidad, pero no pasó nada. 

“Secretaría de Salud (estatal) me dijo en ese momento que ellos se iban a hacer cargo del asunto, que ya me llamarían para que yo apoyara, pero nunca sucedió eso”, confiesa Gabriela después de 10 años de guardar silencio. 

“No pasó nada en las comunidades. No se dio seguimiento a las personas que se encontraron enfermas. En la parte neurocognitiva no se hizo nada para incluir programas de educación especial en las escuelas. Nada. No pasó nada”, lamenta. Entonces esa dependencia estaba bajo el mando de Alfonso Petersen Farah. 

Además, ella y los otros colaboradores no podían divulgar esa información, porque firmaron un convenio de confidencialidad. No fue sino hasta 10 años después que lo hizo luego de que un asesor legal le informara que cualquier cláusula de confidencialidad es inválida después de una década. 

“En todo este tiempo no pude hacer publicaciones ni nada en torno al estudio por esa confidencialidad que yo tenía que respetar”, comenta. No obstante, señala que no tuvo ningún tipo de represalias o amenazas sobre la posible divulgación de la información. 

Este estudio sale a la luz luego de que ciudadanos lograran a través de mecanismos de transparencia su publicación. 

 

Crecer en la devastación

Sofía Enciso, miembro de la organización Un Salto de Vida, creció frente al Río Santiago, en la comunidad de El Salto, y cuando era pequeña jugaba con sus hermanos y vecinos a aventarse en un cartón por la barranca que baja hacia sus espumosas aguas.

“Era un espectáculo ver tantísima espuma”, dice la joven de 31 años. La sensación después de tocarla, describe, era pegajosa. “Como cuando agarras aceite que te enjuagas, te enjuagas y no se te quita, era así. Mi mamá hubo un momento en que nos prohibió bajar al río porque era muy difícil bañarnos y quitarnos el pegoste del pelo”, comenta en entrevista con este medio la joven miembro de dicha organización que visibiliza la contaminación en el río desde 2005. 

Cuando se le pregunta de qué color era el agua dice que no sabe porque nunca la vio. La espuma, que ha sido disminuida al día de hoy, en ese entonces lo cubría todo. Pero sí recuerda el olor del río, un olor a “huevo podrido” que lastima la nariz y la garganta y que todavía está allí. 

Sofía también dice que cuando era niña le gustaba bajar por la barranca porque a veces encontraba tesoros:

“A nosotros de niños nos gustaba mucho ir a esa zona, la barranca. Nos gustaba porque los huevitos kinder los tiraban, como de caducados, tiraban por miles. De la Hershey’s, los abrías y estaban blancos en vez de color chocolate, pero uno los tallaban poquito y nos lo podíamos comer bien a gusto”. 

También tomaba bebidas Gatorade cerradas que se tiraban y que para ella eran un lujo. “Ir ahí y encontrarte un Gatorade que estaba cerrado era un lujo”, recuerda la hija de los fundadores de Un Salto de Vida. 

Cerca de la barranca, dice Sofía, se desarrolló un botadero de residuos de las fábricas cercanas que después se incorporó al basurero Los Laureles. Este basurero funciona desde 1999 y es propiedad de la empresa Caabsa-Eagle, de Luis Amodio, añade Enciso. Medios de comunicación señalan que tuvo que ser cerrado desde el 2008, pero sigue operando y procesando entre 3 mil y 3 mil 500 toneladas de basura al día. 

El año pasado el gobernador de la entidad, Enrique Alfaro, prometió cerrar este vertedero de basura que recibe los desperdicios de Guadalajara, Tonalá, Tlajomulco y El Salto, después de que se incendiara por tercera vez y cubriera a la zona con una nube negra de cenizas que llenaba los autos, los patios y las casas del área metropolitana.

Aurora, una de las vecinas que jugaba con Enciso, desarrolló cáncer de matriz a los 12 años, y otros amigos suyos, que no tienen más de 30 años, también tuvieron otras afectaciones en su salud después. 

“Nosotros crecimos entre esa devastación, entre el basurero y el río”, alerta y denuncia que los gobiernos que han pasado sólo han tratado el olor y la espuma, pero no lo demás. 

“La volvieron agua homicida. Ya no se percibe el olor, ya no se visualiza el horror, pero sigue el estado reconociendo que existen 1090 sustancias tóxicas de las cuales están presentes todo el tiempo, todo el año y están envenenando a la gente”, lamenta. 

Sofía y su esposo Alan Carmona integran el colectivo Un Salto de Vida, que fue fundado por los padres y tíos de ella en conjunto con extrabajadores de las fábricas cercanas al río. Ambos tienen dos hijos pequeños y no los dejan acercarse a las aguas o a la barranca. 

“Procuramos que no tengan ningún contacto ni cercanía con el río (…), que estén poco fuera de casa. Los espacios de esparcimiento que sean cerrados”, cuenta Alan, quien asegura que desde que su esposa estaba embarazada evitaban el contacto con la zona. 

 

@vancg_

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Emeequis

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