Opinión

Tres lenguas/ La escuela de los opiliones

La mirada de los amantes durante el servicio de un viejito que se estaba tardando, pero por fin, ya se fue.

Nos gusta pensar en el lenguaje de las miradas, todos los símbolos que se ocultan con mirar a la derecha, girar ligeramente los ojos, señalar a un espacio indeterminado. Los hermanos se dicen cosas con la mirada, cosas que no pueden entender las esposas o traducen como ese lugar imaginario, de la niñez común, repleto de memorias platicadas, repetidas en la sobremesa hasta el hartazgo, pero imposibles de apreciar en su magnitud entera, aunque esté llena de trivialidades: los golpes del padre, los regaños de la madre, las apuestas ganadas a los niños del barrio o los enojos de los queridos vecinos. Dos amantes se miran por primera vez y “lo saben”, reconocen su condena (al amor, a la desgracia, al tedio casi insoportable que vendrá con el matrimonio, las décadas, las deudas, los hijos, hablar de los políticos porque se han acabado los secretos saludables), suena la música cursilona y entran los filtros de instagram. Me gustaría desmentir una cosa; el lenguaje de las miradas tarda en formarse décadas, no es instantáneo, mágico o perfectamente legible, como nos lo presumen en las películas o como los autores descuidados lo sueltan en los libros (un minuto de silencio por todos los diálogos que nos hemos ahorrado cuando, por ejemplo, Harry Potter mira dubitativamente a Gilgamesh, y Gilgamesh asiente suavemente en dirección a Ulises, y entonces Ulises ya no se amarra en el barco para escuchar a unas sirenas, porque todo lo que necesitaba saber estaba en los ojos de sus carnales). Mi esposa todavía no sabe interpretar alguna de mis miradas y después de un terrible dolor de ojos y espasmos en los párpados, al final entiendo que hubiera sido mejor abrir la bocota. 

El pato sintió frío por primera vez.

Escuché el cuento de El pato y la muerte (Wolf Erlbruch) en algún canal de YouTube. Me molesta que el título en español retire el tulipán y haga de esto un diálogo entre dos personajes en vez de un encuentro de tres caminos, pero bueno, quizás algún día, un editor tendrá piedad de mí y nos regrese un título de tres. En el video de YouTube, algún muchacho leyó que el pato sintió frío por primera vez mientras yo le ponía miel a mi café y daba vueltas. “Estallaron los vidrios de mi corazón”. Sentí un poco de tristeza. Durante el cáncer, en el 2018, el frío de mis manos fue insoportable, tan así que compré unos guantes (compatibles con el celular, por supuesto) en alguna oferta de Amazon anticipando que ya estaba descompuesto para siempre. Estamos en los fríos del 2020 y no siento las manos engarrotadas como en aquel entonces. Se me ocurrió que la muerte es una cronología de fríos, es una lengua de primeras veces. Una jornada de temblores, de cegueras, de calambres. Progresivamente ocurren cosas como que ya no se te para, ya no recuerdas tan fácil, ya no corres tan rápido como antes, ya no tienes la misma paciencia con los niños, ya no tienes el valor para cruzar los pasillos infinitos sin tener miedo a que un vidrio esté ahí para darte un golpazo en la cara. Pero ¿qué pensarán los niños? ¿De qué se trata sentir frío por primera vez? ¿Cuántos de ellos entenderán que el frío es destino? Seguiré pensando en ello. Quizás, tantos dolores, también me separaron de los juegos de los niños. Quizás esa sí es la muerte del espíritu. Estoy a tiempo. 

Las lenguas de los perros raspan.

Si buscas algún video de cómo los perros beben, verás que la convierten en una cuchara y que la textura rasposa de sus lenguas, ayudan a que no se escape el agua. A una labradora de oficina, Samantha, mascota de todos que ya murió hace algunos años, solíamos darle helado de yogurt empuñando la mano como un cono. La perra, diligente y concentrada, sin usar el poder completo de su hocico, se enfocaba a la tarea. Algún grotesco, como siempre debe haberlos, dijo por ahí: “te imaginas si te pones miel y dejas al perro que te limpie”. Uno gira los ojos, pero lo piensa, la imaginación desborda y presenta escenarios que luego la moral se encargará de adaptar para el bienestar del alma y que esta siga, como sea posible, funcionando. En estos días de sexualidades amplias y curiosas, de fantasías generadas e interpretadas al gusto de los clientes, me pregunto qué pensarán los furries de las lenguas de los animales. ¿Cómo resolverán el dilema de la textura? Claro, una cosa es la simulación y otra cosa es abusar de un animal, pero algunas simulaciones precisamente se tratan de consensuar el juego de poder, de arrastrarlos de maneras extrañas. Luego están esos otros, no son propiamente furries pero casi podrían serlo (¿semifurries? ¿seudofurries? ¿casifurries?), los humanos que se enmascaran, que usan orejas de peluche, que se insertan las colas de animales comunes e imaginarios, y así andan por la calle, mientras uno se pregunta qué lenguaje hablan y cómo debería uno ir a saludarlos. Finalmente se celebra la lengua de los perversos felices, mañana los veremos mover la cola en TikTok.

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Agustin Fest

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