Opinión

Tres minotauros/ La escuela de los opiliones

Shadow of the Colossus de Nick Suttner (Boss Fight Books, 2015)

Nick Suttner, un maestro en videojuegos, escribió un libro donde hace un recuento de su juego de Shadow of the Colossus, de principio a fin. En el camino deposita trivia sobre Shadow, brevísimos fragmentos de la entrevista del creador del mismo. Es un poco aburrido, porque es como leer un libro de lo que siente y piensa el autor mientras lee un libro, así como sería aburrido leer un libro de alguien que cuenta su experiencia de ir al cine para ver una película que ya vio. No cualquiera puede salirse con la suya, muestras algunos animales desnudos que anidan en tu corazón y rezas porque otros se interesen, los adopten, se los lleven a casa para alimentarlos con el mismo cariño que tú lo haces, pero no paras de hablar: dices de sus ojitos, sus pelitos, sus hábitos, su ternura y los prospectos dejan de ver al animal para ver tu ansiedad y la venta se distorsiona. Ojo, tampoco es lo mismo escribir sobre la escritura o sobre la lectura de un libro, así como no sería lo mismo que hacer una película sobre alguien que ve o recorre el set de una película. Hay diferencias en los mecanismos, los adjetivos y los adverbios. Hay diferencias desde el espíritu del creador. Pero bueno, me apreté los pantalones, escupí la palma de mis manos, suspiré profundamente e hice la lectura del libro (no es malo, pero…); logré imaginar que jugué un videojuego que jamás estuvo en mis manos o en mis posibilidades. Shadow of the Colossus es un videojuego de culto: eres un héroe misterioso en parajes áridos que mata a criaturas tan antiguas y gigantes como el mundo. También, cuando los gringos se aburrieron por ahí de las 2003, lo usaban como ejemplo máximo para defender a los videojuegos como arte frente a Roger Ebert, el crítico de cine. Lo anoté en un post-it, espero algún recorrer esas montañas, matar esos colosos, entender esa melancolía por un mundo falso. Si no leí mal, el juego contiene tres minotauros. 

 

El minotauro pasa el rato leyendo las cartas del tarot en las profundidades del laberinto 

Un semidiós cornudo y solitario, sentado sobre una silla hecha con los huesos de los héroes fallidos, baraja unas cartas del tarot para entender el estado del mundo allá afuera. El cadáver de una muchacha lo vigila con el mismo rictus de angustia que tiene desde hace siglos. El minotauro se ve a sí mismo como el rey de bastos (a veces llamados bastones o varas mágicas) porque su mundo interior es orgánico y enorme. El minotauro allá afuera, algunos piensan, vendería Herbalife, pero meras especulaciones. Gracias a las cartas del tarot, ha leído los cuentos de Ende, Serna y Borges y sabe más del mundo que cualquier ermitaño. Resopla, el eco de su respiración rebota en los muros oscuros, suena una alarma lejana, una alarma de bombas inglesas. ¿Qué año es? Saca dos o tres cartas, una dice ser “El mundo”, la otra es el dos de espadas y la última es una reina, pero no sabe si de talismanes o de rosas. Un acercamiento a las cartas nos revelaría que están hechas a mano, el papel es irregular y los bocetos de los rostros son lamentables, exhiben rasgos equinos y vacunos. Entonces uno se aleja del monstruo un momento, igual que aquella mirada muerta y perpetua que siempre lo vigila, y si pudiéramos encender un cerillo para iluminar el laberinto por un instante, nuestra vista no podría recoger todas las maravillas que el toro ha inventado para sobrellevar el silencio y la soledad: libros de cuentos, una radio de bulbos, dados de veinte caras, revistas pornográficas, televisores gordas y viejas pero con los cristales rayados para representar escenarios de diversión y de lujo, porque no hay energía haya adentro, solo una oscuridad infinita e inescapable. 

 

Un laberinto hecho de titanio y de tungsteno 

No sé por qué tanta insistencia en venderlo, hasta parece personal, como si el avión le trajera malos recuerdos. Pedro Páramo sobre un asiento de piel, cuenta las nubes y los océanos que mira por la ventana. Pero él, hablamos de él, no de Pedro. Quizás un día lo invitaron a subirse y, durante el viaje, un grupo de políticos le hizo mofa durante todo el camino. Quizás lo humillaron más allá de lo que cualquier hombre puede soportar, pero la narrativa no le permite hacer esa confesión, entonces debe inventarse cosas como la opulencia del viejo régimen. Quizás allá adentro, a 30,000 pies de alturas, le negaron una copita de cognac. Quizás -y si esto fuera cierto, me gustaría abrazarlo y decirle que todo estará bien-, lo obligaron a ceñirse una cabeza de toro y lo usaron para juegos espantosos e inenarrables, y por eso ese avión debe salir de nuestras vidas a como dé lugar, porque seguimos en esa jiribilla (pero si fue algo así de terrible, es comprensible que el hombre no lo deje en paz) y el destino de la nación pende de un hilo.

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Agustin Fest

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