Opinión

Ese monstruo/ Memoria de espejos rotos

Ese hombre que tú ves ahí, que parece tan galante,

tan atento y arrogante, lo conozco como a mí.

Ese hombre que tú ves ahí, que aparenta ser divino,

tan afable y efusivo, sólo sabe hacer sufrir. 

Ese hombre – Rocío Jurado

 

El monstruo es, ha sido, podrá ser, sería, o será, cualquier persona nacida con pene y asumida con el entramado sociocultural que implica “ser hombre”. Podrá verse como persona común, normal, pero el monstruo habita dentro de esa presunta normalidad. A ese monstruo, para empezar, se le ha domesticado con creencias tan atroces como funcionales. Se le ha hecho creer que la virilidad es un valor deseable, que la demostración de fuerza debe ser distintiva del hombre común; que la valía entre sus pares se mide en centímetros y en potencia; en pericia y en audacia; en la tasa de conquistas y en el fantasma de una honra abstracta.

A ese monstruo se le ha alimentado, durante años y generaciones, con el ideal de la fortaleza; no sólo física, sino emocional. Se le ha impedido conectarse con sus sentimientos, interpretarlos, entenderlos, explorarlos, y expresarlos. Se le ha fincado la creencia de que la sensibilidad es un defecto. Se le ha negado la posibilidad de llorar, y de consolar el llanto de los demás; pero, al mismo tiempo, se le ha instruido para estar presto a la violencia, a entender la violencia como forma normal para la resolución de conflictos, a practicar o sugerir la violencia como mecanismo oscuro para la persuasión.

Se le ha condenado a tener que proveer satisfactores materiales para demostrar valor, a suplantar la empatía y la escucha con molerse en el trabajo para la dotación de los satisfactores materiales producto de ese trabajo. Se le ha condenado a habitar el mundo a partir de la posesión, tanto de la materia como de las personas. Se le ha validado la imposición de su poder sobre las personas que dependen económicamente de él, como si fuesen una extensión de sus pertenencias y de sus decisiones.

A ese monstruo se le ha educado a demostrar de continuo que posee la razón; a ser el timón y el capitán, aunque no tenga brújula ni rumbo. En su evangelio pedagógico, cifra su valía en el pesado y penoso apostolado de tener que explicarle el mundo a todos quienes él cree inferiores, incluso sin que se lo pidan. Su condena a ser fuerte se extiende a la imposición de sus argumentos, así que cuando sus argumentos no son contundentes, se gritan para imponerse.

Ese monstruo no sabe de emociones, por eso no identifica el límite insano de los celos. Al pensar que su potestad sobre las cosas se extiende sobre las personas, no logra ubicar los límites de la libertad de la otra persona, y rabia por ello. Rabia por todo, porque su código emotivo no sabe de blanduras y suavidades, de matices ni de gradientes. En su repertorio de emociones, la frustración es un cáncer que le carcome y que estoicamente se guarda para sí, en la olla de presión que es su pecho.

Por eso, sus relaciones erótico afectivas están corrompidas, porque parten de la posesión. El cuerpo de la otra persona, en su imaginario, existe para satisfacer deseos. Este monstruo es un mamífero con puntuales ritos de apareamiento, dislocados y separados de las preferencias o necesidades de la persona-objeto de su deseo. Para este monstruo, todo acto erótico es una demostración de poder. Histérico y romántico, pero arrojado a la condena perenne de demostrar potencia.

Este monstruo padece de disonancia cognitiva respecto a lo que su cultura ha construido como “la mujer”. Al mismo tiempo, la desprecia y la necesita. La mujer es, en su ideal, o una beata abnegada o una puta insolente. En todo caso, es inferior y por eso debe ser, en la abyecta categorización de los roles de género, sumisa y dependiente; nunca un par verdadero. Eso no quiere decir necesariamente que, de ordinario, el monstruo tenga que usar su rudeza aprendida sobre ellas, porque ese monstruo está educado en la seducción y en el encanto, y -de hecho- seduce y encanta para poseer. Por eso su posesión es neurótica, igual que su personaje caballeresco; incapaz de relacionarse a pares, porque lo hace desde los rancios roles de género.

Por eso, a este monstruo le gustan las jerarquías, porque la cultura milenaria ha puesto a su género en el privilegio jerárquico. La jerarquía es un poder, y el poder sólo funciona cuando se ejerce. Eso lo vuelve predispuesto al mando, a la dirección de las voluntades. Pero como no siempre puede hacerlo en lo público, lo ejerce en lo privado, en lo laboral, en lo doméstico, en lo íntimo. Pero es un poder desigual, que no se corresponde con la ejecución de las responsabilidades, ya que, en lo doméstico y en la crianza, abundan las tareas “destinadas a la mujer”. Por eso el monstruo valora el ideal de la madre, y traslada el fantasma de su madre al resto de las mujeres, quienes, siempre, quedan chicas en los zapatos del fantasma. 

Este monstruo, visto en la casuística sociológica de la violencia de género, es cualquiera de las personas nacidas con pene que se asumen como “hombres”, y que han sido criadas y educadas en la cultura patriarcal. Ese monstruo puede ser tú, yo, él, aquel, el otro. Exorcizar a ese monstruo es costoso, pero indispensable. Y es, además, urgente.

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Alan Santacruz Farfán

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