Opinión

Las enseñanzas de Felipe San José

…e los que conmigo fuéredes de Dios ayades buen grado,

e los que acá fincáredes quiérome ir vuestro pagado…

 

Francisco Javier Fernández Martínez

 

Resulta inconmensurable la pérdida del maestro Felipe San José, como inconmensurable todo aquello que legó a México y a Aguascalientes. Su generosidad, bondad y humildad fueron siempre las insignias de su trabajo docente. Tres virtudes que actualmente es urgente recuperar en todo ámbito.

De niño, por influjo de mi madre seguramente, lo veía cada sábado en los programas televisivos de Jorge Saldaña, lo que me provocaba un embeleso al oírlo hablar de la magia de las palabras con la y su relación con el profundo pensamiento y su contexto histórico, después nos lo afirmó en clase, esa es la verdadera filología que se debe y se puede generar. La fortuna me dio el privilegio de conocerlo algunos años después en el ámbito académico. Fue obsequioso con sus amigos y alumnos. Algún día me regaló un invaluable original de la mítica Revista Moderna, y una copia de la edición heptaglota de El Cantar de los cantares, en la edición sublime de Jesús Díaz de León, objetos ambos que conservo celosamente, pero el regalo más memorable fue su compañía, primero como mi mentor y posteriormente permitiéndome acompañarlo en su labor docente y de investigación.

Una tarde por el barrio de Chueca, en Madrid, se nos acercó un hombre con intenciones no muy claras. Era evidente su oscura propuesta de que le compráramos algo ilegal, venía atosigándonos cerca de dos cuadras, ya empezaba a sentirme nervioso cuando el profesor Felipe se giró y lo encaró con unas palabras en alguna lengua que no pude descifrar, y aquel hombre, casi asustado, se disculpó ―intuía yo― haciendo reverencias sin dar nunca la espalda. Me explicó después el Maestro que le habló en árabe y que el hombre lo había tomado por un alto jerarca y le ofrecía disculpas por la impertinencia cometida. Dos verdades se evidenciaron; la primera, realmente Felipe San José fue un jerarca de la lengua y de la literatura; la segunda, era verdad lo que tanto nos enseñó en las aulas: la fuerza de las palabras era el arma más poderosa del hombre.

Cómo no recordar también sus enriquecedoras discusiones sobre el legado de Don Jesús Díaz de León, de quien me permitió conocer la muy probable primera investigación académica de tan insigne hombre que él maestro llevó a cabo en los años ochenta. Su conocimiento del hebreo permitía analizar como nadie en la academia los aciertos y errores de dicha obra.

Tres representantes de Aguascalientes ―no necesariamente de cuna― han estado en la Academia Mexicana de la Lengua: Don Jesús Díaz de León, Don Alejandro Topete del Valle y Felipe San José. El legado de este último fue el de un padre que llega a Aguascalientes a proveer a su hijo de una de las primeras necesidades: la cultura, esa antorcha que tienen algunos el privilegio de resguardad y legarlo responsablemente a la siguiente generación para que no olvidemos aquello que es verdaderamente relevante: el amor por los nobles y bellos productos del hombre.

Duele su partida, pero quede la dicha de su regalo a estas tierras. Ahora que se ha ido quiero volver a recordarlo y a agradecerle sus enseñanzas en las que nos dio la certeza de que por “por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida”.

¡Viva por siempre aquel que en buen hora ciñó espada y pluma!

Un abrazo muy sentido para Gladys y toda su familia.

 

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Francisco Javier Fernández Martínez

Francisco Javier Fernández Martínez

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