Opinión

Memoria de espejos rotos / Extinción

We’ll meet again, don’t know where,

don’t know when, but I know we’ll meet again 

some sunny day…

We’ll meet again – Vera Lynn

 

Si el planeta sufriera una catástrofe masiva que pusiera a nuestra especie en el riesgo de la extinción, podría deberse a las causas enlistadas en el Doomsday Clock, el Reloj del Apocalipsis. Este “reloj” simbólico es una medida de tiempo convenida entre comunidades científicas, desde 1947 luego del término de la segunda guerra mundial y del uso de las bombas atómicas, para anticipar qué tan cerca está el humano del colapso global, lo que expresan como “la media noche de la humanidad”. Desde hace años, hemos estado “a minutos” de la media noche, por distintas causas, las cuales son: la amenaza de guerra nuclear mundial, los cambios climáticos del antropoceno, o el desarrollo científico y tecnológico utilizado de forma dañina.

Así, desde 2018, la humanidad había estado a “120 segundos” del fin del mundo; sin embargo, en enero de este año, la conferencia del Boletín de los Científicos Atómicos (BAS), responsable de actualizar el Doomsday Clock, anunció que para 2020 el reloj había avanzado hasta dejarnos a “100 segundos” del Apocalipsis. Según la presidenta de grupo de expertos, Rachel Bronson, esto se debe a “la proliferación nuclear, la incapacidad de abordar el cambio climático y la desinformación basada en la guerra cibernética”. Además, abundó en el hecho de que “el mundo está amenazado actualmente por líderes poderosos que denigran y descartan los métodos más efectivos para abordar amenazas complejas”. Igualmente, otro miembro del panel de expertos, el astrofísico Robert Rosner, afirmó que “hemos normalizado un mundo extremadamente peligroso, en términos de los riesgos de una guerra nuclear y del cambio climático”.

Pero esos peligros no son los únicos que amenazan la supervivencia de la especie. Es decir, no sólo las afrentas causadas por nuestra propia acción y la forma en la que habitamos el mundo han sido incompatibles con nuestra existencia. También hay peligros que no dependen de la acción humana y, por tanto, son impredecibles o escasamente evitables; tales como el impacto de cuerpos celestes en nuestro planeta (cometas, asteroides, rocas espaciales), o la evolución “natural” de distintas formas de vida, virales o bacterianas por ejemplo, para las que no estamos preparados (el coronavirus humano de la cepa de Wuhan demostró nuestra incapacidad de prevención, contención y atención ante una pandemia real), o cualquier afectación tectónica, marítima, o de índole geológica no previsible ni imputable a la actividad humana. Cualquier eventualidad de estas puede colapsar nuestra forma de ocupar el planeta, y condicionar la perdurabilidad de nuestra especie.

Ahora, si algo así sucediera; si ocurriera un evento (o una cadena de eventos, relacionados o no) de carácter masivo y catastrófico, a escala transcontinental o global, nuestra especie se vería seriamente condicionada a cambiar los paradigmas sobre los que hemos fincado la idea de “civilización”. Para empezar, la población mundial se vería dramáticamente reducida; y con esto, se comprometería el funcionamiento de las sociedades. Las burocracias tendrían que reorganizarse para salvaguardar el mantenimiento de lo que entendemos por “estado”, los ejércitos asumirían labores humanitarias y de defensa ante las rapiñas propias del caos, la noción del dinero cambiaría su significado y su valor, el modelo basado en el capital demostraría su sinsentido, las colectividades reducirían sus alcances hacia esquemas pretéritos como clanes y tribus, los modelos educativos y de transmisión de conocimiento se verían comprometidos y se enfocarían a la pedagogía de lo indispensable, actividades primarias como la agricultura o la medicina elevarían su valor de uso, crecería la polarización entre las poblaciones que achacan a la deidad el funcionamiento de la realidad respecto a las poblaciones que ven en el humano el origen y el destino, y –pasadas dos o tres generaciones luego de la catástrofe, en caso de que no nos hayamos extinguido para entonces- gradualmente olvidaríamos el modo “normal” de vivir que se tuvo en la primera década del siglo XXI, obligándonos a reconstruir otro distinto, más elemental, pero fundado en la historia milenaria que nos ha costado ensamblar el concepto de Humanidad.

Si vemos la decadencia que nos corroe a distintos niveles, si advertimos que esta realidad es la del Homo homini lupus, si leemos la prensa o paseamos por las redes sociales cualquier tarde; veremos que no se antoja tan indeseable un escenario en el que se nos obligue a reconstruirnos como humanidad; eso, o el escenario de la extinción.

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Alan Santacruz Farfán

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