Opinión

Tres ventanas/ La escuela de los opiliones

  1. Después de siete años, nos volvemos a ver

Una madre coreana entra, por medio de realidad virtual, a un parque simulado donde se encuentra con su hija que murió hace siete años de una enfermedad incurable. Los coreanos hicieron esta locura como un documental. Leí notas, las cuales describen muy bien el proceso rompecorazones y sacalágrimas, pero evité el video, me parecía una aberración. Quizás es mi educación católica, mi tratamiento tradicional de los muertos. Un católico puede orinar la tumba de alguien que odia, pero no tiene permitido enloquecer y hablar con los muertos. Pedro Páramo rompe leyes para nuestro placer literario pero en el fondo sentimos esa incomodidad que antecede al infierno, a la condena. La madre coreana, Jang Ji-sung, no se contiene, lo primero que intenta hacer es tocar a su hija, quizás sostenerla, quizás levantarla para desafiar leyes físicas. Mira sus dedos inútiles, translúcidos, hechos de alambre blanco. Las leyes morales, bueno, esas nadie sabe dónde están. ¿Qué tan válido es simular a un ser humano a través de sus datos: voz, textos, moditos de tuitear y de mandarse nudes? Una cosa es ver al espíritu de la princesa Leia sufriendo tres minutos de Star Wars y otra cosa es apreciar el modelado de una chamaquita que existió (¿o son la misma cosa?); la niña gesticula, sus ojos reflejan luces inexistentes, su cabello parece un poquito más complejo que el de unos sims. Sabe qué dice, pero presiento una consciencia, se sabe un avatar del espíritu, la representación de alguien que ya está en otra parte. La familia mira a su madre hacer el ridículo, pero quisieran estar ahí, miran triste y asombrados el teatro. En el parque simulado, hay un pequeño unicornio con alas, una mascotita como personaje de videojuego; es un hilo a tierra, uno muy paradójico, la fantasía es un recordatorio de la realidad. Quizás esa es la verdad de nuestro mundo: somos el trabajo de unos artistas, y nos depositaron aquí para sanar la consciencia de un ser eterno y extraño. 

 

  1. Alguna red social te presenta el listado diario de lo que has hecho a través de los años

Celebro un año de remisión, es decir, la enfermedad no da indicios de presencia en el cuerpo (solo ha dejado rastros y un largo camino de reparación). Pero esa es la broma: parece no estar, pero podría estar, y si está, Sísifo se pone a empujar la piedra otra vez, pero mientras parece no estar, no hay Sísifo y no hay piedra, solo hay una ventana a través la cual podemos apreciar el camino de las nubes y la fumarola del Popo. Las angustias cuánticas de la humanidad: está o no está, si está pues uno está y si no está pues uno también está, hasta que no estás pues ya no estás, y si está puede que estés pero también puede que ya no estés porque ahí está. En recuerdos de hace dos años, según Google Photos, veo la cicatriz de la biopsia en algunos videos que subí en Instagram. En otro lado, pedí a Siri que hiciera un recordatorio anual y me olvidé: “un año de remisión”. Lo miré como se mira un espejismo, o un fantasma. La voz espectral de un pasado enfermizo. Entonces Twitter me recordó que he cumplido 13 años tuiteando. Siento que las moralejas se me escapan. El tiempo son fragmentos, son anotaciones de redes sociales, son los cuadernos que uno acumula. Quizás la enfermedad es otra: hay suficientes datos míos en internet para que alguien construya un asistente digital a mi imagen y semejanza. Una versión sana, perfecta pero invariablemente idiota y limitada. La ventana del tiempo está pervertida por los recordatorios y la acumulación de entradas en las redes sociales. 

 

  1. Puerta-ventana

Una vez me regañaron por esa palabra: “puerta-ventana”. ¿Qué no puedes escribir puerta de vidrio? ¿Puerta corrediza? ¿Ventanal? ¿Vitral? No, aquella era una puerta-ventana, porque sé que puedo atravesarla en cualquier momento, pero prefiero mirar a través de ella: miro las plantas, los insectos, una víbora, la mierda del perro, un muro blanco, el granizo y la lluvia, la caída de la ceniza, el humo de los fuegos por la roza de los baldíos, miro a los muertos simulados jugar a que toman el té y se toman las manos para dar giros y cantos, la sombra de los dólares que arropaban los caminos angostos de mi niñez, la muchacha que se agarraba de los barandales mientras gemía extática y feliz en aquel hotel de aquella playa, la pareja semidesnuda que algunas madrugadas me encontraba cuando salía al OXXO por el siguiente café para seguir trabajando. Alzo la mirada, dejo de blandir el cuchillo para aniquilar a la cebolla o de tomar el café, deposito un cigarrillo imaginario en un cenicero de tortuga que me gustaba mucho, hará unos cuatro o cinco años, porque he dejado de fumar. No necesitas visores de realidad virtual si tienes imaginación, no sólo puedes hablar con los muertos cuando sea, pero puedes reinterpretar el pasado, reescribirlo, actuarlo hasta que sea satisfactorio. Miro la puerta-ventana cerrarse y abrirse, en ella entran y salen algunos actores de mi memoria, multitudes de personajes negros y difuminados, sombreros que cubren rostros y cuerpos sin sexo con la versatilidad necesaria para imitar a cualquiera. El día que la atraviese, me gusta pensar, regresaré a todos mis lugares, viviré en todos esos animales dormidos, y podré descansar.

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Agustin Fest

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