Un alumno a su querido Luis Felipe San José y González - LJA Aguascalientes
03/02/2023

Héctor Gustavo Pérez Hernández

 

Un amigo me comentaba seguido, a modo de sentencia, que para ser un escritor no bastaba con serlo, también había que parecerlo. A mí Luis Felipe San José y González siempre me pareció la imagen perfecta del maestro, los primeros semestres de Letras Hispánicas solo lo veía entrar a otros salones excepto al mío, algo había en su imagen que en verdad esperaba con ansias su materia, pensaba Ése es el bueno, no por nada sus barbas y su enorme anillo.

Cuando ingresó por fin a mi aula en semestres posteriores, era mucho más de lo que imaginé posible en un maestro. Me explico, la lectura por sí sola es un acto docente y al compartir eso en la universidad, los roles de maestro y alumno se asemejan casi por completo al de un par de amigos conversando, no importando incluso que estén hablando de cosas distintas, o solo parezcan distintas por la edad. San José nos pondría a leer a Alfonso X El Sabio ese mismo semestre y escucharlo hablar de la universidad era lo más parecido a una sociedad modelo, a lo que uno espera de sí mismo. Su aula, sus leyes; sus leyes, reconocer su capacidad de contingencia para rehacerlas continuamente: Incluso el respeto se tiene que ganar, sino no se podría perder, es como la confianza, me dijo, para algo tiene la conciencia usted, ¿no es cierto? También es importante ganarse la confianza de usted mismo. Siempre cerraba perfecto sus ideas y parecía que tenía referencias literarias para cada una.

Encontrarse en nuestra lengua, encontrarse en el otro, me quedaba claro siempre que lo escuchaba, me quedaba muy claro también que la belleza se encuentra en la autenticidad y que lo más auténtico que puede hacer una persona es conocerse, conocer su lengua e intentar conocer a los otros. Claro también, que lo que quería de sus alumnos era que conocieran lo bellos que son. Una vez le pregunté: Profe, yo cuando leo escucho mi voz, ¿los sordos de nacimiento qué escuchan cuando leen? Sí, ellos escuchan su voz también, nadie más que ellos puede escucharla, la memoria es también la herramienta más importante de la imaginación. Por cierto, ¿cuándo me va a entregar usted su trabajo?, hable de eso en él y escríbalo a mano para que se escuche también.

En su clase yo no era tan mal alumno aunque el tiempo de entregas me fue siempre un problema que parecía insondable, o adrede para otros maestros, él siempre confió en nosotros y yo sé muy bien que lo hacía porque solo una persona con la sensibilidad necesaria para amar un artefacto tan bello como los libros merecía ser escuchado con respeto y dignidad. Con ser su alumno ya te ganabas toda su atención, respeto y confianza. Así creía él que debía ser la escuela, confiar en nosotros y en las palabras que somos nosotros, nosotros. La historia son palabras porque los recuerdos también lo son, nuestros anhelos, pero, maestro, en verdad me da mucha tristeza saber que por mucho que lo diga no va a volver a ocurrir que te conozca, la memoria podrá hacer lo que quiera excepto hacernos sentir menos solos sin ti.

 


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