El caso Dreyfus a más de cien años / Extravíos  - LJA Aguascalientes
28/01/2022

El lugar: Francia. La época: finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Los protagonistas: el único capitán de origen judío en la milicia francesa, Alfred Dreyfus (1859-1935), el teniente coronel George Picquart, el ejército francés, los ministros de justicia, los políticos, la prensa, los intelectuales y los ciudadanos. El asunto: la acusación al capitán Dreyfus de alta traición a la patria por la entrega de información militar clasificada a los alemanes. El caso: se trataba de una acusación en falso, motivada en buena parte por el intento del ejército francés de restaurar su honor perdido después de la derrota del Segundo Imperio ante el Reino de Prusia (julio de 1870-mayo de 1871), pero que también fue impulsada por el sentimiento antisemitista prevaleciente en el cuerpo militar, la clase política y un amplio espectro de la prensa y los ciudadanos. La trama: la valiente y tenaz defensa de Dreyfus por parte de Picquart y de algunos notables intelectuales, en especial por el enérgico novelista Émile Zola.

Prototipo del modo en que se puede retorcer la administración de justicia y avivar los prejuicios de la opinión pública, el caso Dreyfus tuvo, desde un principio, la atención de la entonces naciente industria cinematográfica francesa.

Los primeros registros cinematográficos son contemporáneos al caso. Los hermanos Lumière filmaron en 1899 parte del segundo juicio de Dreyfus en Rennes y ese mismo año Georges Méliès realizó una recreación del caso. Pocos años después, entre 1902 y 1907, se filman dos películas más, a lo que le siguió un extrañamente largo paréntesis de más de un siglo, apenas interrumpido en 2019, cuando el cine francés vuelve a tomar el tema con El acusado y el espía de Roman Polanski.

Fuera de las fronteras galas, entre 1930 y 1991 se filmaron cuatro películas (además de un documental y dos series para la televisión), que no estuvieron exentas de polémica e incluso de la censura francesa, como fue el caso de La vida de Émile Zola (1937) de William Dieterle que, según el gobierno francés, ofendía el honor de su ejército. 

Hoy, El acusado y el espía parece no agraviar la reputación del ejército francés, pero sí incomoda ciertas sensibilidades no por el tratamiento del tema ni por la película en sí, sino por el hecho de haber sido coescrita y dirigida por Polanski.

Basado en una novela de Robert Harris -de quien Polanski adaptó en 2009 El poder en la sombra-, El acusado y el espía relata el proceso de acusación y rehabilitación del capitán Dreyfus. Astutamente su punto de mira no se apoya en Dreyfus, sino en Picquart (interpretado con el decoro y la gravedad requerida por Jean Dujardin), responsable del servicio de inteligencia militar quien habiendo advertido serias irregularidades y alteraciones en el caso, decide, superando su propio antisemitismo y exponiendo su carrera militar, descubrir la verdad por lo que en el camino no tiene más remedio que tomar nota y develar la negligencia delibrada y las mentiras a las que recurrió el ejército y el sistema de administración de justicia para incriminar a Dreyfus por haber cometido el embarazoso error de nacer judío. 

Pero Picquart no sólo se enfrenta a la corrosión moral de los acusadores de Dreyfus. También, tiene ante sí a una opinión pública exaltada por el nacionalismo y un añejo, pero bien asentado antisemitismo. Como es su costumbre, la opinión pública, en particular la identificada con la derecha católica, juzgó a Dreyfus desde sus aprensiones y animadversiones omitiendo cualquier consideración de los hechos. Ello fue creando un clima de ofuscación que terminó proveyendo de asentimiento social a la acusación y que, en sus peores momentos, anticipó la exacerbación antisemita que se vivió de 1940 a 1944, durante el régimen de Vichy…y que, por cierto, se ha reanimado en años recientes.

La trascendencia del caso Dreyfus no se explica sin atender los dispositivos de la discriminación que avivó: Dreyfus dejó de ser un hombre, un francés, un esposo, un padre, un militar, un capitán, una persona, en fin, para devenir, para muchos, en un emblema de aquello que corroía el honor e integridad de la patria y el ejército francés. Algo inaceptable. Zola lo advirtió con perspicacia: 

Un consejo de guerra condena al capitán Dreyfus por delito de traición. A partir de ahí, éste se convierte en un traidor; ya no es un hombre, sino una abstracción que encarna la idea de la patria degollada, entregada al enemigo vencedor. No sólo representa la traición presente y futura, sino también la traición pasada y le endosan la vieja derrota porque están obsesionados con la idea de que sólo la traición pudo hacer que nos vencieran.” 

Este es el horizonte histórico y moral que cruza la El acusado y el espía. Polanski logra una admirable recapitulación de un proceso que duró poco más de una década (de 1894 a 1906) donde, a la vez que recorre los laberintos de una historia de espionaje y un proceso judicial amañado, va señalando las bifurcaciones sociales y políticas que abrió el caso –para algunos comentaristas se desató una verdadera guerra civil entre dreyfusianos y antidreyfusianos-, y la relevancia de las puestas en escena que el poder hace para reafirmarse. Ello, sin dejar de estar atento a ciertos detalles personales y amorosos de Picquart. 

La mirada de Polanski es sobria y aguda, no se permite estridencias ni salidas de tono y, sin otorgar dimensiones épicas a su héroe, sigue con mesura, con contenida admiración se diría, su itinerario. El sosegado ritmo de la narración, los encuadres y movimientos de cámara y cierta opacidad en la fotografía confluyen para hacer de El acusado y el espía una gran película que interpela con igual fuerza y pertinencia a la historia y al presente. 

Una última acotación. Cierta crítica ha señalado, no sin malicia, que con esta película Polanski busca una suerte de reivindicación o rehabilitación por asociación con Dreyfus. Creo que no es así. No hay ninguna escena, diálogo o imagen que avale tal conjetura. Quizás, y esto lo escribo con grandes dudas, si hay alguna correspondencia con su propio caso, está en que Polanski hubiese esperado contar, como Dreyfus, con un juicio en que, sin pretender que se declarase su imposible inocencia, se le garantizase un proceso cuyo desenlace o sentencia no estuviese sujeta a criterios o consideraciones ajenas a la justicia como cuando el caso estaba en manos del juez Laurence J. Rittenband. De ahí, acaso, su atracción por la figura de Picquart. Y, en igual sentido, es probable que a sus 86 años espere que deje de considerársele un emblema del mal, un símbolo perpetuo del abuso. 


 

Nota de las fuentes. Gérard-Michel Thermeau (2016) ofrece un breve recorrido de la presencia del Caso Dreyfus en las pantallas cinematográficas y televisivas en L’affaire Dreyfus sur les écrans. 

El corto de Méliés puede verse aquí: shorturl.at/aqJW1

El párrafo de Zola proviene del artículo que publicó el 1 de diciembre de 1897 en Le Figaro y está incluido en el libro Yo acuso. La verdad en marcha (Tusquet, traducción de José Elías, 1998). 

El documental Roman Polanski: Wanted and Desired, (2008) de Marina Zenovich sigue siendo indispensable para conocer tanto los artilugios del juez Rittenband que afectaban la conducción del proceso contra Polanski como el acoso morboso de la prensa que Polanski y Samantha Geimer sobrellevaron entre marzo de 1977 e inicios de 1978.


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