06/06/2020


Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando

el mundo me golpea. Es el calor de las otras

mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este

rincón sensible, luchador, de piel suave y

corazón guerrero

Alejandra Pizarnik

 

No quería ir. Asistir a una marcha politizada “en favor de las mujeres” me parece lo más absurdo del mundo. ¿Cómo marchar a un lado de funcionarias públicas que, con sus vídeos y sus llamados a participar, con su descaro, han tratado de apropiarse de un discurso contra las violencias cuando hacen con su trabajo tan poco, tantito, nada para erradicarla?, ¿qué iban a hacer ellas ahí sino marchar para su beneficio político y popularidad? ¿Asistir como mujer? Porque asistir como mujer a una marcha contra la violencia de género en este país es ir a exigirle al Estado que implemente las leyes que ya existen, que no sean letra muerta, que cree nuevas, que utilice todo su aparato político contra la impunidad, con políticas públicas, porque son mujeres y entienden, quiero pensar, cómo vivimos cotidianamente las violencias y las discriminaciones por el solo hecho de ser mujeres. Como cuando nos asesinan por el solo hecho de ser mujeres; cuando Estado, hombres, gobiernos, empleos, familias, nos creen de su propiedad. Cuando somos el último eslabón de la cadena de producción, cuando en lo único que estamos al frente es en la crianza, en los cuidados, en los trabajos domésticos, frente a una máquina de coser para ganar por destajo mientras los hijos corren con hambre y descalzos, cuando salimos con miedo en la noche y en el día. Hartas del miedo. 

Y es que, por estar hartas de tener miedo a la latente violencia, hartas de ser víctimas perpetuas, hartas de vivir así, la sociedad civil organizada, mujeres organizadas, se reunieron desde la noche del sábado a un cacerolazo. Qué mejor instrumento que el que nos han ceñido, nuestra herramienta tradicional, para hacer ruido, para hacernos escuchar y ver, para manifestarnos. Bailaron y cantaron alrededor de un caldero, como buenas brujas, gritaron uno por uno el nombre de sus acosadores, violadores, agresores, de los machos con los que han tenido que convivir, y quemaron sus nombres como un embrujo, un hechizo contra el miedo. La noche del sábado fue una Noche de Walpurgis. Rabiosas y hermanas eran ellas, por ellas y para ellas.

Mientras seguía el comienzo de la marcha de este domingo, vi cómo de nuevo esas mujeres organizadas, las de Verde, decía una señora de abanico, se apropiaron de ella. La despolitizaron. Se volvieron una sola con las mujeres de morado y las de blanco, las mujeres políticas y las mujeres que nos criminalizan por abortar, las que fueron obligadas a asistir y las que se encontraban de paso. Y se trató de una amalgama de muchos colores y muchas voces que gritaron al unísono ni una más, ni una más, ni una asesinada más, las que cargaron las pancartas, tocaron tambores, gritaron al megáfono, y las que hacían girar una matraca que se confundía con el grito de la que no brinque es macho. Y cuando me di cuenta que las mujeres se apropiaron la marcha, mejor me levanté de mi apatía y corrí a la plaza a alcanzarlas porque ahí ya no valía el nombre de una política, de una diputada, senadora, ya no valían los discursos que tenían planeados dar y que no alcanzaron a pronunciar porque la marcha ya no era de ellas. Las mujeres de a pie se la apropiaron para el justo reclamo y exigencia. 

Cuando llegué me mezclé entre ellas y todas éramos iguales porque todas ahí sabemos lo que es que nuestros cuerpos estén a disposición de todos menos de nosotras mismas, a libre uso y abuso de los hombres y de la policía y del Ejército y del Estado que transgreden nuestros cuerpos y nuestras vidas y nuestros límites, ahí no estaba sola, no estábamos solas, ahí éramos todas, porque viajar solas, caminar solas, vivir solas, aunque seamos muchas mujeres, significa no tener la “protección masculina”, es estar bajo su tutela. No solas. Juntas. Nosotras. Con ellos de espectadores, viendo escépticos desde la acera, lejos, vestidos de policías, de mezclilla, de camisa y playera, ellos sin poder acercarse a un espacio público del que ellas primero se habían apropiado, los vi sentirse ignorados, los vi alejados con el desconcierto y la expectativa porque todavía no entienden que todo lo tienen en este mundo garantizado sin que tengan que arriesgar nada, no entienden que no tienen que dar el plus ni poner el cuerpo para que ellos triunfen en la casa, en el trabajo, en la vida, como tampoco entienden muchas veces de dónde una se siente agredida o violentada, si es tan normal, si así es su interacción con nosotras, si es normal la violencia que ellos ignoran porque no les conviene darse cuenta. Amigo, date cuenta. 


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Ahí en la plancha del Zócalo vi también a esas políticas que fueron a cumplir con lo exigido, y, sin embargo, también vi a otras funcionarias que sé bien que iban por ellas mismas y su reclamo, el reclamo de todas, les vi el ímpetu en el rostro, ningún resquicio de protagonismo, se sumaron a la causa sin alharaca porque entendieron bien que esa manifestación les pertenecía a todas, no a un partido ni a las mujeres que defienden sus colores políticos.

Y vi de nuevo a muchas. Abracé a las amigas, a las de fiar. Me encontré con activistas y estudiantes y académicas y artistas y músicas. Vi a las madres sin sus hijas con sus rostros colgados en el cuerpo, clavados en sus mentes y corazón. 

Escuché gritar y grité los nombres de las mujeres que ya no están con nosotras porque se las arrebataron a sus familias y a todos: a Fátima, a Andrea Nohemí, a Yovanna, ¡no fue suicidio, fue feminicidio!, a Cristal, víctimas todas del sistema de justicia de Aguascalientes, a Magui, a Yesenia, a Lisvian, a Paola Yaneth que desapareció desde el 2015. 

También vi cómo hicieron pintas en la plancha, en letras doradas AGUASCALIENTES FEMINICIDA y las que estábamos alrededor protegimos a la mujer que la hacía, le hicimos casita mientras otras gritaban píntalo todo.

Y tuve una epifanía: Así como en el canto las voces se van sumando, así como cuando una empieza a cantar se suman más voces, así ha sido la manifestación, una va y suma a la otra y a la otra y a la otra y de verlas a todas juntas supe que tenía que dejar lo que estuviera haciendo y adherirme, pegarme como chicle, así como otras más se van a juntar, porque el movimiento es de todas y solo así vamos a avanzar en nuestras exigencias y a sumar a las que faltan, a las que están en el hospital, a las que ni supieron que habría marcha ni paro ni derechos ni nada, a las que hoy fueron violadas, a las que hoy serán violentadas y agredidas, para que ninguna más sea asesinada. 

Y me abrazaron y me reí, y me alejé de las que me hacen daño y relegan y separan y volví a abrazar a las mías, y me reencontré con otras, y esto no es fácil pero va que agarra vuelo y no para, porque así ellas les arrebataron la marcha a las políticas y se la apropiaron, porque ellas no nos han garantizado bienestar, no han trabajado por nosotras, porque ojalá que a la próxima se integren sin buscar protagonismos, ni partidización ni colores, que se integren como lo que son: mujeres, pero mujeres que defienden sus derechos capaces de gritar “si tocan a una, nos están amenazando a todas”, por eso salimos a marchar y por eso hoy, 9M, haremos huelga, paro, nuestro día de guardar. Porque la lucha por las mujeres no es para obtener una estrellita en la frente, no es para protagonismos, no se trata de nadie, más que de nosotras, por nosotras, para nosotras, por nuestros derechos. 

 

@negramagallanes

 


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Tania Magallanes
Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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