Lectura, para empezar/ Opciones y decisiones  - LJA Aguascalientes
01/12/2022

Estamos hoy, en cierta medida, deteniendo el tiempo del mundo, para intensificar el tiempo personal. Aquello en lo que ponemos nuestra atención amplifica su presencia, en tanto que aquello que dejamos fuera de foco, se disminuye, se achica hasta casi perder importancia. Por eso digo que de alguna manera congelamos o hacemos fluido el tiempo, ya sea del mundo exterior o bien del ámbito de nuestra persona y nuestra familia, según el interés consciente que ponemos en un tema o asunto determinado.

Manejarnos adecuadamente dentro de condiciones de aislamiento social relativo, significa intensificar nuestra actividad personal consciente; en cuya modificación interviene de manera muy significativa ya sea el sentimiento de soledad o de introversión que es variable según la percepción, la condición social y de salud de cada individuo. En ello interviene de manera directa el proceso cerebral-mental y afectivo de nuestra persona. En donde, nuestra condición actual altamente urbanizada y densificada de población, hace de varias destrezas y habilidades aprendidas un sine qua non, para operar y reaccionar adecuadamente y con atingencia al entorno que nos rodea. Una de esas destrezas es la de la lectura. Una habilidad que aún tiene grandes posibilidades de aportarnos elementos muy constructivos. 

Sigamos, por unos momentos, lo que nos dice un experto y amante de la lectura. (Alberto Manguel. Aprender a leer. – Una historia de la lectura, traducción de Eduardo Hojman. Ed. Joaquín Mortiz 2005. Original “A History of Reading, Argentina. 1996).



 

“La lectura comienza con los ojos. “El más agudo de nuestros sentidos es la vista”, escribió Cicerón, señalando que cuando vemos un texto lo recordamos mejor que cuando sólo lo oímos. San Agustín alabó los ojos (y luego los condenó) por ser el punto de entrada del mundo, y santo Tomás de Aquino consideró la vista “el más poderoso de los sentidos, a través del cual adquirimos conocimientos”. Para cualquier lector es obvio que las letras se captan por medio de la vista. Pero, ¿cuál es la alquimia que la? ¿Qué ocurre en nuestro interior cuando nos enfrentamos a un texto? ¿Cómo es que las cosas vistas, las “sustancias” que llegan, a través de los ojos, a nuestro laboratorio interior, los colores y las formas de objetos y letras, se vuelven legibles? ¿Qué es, en realidad, el acto al que llamamos lectura?” (Alberto Manguel. Aprender a leer. – “Una historia de la lectura”. Opus cit. Ut supra. Pp. 42ss.). Y pasa a hacer un recuento de grandes autores:

– Empédocles, en el siglo V a.C., caracterizó el ojo como nacido de la diosa Afrodita, quien “confinó un fuego entre membranas y delicadas telas, con las cuales retenía el agua profunda que lo rodeaba, pero dejando escapar al exterior las llamas interiores”. 

-Más de un siglo después, Epicuro imaginó esas llamas como delgadas láminas de átomos que fluían desde la superficie de todos los objetos y entraban en nuestros ojos y mentes como una constante lluvia ascendente, empapándonos con todas las cualidades del objeto. 

-Euclides, contemporáneo de Epicuro, propuso la teoría opuesta: los ojos del observador emiten rayos que aprehenden el objeto observado. // Ambas teorías, sin embargo, presentan problemas aparentemente insuperables. Por ejemplo, en el caso de la primera, la llamada teoría de la “intromisión”, ¿cómo podría la película de átomos emitida por un objeto de gran tamaño –un elefante o el monte Olimpo- penetrar en un espacio tan pequeño como el ojo humano? En cuanto a la segunda, la teoría de la “extromisión”, ¿qué rayo podría salir de los ojos y, en una fracción de segundo, llegar a las lejanas estrellas que vemos todas las noches?

– Algunas décadas antes, Aristóteles había propuesto otra teoría. Anticipándose y corrigiendo a Epicuro, argumentó que las cualidades de la cosa observada –en lugar de una película o lámina de átomos- se trasladaban por el aire (o algún otro medio) hasta el ojo del observador, de manera que lo aprehendido no eran las dimensiones reales, sino (si se trataba de una montaña, por ejemplo) su tamaño relativo y su forma. El ojo humano, según Aristóteles, sería como un camaleón que, después de adoptar la forma y el color del objeto observado, transmitía esa información, mediante los humores oculares, hasta las todopoderosas entrañas (splanchna), un conglomerado de órganos entre los que se incluían el corazón, el hígado, los pulmones, la vesícula biliar y los vasos sanguíneos, y que controlaba la movilidad y los sentidos. 

– Seis siglo más tarde, el médico griego Galeno ofreció una cuarta solución, que contradecía a Epicuro y seguía a Euclides. Galeno propuso que un “espíritu visual”, nacido en el cerebro, cruzaba el ojo por el nervio óptico y luego salía al aire exterior. El aire mismo era, entonces, capaz de percibir, aprehendiendo las cualidades de los objetos por muy distantes que se encontraran. Esas cualidades se transmitían por el camino inverso, a través de los ojos, hasta llegar al cerebro, para luego descender por la médula espinal hasta los nervios de los sentidos y del movimiento. 


– Para Aristóteles, el observador era una entidad pasiva que recibía a través del aire la cosa observada, transmitida luego al corazón, sede de todas las sensaciones, incluida la visión. Mientras que para Galeno, el observador, al atribuirle sensibilidad al aire, desempeñaba un papel activo, y la raíz de la que surgía la visión se hallaba en lo más profundo del cerebro. 

– Los eruditos medievales, para quienes Galeno y Aristóteles eran la fuente de todo conocimiento científico, suponían, en líneas generales, que podía establecerse una relación jerárquica entre esas dos teorías. No se trataba de que una anulara a la otra; lo importante era extraer de cada una de ellas un mejor entendimiento de cómo las diferentes partes del cuerpo se relacionaban con las percepciones del mundo exterior y, también, de cómo esas partes se relacionaban entre sí. Gentile de Foligno, un médico del siglo XIV, afirmó que ese entendimiento era “un paso tan esencial para la medicina como el aprendizaje del alfabeto para la lectura”. 

– Y, hacia 1508, Leonardo Da Vinci, confeccionó el dibujo de un cerebro, en el que marca con claridad la separación de los ventrículos y atribuye a las diferentes secciones a las diferentes secciones las distintas facultades mentales. Según Leonardo, el senso comune (sentido común) juzga las impresiones transmitidas por los otros sentidos… y está situado en el centro del cráneo, entre la impresiva (centro de las impresiones) y la memoria (centro de la memoria). Los objetos circundantes transmiten sus imágenes a los sentidos y los sentidos los pasan a la impresiva. La impresiva los comunica al senso comune y, desde allí, se imprimen en la memoria, donde quedan más o menos fijos, según la importancia y la fuerza del objeto de que se trate. // Para ponerlo en términos imaginativos, en esta visión de Leonardo, la mente humana operaba como un laboratorio, “en el que la visión de letras de tinta negra (para utilizar una imagen alquímica) se convertía, en virtud de este proceso, en el oro del conocimiento”. 

Y, así, la conversación acerca de la lectura continúa, se afina, se perfecciona y se hace cada vez más científica. Por ahora, permitamos que la constatación de un experto nos conduzca a descubrir su importancia cumbre.  

“Leer en voz alta, leer en silencio, guardar en la mente bibliotecas íntimas de palabras recordadas, son habilidades asombrosas que adquirimos mediante métodos inciertos. Antes de poder utilizarlas, el lector tiene que aprender la técnica elemental de reconocer los signos comunes que la sociedad ha escogido para comunicarse; en otras palabras, un lector tiene que aprender a leer. (…) Los métodos con los que aprendemos a leer no sólo encarnan las convenciones de nuestra sociedad particular en lo que respecta a la lectura y la escritura –la canalización de información, las jerarquías de conocimiento y de poder-, sino que también determinan y limitan las maneras en que utilizamos esa capacidad de leer”. (Alberto Manguel. Aprender a leer. – “Una historia de la lectura”. Opus cit. Ut supra. P. 81).

El mismo autor citado, Alberto Manguel lo dice con gran concisión y fuerza: “Y sin embargo, en todos los casos, es el lector quien interpreta el significado, es el lector quien atribuye (o reconoce) en un objeto, un lugar o un acontecimiento cierta posible legibilidad; es el lector quien debe adjudicar sentido a un sistema de signos para luego descifrarlo. Todos nos leemos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea para poder vislumbrar qué somos y dónde estamos. No podemos hacer otra cosa que leer. Leer, casi tanto como respirar, es nuestra función primordial” (“Una historia de la lectura”, traducción de Eduardo Hojman. Ed. Joaquín Mortiz 2005. Original “A History of Reading, 1996. Argentina. La última página. P. 21). 

Ahora recuerdo con agrado y lleno de agradecimiento, la genialidad del método para enseñarnos a leer, de la Madre Hortensia, monja Adoratriz, maestra de Kinder y Pre-primaria, años cincuenta, del entonces Colegio Cristóbal Colón, sito en las ahora instalaciones del Museo de Historia de Aguascalientes. Sentados a nuestros mesa-bancos infantiles, orientados al pizarrón. Nos decía: -Ahora son soldaditos, tomen sus lápices como si fuera un fusil, y apunten hacia la letra que les voy a indicar… (y señalando una por una las letras del Alfabeto escrito con grandes caracteres), marcaba con su varita de madera una letra, ordenando: apunten y digan ¡Qué letra es! – (Todos a una…) Aa!, Tte!, ESsse!, EMme!, ERre!, etc. Así aprendíamos el alfabeto, luego las palabras, luego a escribirlas, luego a componerlas en una oración, luego a escribir un párrafo, luego a escribir una página, luego a redactar una composición. 

Un fino tacto didáctico para enseñar-aprender el famoso silabario. En el fondo, a reconocer un signo escrito y pronunciado y llamarlo por su nombre; convertirlo de visual en inteligible, de ahí a memorizarlo y a reconocerlo en todas sus formas imaginables posibles, de color y de apariencia, para descifrar su significado propio en un texto. Así comenzó la fascinante aventura del conocimiento, y aquí estamos revalorando su importancia vital, en el contexto de nuestra historia y entorno mundial. Continuaremos esta conversación. 

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