Opinión

Resiliencia social/ Memoria de espejos rotos 

Y no me digas pobre por ir viajando así.

No ves que estoy contento, no ves que voy feliz…

Tren al sur. Los Prisioneros

 

Podemos entender el concepto de Resiliencia, como “el proceso, la capacidad o el resultado de una buena adaptación ante la adversidad, el trauma, la tragedia, las amenazas o las fuentes importantes de estrés”, de acuerdo a lo que propone el estudio del Centro de Investigación Rand Corporation (disponible en http://bit.ly/2ksfIqO). Este concepto procede del latín resilio (re salió), que significa volver a saltar, rebotar, reanimarse. En las ciencias sociales recién se ha utilizado el término en la psicología para tratar a los individuos con temas como el manejo del duelo, el estrés post traumático, o las secuelas del abuso físico y emocional. Sin embargo, su estudio se ha expandido a nivel comunitario, y de psicología social, para intervenir en colectividades afectadas por la guerra, las catástrofes, el crimen, la pobreza extrema, la violación de sus derechos humanos; a fin de que estas poblaciones puedan restituir sus redes de confianza, cooperación y comunicación, y -en general- se abone a la construcción de su ciudadanía y a una cultura de paz.

Cabe distinguir el concepto de Resiliencia respecto al de Resistencia, porque mientras el primero habla (como ya se comentó) sobre la capacidad adaptativa, el segundo se limita a describir el aguante o la persistencia de ciertas características ante lo adverso. En este sentido, importa sacar a tema el concepto de Resiliencia social o comunitaria, ya que la gran mayoría de nuestras poblaciones pasa por circunstancias adversas, justamente debido al crimen, a la violencia, a la pobreza extrema, a la erosión de sus derechos humanos, y –en estas últimas semanas- a la suma de precariedades y adversidades causadas por la epidemia. Así, debemos entender a la resiliencia como una capacidad entrenada para adaptarse a adversidades impuestas, y que no están bajo el completo control de las comunidades que las padecen.

De acuerdo a diversos estudios en el tema, el carácter social de la resiliencia se logra mediante el carácter de sus individuos y de sus bloques gregarios. Es decir, el trabajo personal y de grupo es importante para el trabajo del gran colectivo. Igualmente, la resiliencia se entiende a tres niveles distintos: como estabilidad, que permite asimilar lo inesperado sin padecer graves variaciones; como recuperación, que permite sobrellevar, en relativas buenas condiciones, un escenario adverso; y como transformación, que aporta la experiencia adversa a las acciones futuras y posteriores a la etapa de crisis. 

Así, una comunidad resiliente tiene mejor capacidad de reacción colectiva ante la crisis, se organiza mejor, y depende menos de la autoridad porque el cuerpo social tiende a la auto gestión. Esto, necesariamente, demanda nuevas perspectivas de empatía hacia los grupos vulnerables y vulnerados, a través de contextos complejos, lo que –finalmente- tiene implicaciones en el orden político. De ese modo, una vida comunitaria difícil, precaria y conflictiva, no necesariamente debe conducir hacia la desadaptación, los trastornos sociales, o la desaparición; sino que –la historia lo ha demostrado- puede llevar también al progreso, al desarrollo cultural, y al crecimiento colectivo.

Entendido así, el concepto de Resiliencia social o comunitaria puede verse como la fortaleza de las relaciones internas de individuos entre sí, que forman grupos relacionados, que construyen comunidades preocupadas por el grupo y por el individuo. Estas relaciones se basan en la confianza, el diálogo, la empatía, y la reciprocidad, como sus principales capitales sociales, dedicados a la gestión colectiva de los riesgos. Por ello, el análisis de la resiliencia es indispensable en los procesos de construcción de ciudadanía y de cultura de paz, que en estos tiempos son -más que necesarios- indispensables.

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Alan Santacruz Farfán

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