Tres actividades para tolerar la eventual cuarentena por el coronavirus / La escuela de los opiliones  - LJA Aguascalientes
27/05/2022

Revivir el Decamerón

Hay una explosión de videos: los italianos cantan desde sus balcones. Alguno elige una canción, la pone a todo volumen y podemos escuchar el coro de los vecindarios. Yo no sé. No sabía que los europeos cantaban tanto. Qué pasa si es una cosa meramente italiana. Si intentara hacer eso en mi barrio, no sé hasta dónde llegaría. ¿Los mexicanos cantan? ¿O necesitan estar borrachos para cantarme algo? ¿Qué canción podría proponer? ¿Timbiriche? ¿Música de banda? ¿Unas cumbias sabrosonas? ¿Un huapango? Quizás la situación del Decamerón es ideal (no sé por qué me delato con la ambigüedad, si toda ficción es ideal): unos muchachos se recluyen en una villa para contarse historias, relatos, cuentos. El libro abre un mundo de ficción desde la misma reunión: ¿es cierto que contarse historias nos ayudará a escapar de la muerte? ¿Olvidarnos de ella o afrontarla con cierta valentía? Historias de amor, un erotismo persistente, la necesidad de tocarse (así como cierto presidente jala el cachete de los niños con sus labios). No se compara la peste negra al coronavirus. La letalidad de la vieja enfermedad es mucho mayor al contendiente moderno. Pero también es letal: las personas en riesgo son tus abuelos, tus padres, los enfermos, los débiles (aquellas personas que tienen las historias enraizadas en el pecho). Los jóvenes hermosos tienen poco riesgo, curiosamente son jóvenes hermosos los que cuentan historias en el Decamerón, o eso llegué a pensar, hace muchos años, cuando lo leí, tirado en algún pasillo de la facultad. Los jóvenes hermosos de Italia salen a sus balcones a cantar una canción de Katy Perry, quieren hacerse virales en videos de Tik Tok y de Instagram. Así se pelean las guerras contemporáneas: en vistas y likes. Quieren decirnos que su país no ha muerto, que su humor está intacto, que son capaces de contarse historias de vida y se las avientan como pájaros de un edificio a otro. 

 

Robo masivo a los museos

El Museo Nacional del Prado inició visitas guiadas a través de Instagram para los españoles que no pueden salir de su casa. Me enteré de esto gracias a Whisper, porque alguna cosa habré puesto ahí, y un español mandó mensajes privados para hacerme la plática. Dice que están muy aburridos (cuándo no, son europeos, razas anquilosadas), que sus tierras parecen parajes post apocalípticos, y que se consolaba a través de estas visitas virtuales al Museo del Prado. Pero no fueron los únicos con esta idea. Si tienes la aplicación de Google Arts & Culture y no te molesta darle un poco más de tu vida a esos malditos titanes tecnocráticos, puedes “visitar” el British Museum, el Guggenheim, el Museo de d’Orsay, el Rijskmusuem de Amsterdam (uno de mis preferidos), entre otros. Leí por ahí que grabaron visitas de hasta seis horas, todo bien explicadito, detalles en alta definición para que no extrañes las obras. El coronavirus está promoviendo el uso de estas herramientas y quién sabe, quizás es hora de acelerar otras virtualidades; en unos diez años, el gobierno repartirá sus cascos de VR para que podamos acceder a algunas aulas, algunos eventos. Sería un gran alivio si todos los eventos masivos de los partidos políticos se hicieran en estas salas inexistentes, solo para los ojos y las cabezas de los más acérrimos fanáticos. Pobres de los acarreados, que tendrán que resistir los soles de mediodía, con un refresco y una torta, quizás para siempre. Eventualmente, cruzo los dedos, ninguna presencia será necesaria, convertiremos a los hogares en el templo y los ataúdes, en las escuelas y las salas de gobierno. En el futuro, nadie paseará en los zócalos para huir de los aburrimientos, pero solamente para apropiarse de ellos. 

 

Creo que es hora de curarme el tsundoku 

Los ingenuos dicen que es hora de leerse todos los libros que se compraron (raro, creo que nunca escucharás números específicos, siempre será el poderosísimo y bien ambiguo: todos). ¿Pues cuántos libros puede comprarse uno? ¿Cinco, seis? ¿Diez libros? ¿Al mes, cada dos meses, cada seis meses? Pero, ¿no acaso la persona que tiene la brillante idea de comprarse diez libros, es capaz de leerse uno o dos a la semana? ¿Será parte del fetiche eso de la culpabilidad provocada por una lectura relegada, se siente placer con los retrasos de lectura, arrimar los libros son como diez nalgadas bien dadas? Cuarenta días no bastarían para el lector serio, distinguido y bien preparado. Tampoco es necesario tirarle el dinero a la Gandhi, al Sótano, la Porrúa, la Educal y todas esas, cuando libros gratuitos sobran en el internet. El Decamerón, por ejemplo. Igual que los museos, uno tiene a la mano los grandes clásicos, solo tiene que extenderla y pedirlo. Se paga solamente por la novedad, para pertenecer a un círculo de tuiteros habladores sobre lo que está de moda y lo que no. Damos dinero a nuestros autores preferidos, como aquellos que hacen talleres en YouTube o videítos en Twitch. Si quieres gastar el dinero en una linda comodidad, es el momento ideal para comprarse algún lector electrónico y endeudarse un poquito más. Falta papel de baño pero sobra la tinta electrónica, (¿será que todos los que agotaron el papel de baño, son ávidos lectores de excusado? ¿O lo compraron para construirse castillos de papel y tolerar el aburrimiento? ¿Jenga de regio?). Ningún lector necesita pandemias para encerrarse en el vicio, el placer, la necesidad vital de la lectura; los lectores somos incurables, no andamos diciendo cosas raras.


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