Opinión

Tres sueños de pandemia y cuarentena/ La escuela de los opiliones 

Los esqueletos en la bañera

 

Un jueves, soñé con mi esposa. Ella me dijo que todo estaba en orden, que nuestro viaje al futuro para sobrevivir había funcionado. Ciencia ficción pero de la chafa; uno parpadea y blink, blink, ya estás en otra parte. Miré a mi alrededor, faltaban instrumentos: una máquina del tiempo de Capsule Co., un DeLorean, un túnel cuántico de espirales psicodélicos pero no había nada, me faltaba una introducción o un inicio. Estaba confundido, sabía que era un sueño, pero los argumentos de mi esposa soñada sonaban convincentes, mi cerebro estaba urdiendo la trampa, justificaba el lugar y sus apariencias (nuestra casa en el futuro, creo). En el mundo real, la pandemia apenas había comenzado, pero en el sueño, se había salido de control y el virus se estaba comiendo a la población. Liga a todas las películas de zombies. Nico, la basset hound, también estaba ahí, recorriendo el espacio, olisqueando para entender la historia, la memoria de nosotros, de este avance psicotemporal. Como todos sabemos, los perros son guías para los mundos oníricos. Si en el sueño pudimos viajar en el tiempo, entonces su presencia era inevitable; quizás mi mascota era la máquina del tiempo. Seguí a mi esposa al baño para hacer una investigación, ella se asomó a la bañera, por detrás de la cortina y me dijo que había algunos esqueletos ahí, que podía reconocerlos. Qué alivio, dijo ella, mi hermana y tu madre pudieron encontrarse. Sentí alivio, pero también una angustia meramente lógica. Entré en un conflicto y a partir de ahí, el sueño no pudo seguir desarrollándose, porque trataba de construir una historia sobre por qué mi cuñada, y mi madre, tendrían que morir juntas: ¿cómo viajó mi madre hasta aquí? ¿Por qué mi cuñada aceptaría a mi madre durante una crisis apocalíptica, si ella tiene a su familia, a sus suegros, su marido, su hijo? Entre más trataba de crear una historia para justificar el sueño, más me alejaba de él y sentía que podía despertar. El resto del día, me la pasé rumiando un sueño sin sentido. 

 

La escritura del sueño como refugio, o como prisión

 

Recuerdo algunas pesadillas de Tario o, como dirían algunos literatos, sus relatos oníricos. Es una palabra muy pegajosa. Creo que el mismo Tario nunca la utiliza, pero si lo hace, debe tener una buena excusa. Tiene perros fascinantes, perros que vigilan a la gente, perros amarillos que cruzan para distraerlo a uno (el gato amarillo de Prufrock, mientras tanto, se lame una pata). Anoche, en mi ventana hacia los baldíos cholultecas, escuché los gemidos lastimeros de un hombre. Su idea era espantarnos a nosotros, los despiertos, los encerrados en casa. En la mañana alguien quemó un sillón, el humo no dejaba ver más allá, humo que extendió su tiempo hasta diversos sueños. Tario a veces me desconcertaba por su elección de palabras, una posible ingenuidad o charlatanería, pero terminas el cuento y meditabundo, y satisfecho, piensas que no puede ser de otro modo; el traje del diablo anda con dos muchachas, el ataúd está insatisfecho por el cadáver que le corresponde o el loco vive suficientes vidas para escribir 50 libros y finalmente descansar en paz. Mi esposa sigue contándome sobre los esqueletos, sobre sus peculiaridades y cómo pudo reconocerlos. La estatura de la madre, la delgadez de la hermana y otros dos o tres que necesitarán análisis (en un laboratorio mi alegría). Esos malditos programas de detectives echaron raíces en la consciencia popular. Nos hacen sentir tan listos, que nos es fácil creer que tenemos la razón, que hemos descubierto a los culpables. Mientras tanto, las redes sociales se llenan de sugerencias: ¿estás encerrado? Estas son todas las actividades que puedes hacer para olvidarte de ti mismo, para ignorar amablemente a los otros y no desesperarte de ellos y no matarlos antes que ningún virus, actividades para olvidarte de la locura que diligentemente construyes día tras día. La locura, dicen, es un rey meticuloso y paciente. 

 

Gorrión de pecho rojo

 

También se les llama mosqueteros. Miro a través de la ventana a mi derecha y veo al pajarillo, limpiándose obsesivamente las alas con el pico y cuando acaba, me regresa la mirada desde la reja que delimita mi propia prisión en ambas realidades: la del sueño y la pandémica. “¿Has visto a mi novio?”, pregunta mi esposa cuando habla del pajarillo y le miento: “Hoy no lo vi”, (pero lo veo todo el tiempo; le gusta tenernos checaditos, creo que si digo en voz alta que no lo he visto, puedo castigarlo). Tiene años que los dos trabajamos desde casa, hemos construido una vida cómoda a partir de una oficina casera y trabajos a distancia. En pocas palabras, estamos en cuarentena desde hace algunos años, quizás nosotros somos los esqueletos que falta identificar en la bañera. ¿No te hartas? ¿No te deschavetas un poco? Probablemente, porque hay muchos libros (así enloqueció el más enjuto de nuestros héroes) y hay mucho qué ver, y mucho qué jugar. Locura de sumergir la cabeza en otras historias, sueños alternativos. Te aburres, te levantas, haces unas lagartijas o unas abdominales, te sientas, sigues trabajando, sigues leyendo, quitas la pausa al video de alguna muchacha que te enseña a maquillarte. Tienes ideas, imitas a la muchacha, no es como que vayas a salir, prefieres aprender algo nuevo. Clases de idiomas, horneas tres kilos de galletas, lees a Shakespeare: aprendes el nombre de los pájaros y piensas, brevemente, un trino que pronto se aleja: ojalá no tenga qué despertar.

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Agustin Fest

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