06/06/2020


Estamos cerca del paro del 8 y 9M. Ya vimos la manera en que López Obrador ha denostado al movimiento, priorizado su rifa que no es rifa, con un total desprecio por el feminismo y por las mujeres; ya vimos a los gobiernos, congresos, institutos, a todos los colores partidistas promulgándose como los “verdaderos defensores de las mujeres”, sin haber trabajado por nuestros derechos ni en lo más mínimo, con políticas públicas insulsas e inservibles, asistencialistas, reproductoras de estereotipos, reforzadores de la violencia, sin análisis, sin estudios, sin ningún cumplimiento a las leyes que ya existen, leyes producto del trabajo y la constancia de muchas otras mujeres activistas. Ya vimos cómo a la mitad de la población le ha valido madre el asesinato cotidiano de 10 mujeres en este país, asustados más por un virus que por esta plaga de inseguridad y de violencia que pone el cuerpo de las mujeres como carne de cañón.

Ya vimos. Ya nos vamos dando cuenta. Por eso también pararemos. Aunque ya salió el Patrón a darnos permiso. Bancos, líderes empresariales, escuelas, liderados casi todos todavía por hombres, ya salieron a darnos permiso para faltar. También vimos que el Patrón prefirió en muchos lados darle el día a todos, hombres y mujeres por igual, porque no va a poder hacer su chamba sin la mano de obra femenina; no ha faltado quien circule que para compensar las horas del paro del lunes, se extenderán los horarios laborales del martes miércoles jueves viernes. Ya vimos que la mayoría de mujeres de este país de mierda que nos explota no va a poder parar, no se detendrá ni un minuto a pensar en sí misma ni en otras ni en otros, circunstancias propias y ajenas no la van a dejar, no se lo va a permitir, no desperdiciará su día en una huelga inútil, porque el 10 de marzo su mundo de mierda, su país de mierda, su ciudad de mierda, su trabajo de mierda, su casa de mierda, estarán donde mismo, con las mismas prácticas, con la misma violencia de siempre. 

Por eso paramos. Por eso nos urge parar. Para que un día no muy lejano del 10 de marzo esa utopía sea tangible y esa mujer y todas tendrán una vida libre de miedo a su cuerpo, a su marido, a su padre, a su patrón, a sus calles. Sin miedo para alzar la voz.

 

Entonces, el espacio laboral es uno de los tantos espacios donde las mujeres sufrimos violencia y discriminación, lo que limita nuestro potencial y el desarrollo de habilidades y pensamientos, y no respeta nuestros derechos. Es claro que existe la discriminación por raza, por discapacidad, por edad, por preferencias sexuales, por condición económica y muchas otras más formas de vulnerar a los otros. Me ciño al cuerpo de las mujeres porque en la discriminación por sexo y género todavía es en nosotras las que recae doblemente la violencia al ser mujeres, mujeres negras, discapacitadas, viejas, lesbianas, pobres. 

¿Qué va a pasar el 10 de marzo en el espacio laboral? ¿Qué van a modificar las empresas después de “hacer conciencia” este 8 y 9M? 

Ya existen múltiples mandatos para que en los espacios laborales se erradique la violencia contra la mujer. Violencia en todos los grados, violaciones, tortura, acoso sexual, violencia sicológica, invisibilización, menosprecio. Es claro que todas las personas pueden ver vulnerada su integridad física, síquica y moral en cualquier espacio, sin embargo, está demostrado que en el ámbito laboral, estas violencias afectan más a ciertos grupos que a otros, y la lista la encabeza la discriminación hacia las mujeres, mano de obra barata, con trabajos mecanizados, sin oportunidades de ascender y aspirar a puestos de alto nivel y de toma de decisiones solo por el hecho de ser mujeres. Como cuando las asesinan.

El 10 de marzo muchas mujeres recibirán alguna sanción por haber parado, se quedarán sin trabajo, sin prestaciones, sin la esperada promoción, por haber manifestado su apoyo al 9M. Muchas empresas se mostrarán insensibles al respecto, pues priorizarán su producción. Tampoco entenderán que la libertad empresarial que tienen para determinar sueldos, formas de pago, prestaciones extras o mínimas, no las exenta de respetar el derecho a la no discriminación de las personas, pues su libertad empresarial termina cuando irrumpe el derecho de los empleados a la no discriminación, que por ley protege a todas las personas por igual. Aunque las mujeres siguen ganando menos por hacer el mismo trabajo que los hombres, no cuentan con guarderías, reciben todos los días comentarios sexistas, son menospreciadas y vulneradas hasta el punto de, sí, ceder y poner el cuerpo para obtener un ascenso, aumentar su salario, que dejen de molestarlas. Ceder ante la violencia física y emocional. Ceder sin denunciar porque se sienten culpables, ceder sin denunciar porque no confían en las autoridades, porque no sabe dónde denunciar, porque ni su contrato tienen la mano, ceder sin denunciar por miedo a las consecuencias, ser la burla de todos, perder el empleo, ser relegada, no ser tomada en serio.

Porque las mujeres que trabajan se enfrentan a la violencia de otras maneras: recibimos humillaciones desde el típico/clásico/común ¿andas en tus días?; somos ignoradas en las propuestas; se nos señalan los logros como un premio por habernos acostado con el Patrón; se nos insta a cumplir roles maternos o de cuidadoras, nosotras servimos el café, nosotras organizamos las posadas.

A todo esto hay que sumarle que saliendo del trabajo, tal vez con papeleo pendiente, con más trabajo para llevar en tóper a casa, todavía hay que llegar a las labores domésticas. Dobles y triples jornadas laborales sin remuneración económica que al Patrón no le importa entender ni observar. Porque el sexismo cotidiano todavía es competencia exclusiva sobre las mujeres, habría que preguntarse, Patrón, ¿cómo afecta a mis empleadas en su vida laboral el acoso y la violencia cotidiana, esa que reciben en “mínimas” dosis? Como esos acosos que no se ven, pero que existen, como los otros que invaden todos los espacios laborales mientras las mujeres se relegan para no enfrentarse a ellos, o los que boicotean a sus compañeras al negarles conocimientos o entrenamiento por temor a que los “superen”. Están los que cosifican a las compañeras con sus guapas, niña, linduras, y más expresiones que se consideran de cariño pero que refuerzan el paternalismo y la comprobación de la hombría de los varones al colocar a las mujeres en ese espectro. 

Pero a los patrones les basta los cursos de “sensibilización” en el interior de los centros de trabajo, cuando los hay, para pensar que así se erradican todas estas estructuras de un día para otro, cuando son cursos que muchas de las veces son impartidos por los llamados coaching de vida o por personas que no tienen ni la más remota idea de las formas de discriminación y violencia, lo que ocasiona la mayoría de las veces un rechazo entre los trabajadores al solo hacerlos ver como agresores, o que están en un programa de entrenamiento que los enseña a como no discriminar, lo que resulta doblemente peligroso, pues su empatía y bondad se van al carajo por considerar una “pequeñez” el problema.


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¿Qué va a pasar el 10 de marzo? Todo depende de qué tanto abrieron los ojos los empleadores para tomar decisiones institucionales que respeten la autonomía y libertad también de sus empleados, de sus políticas concretas, de ellos mismos, los Patrones que decidirán o no combatir la discriminación y la violencia de sus centros de trabajo, que focalizarán sus esfuerzos no en los castigos, sino en las puertas abiertas para el diálogo, para el entendimiento mutuo. 

La violencia contra las mujeres impacta a las empresas en la productividad y por lo tanto en lo económico, se pierde de talentos, alienta a los agresores y convierte también a los nuevos empleados en nuevos agresores porque no existen ni políticas claras ni atención en el problema. Y las mujeres ahí estamos en medio. Atenidas a lo que diga, otra vez, el Patrón. A que mande.

Organizaciones civiles se dieron a la tarea de realizar una especie de checklist para las instituciones o empresas que apoyan ahora el 9 de marzo, que abona precisamente para que el 10 no regrese todo a la normal violencia que padecemos las mujeres, de los cuales destaco:

¿Tu empresa tiene protocolos de actuación para hostigamiento y acoso sexual y violencia laboral?

¿Has recibido capacitaciones constantes, charlas, talleres contra la violencia laboral y para mejorar el ambiente?

¿Cumple tu empresa con todas las obligaciones de ley?

¿Capacita sobre machismo, microviolencia, liderazgo no violentos?

¿Ofrece posibilidad de home office, espacio de lactancia, guardería?

¿Hay mujeres en los puestos de toma de decisiones?

¿Tolera sobre chistes misóginos o machistas, imágenes denigrantes de mujeres, tolera comentarios despectivos a las mujeres, las invisibiliza, las considera en la toma de decisiones?

¿Le garantizan a cada uno de los y las trabajadoras un salario que les permita satisfacer sus necesidades  y vivir dignamente?

¿Mujeres y hombres ganan lo mismo por el mismo tipo de trabajo?

¿Han dado de alta a los y las trabajadoras en el seguro social, sin excepción, con base en su salario real?

Cada una de las personas que efectivamente laboran para su empresa, ¿están legalmente reconocidas como trabajadoras?

¿Reportan utilidades y le garantizan a los y las trabajadoras su parte?

¿Tienen una fuerza laboral diversa y representativa de la población del país en términos de género, color de piel, orientación sexual, discapacidad y otros factores similares, en cada uno de los niveles de la empresa?

¿Respetan el derecho de los y las trabajadoras a sindicalizarse?

¿Garantizan que los y las trabajadoras que realizan trabajos del mismo valor reciban el mismo salario?

¿Respetan la jornada laboral de 8 horas?

¿Tienen esquemas de trabajo de horarios flexibles?

¿Se reconocen y utilizan, en condiciones de igualdad, las licencias de cuidado para los y las trabajadoras?

 

Se acerca el 8y9M y por eso nosotras paramos. Por eso nos urge parar. Por todas. 

 

@negramagallanes

 


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Tania Magallanes
Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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