El árbitro en el juego/ Debate electoral  - LJA Aguascalientes
24/05/2024

A veces, para explicar el trabajo de los institutos electorales, utilizamos la analogía del árbitro en el partido de fútbol: mientras que los partidos políticos son los jugadores en un encuentro donde solamente uno va a ganar, las autoridades administrativas electorales se erigen como la autoridad en el terreno de juego, dando el silbatazo inicial de la contienda en la sesión donde inauguran el proceso electoral, identificando a quienes serán los que, por cada uno de los equipos, entrarán en una ruda batalla, a veces amonestando a quien se porta mal, apercibiéndolo de que si continúa con dicha acción, se podría hacer acreedor al máximo castigo: ser expulsado del juego.

Y aunque no sea exactamente el trabajo de las instituciones en la materia, la analogía se hace más evidente cuando el árbitro, en uno y otro caso, es discreto al aplicar las reglas, sabiendo que el público quiere ver a los contendientes, no a la autoridad. Los institutos electorales no llevan porra a la cancha, porque su labor no es agradar a la tribuna, sino aplicar la ley a lo largo del partido, es decir, a lo largo del proceso. Una de esas disposiciones legales señala que no se pueden realizar modificaciones al Código Electoral noventa días antes del inicio del proceso electoral en el que se pretenda aplicar dicha regla. De hecho, pandemia o no, estamos a punto de vencer ese plazo en el caso de las disposiciones electorales en la entidad, puesto que el Código señala que el proceso dará inicio en la primera semana del mes de octubre del año previo a aquel en que se realice la elección; los tres meses anteriores se vencerán alrededor de los primeros días del mes de junio.

Esta importante premisa, abona a uno de los más importantes principios en que se basa el trabajo electoral, y que es el principio de certeza. Imagine usted (y volvemos a la analogía) que estamos a punto de empezar el partido de futbol. Ya están los equipos a punto de ingresar al campo, los balones perfectamente inflados, la cancha delimitada con las líneas pintadas, y en eso uno de los equipos solicita amablemente cambiar la regla de que si el balón rueda en su circunferencia completamente dentro de la portería, no se les marque un gol, sino cuatro. Pero si su rival anota un gol, solamente se le cuente uno. Y que en lugar de jugar once contra once, pudieran jugar el equipo de once, solamente contra cinco rivales, ninguno de los cuales sea portero.

Aún y cuando el equipo contrario pudiera manifestarse de acuerdo, la labor del árbitro es la de salvaguardar las reglas del juego, por lo que ni siquiera valdría el acuerdo entre las partes, por donde se le viera ese juego carece de legalidad. En la actividad reglamentada, precisamente lo que vale es el apego irrestricto a la norma y de ninguna manera acomodarla a modo de que alguien se vea beneficiado indebidamente frente a otros.

La resolución que la Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió este lunes sobre la así llamada “Ley Bonilla”, fue complicada, requirió de un sesudo estudio, ameritó una sesión de alrededor de dos horas de discusión, aún y cuando ministras y ministros aprobaron la propuesta de la cuenta por unanimidad. Es decir, en esencia, la resolución era fácil: si el jugador entra a un juego que le dicen que va a durar 2 años, no puede después, por la razón que sea, ampliar el periodo a 5 años. En una palabra, el acto legislativo atentaba contra el principio democrático de certeza.

Es trascendente el fallo, no solo por el tema, que hiló fino, sino porque nos recuerda que las reglas previas al juego tienen una razón de ser, y que los jugadores aceptan no solo tácita, sino expresamente esas reglas desde un inicio. Estamos justo en el momento en que las reglas del juego que habrán de regir la contienda de la elección intermedia del próximo año, están por ser aprobadas en el Congreso de nuestro Estado, y no está de más recordar que el árbitro en el juego no está para criticar lo aparentemente bien o mal que parezcan las reglas, sino para aplicarlas a quienes contiendan, entre ellos seguramente, más de uno de los que hoy son legisladores.

 

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