07/07/2020


  • “La vocación del político es antitética a la del científico. No pueden convivir en la misma persona”. JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA analiza el papel del vocero de la pandemia y su transformación de epidemiólogo a político. ¿Es posible mantener su credibilidad?

 

En 1919 el sociólogo alemán Max Weber dictó una conferencia a jóvenes estudiantes que aspiraban a convertirse en científicos: “La ciencia como vocación”. Ahí recomendaba a sus oyentes: “…en el terreno de la ciencia sólo posee personalidad quien se entrega pura y simplemente al servicio de una causa”. Era una carrera dura, y el aspirante debía tener un temple singular para sobrellevar las numerosas adversidades a las que se enfrentaría en su carrera. Requería, también, de una decidida resistencia: “dondequiera que un hombre de ciencia permite la introducción de sus propios juicios de valor, renuncia a tener una comprensión plena del tema que trata”. La ciencia no tiene respuestas para las preguntas existenciales, cómo debemos vivir, cuál es el sentido de la vida.  Ya que la ciencia no lo hace, reflexiona Weber, “a quien corresponde responder a las cuestiones relacionadas con lo que debemos hacer y cómo hemos de orientar nuestras vidas… ¿quién podrá indicarnos a cuál de los dioses debemos servir? Nuestra respuesta será que únicamente un profeta o un salvador”.

Es un extraño amasiato el que ocurre entre el político y el científico. El político es un ser que existe para la política, no vive de ella. No es que se sirva de ella, piensa Weber, para otros fines. Quien hace política “aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder por el poder, para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere”. Los verdaderos políticos no son burócratas que viven en y del presupuesto. Quien vive para la política “hace de ello su vida en un sentido íntimo; o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee, o alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de algo”. Ocurre una cosa muy distinta con el científico. En efecto, se pregunta Weber: “¿cuál es la actitud interior del hombre de ciencia con respecto a su profesión? –siempre que se dedique a ella, claro está–. Él afirma que está consagrado a la ciencia por la ciencia, ajeno por entero a que otros vayan a lograr con ella triunfos técnicos o económicos, o alimentarse, vestirse, alumbrarse o mejor gobernarse”.

 

Las relaciones irregulares entre políticos y científicos son particularmente devastadoras para los científicos. Producen su desnaturalización. La política transforma y coloniza al científico. Este deja la vocación de la ciencia para abrazar otra ajena, es decir, se convierte en un político. Nada malo hay en ello, pues numerosas profesiones y disciplinas son semilleros de políticos. Se ha celebrado la formación científica de la canciller alemana. Sin embargo, la función pública de Ángela Merkel es puramente política. Es una política que reconoce el importante papel, muy distinto al suyo, de los científicosLo aprecia, pero no pretende hacer ella misma estudios de laboratorio o pruebas; su trabajo es otro, conducir el Estado. 

Nada censurable hay pues en que haya políticos con formación científica. El problema ocurre cuando la metamorfosis ocurre de tal forma que el personaje se niega a mudar su piel vieja para asumir a cabalidad su nuevo ropaje. Se crea un Frankenstein que presume una supuesta naturaleza híbrida; ahora científico, ahora político. Lo mejor de ambos mundos. Eso es exactamente lo que le ha ocurrido al Doctor Hugo López-Gatell, subsecretario de salud. No es un científico, sino un político que utiliza el manto de la ciencia –su vocabulario, su contundencia, su complejidad– para justificar sus decisiones políticas. El político no requiere de estas estratagemas. En su disimulo es transparente: lo que quiere es el poder (para lo que sea). No tiene que apelar a la neutralidad valorativa de la ciencia, al método científico. Por eso el político disfrazado de científico confunde y distorsiona la discusión pública. Cuando hace declaraciones públicas no es él quien habla, sino la “ciencia”, la “evidencia”, el “modelo”, la “estadística”. etc. Nada de eso tiene se supone signo político. De esa forma esconde tanto la voluntad de poder como los valores que en realidad animan esas decisiones. Es la política embozada de ciencia. 

Por un momento pareció que la animadversión constitutiva del presente gobierno hacia la ciencia y los científicos cedía ante la amenaza del nuevo virus. El presidente López Obrador puso a un epidemiólogo, bien formado y con experiencia, al frente de la respuesta a la pandemia del coronavirus. Probablemente la tensión entre la ciencia y la política estuvo en la raíz de la misión misma que se le encomendó. Me interesa trazar las estaciones del viaje que llevó al epidemiólogo a convertirse en político. La primera fue el contraste entre el consejo, producto de la observación de la pandemia mundial, de restringir la movilidad en el país para disminuir los contagios y el actuar político de su jefe, el Presidente. El científico pudo haber renunciado o censurado oblicuamente el proceder del político. Ese habría sido, muy probablemente, el fin político de López-Gatell. Decidió no hacerlo. La metamorfosis se aceleró a partir de ese punto. Una vez andado el camino de la política no hay marcha atrás. La contradicción entre el consejo de tomar distancia y la realidad de un Presidente que besaba y abrazaba niños fue tan evidente que era imposible que los medios no confrontaran a López-Gatell. Y ahí hizo su primera profesión de fe en la política: “la fuerza del presidente es moral, no de contagio”. Palabras impecables de un político en defensa de fines políticos. Fue en ese momento que el manto de la ciencia cayó por los suelos y el personaje reveló su nueva identidad.

La vocación del político es antitética a la del científico. No pueden convivir en la misma persona. El resultado es servilismo de una a la otra. Para el político-científico sus antiguos colegas se convirtieron en sus peores enemigos.

En efecto, la forma de discusión –de pleito incluso– de la ciencia involucra evidencia, lógica, confrontación de datos y resultados, transparencia, replicabilidad. La ciencia entendida así es una continua reyerta. El político, en cambio, responde a los cuestionamientos de la ciencia de otra manera: ocultando, mintiendo, engañando. Hacer eso se vale porque hay un fin –político– que justifica los medios. El científico quiere saber la verdad; el político quiere ocultarla porque no le es conveniente, o, en el mejor de los casos, evita investigar para no saber. Eso es lo que explica la singular ausencia de pruebas en México. Para un político evitar el pánico frente a una calamidad inevitable tal vez sea un fin justificable, aunque sea necesario amañar las cifras y mirar para otro lado. Sobre todo, para el cálculo político los objetivos reales son inconfesables. Lo único que importa es que, políticamente, sea manejable la mortandad. Que no cunda la impresión de haber sido rebasados. Estos son objetivos políticos: a algunos les parecerán válidos, a otros no. Lo que está fuera de duda es que no es el lenguaje de la ciencia el adecuado para justificarlos. Frente a la evidencia amasada por medios internacionales el político reacciona denunciado una conspiración, un plan malévolo para desprestigiar al gobierno. Los datos ya no están ni siquiera en segundo plano: simplemente se han desvanecido en la verborrea de las conferencias vespertinas y la inopia de tablas mal construidas o engañosas.

Los efectos del político disfrazado de científico son insidiosos. Su actuar erosiona el principal activo de una sociedad frente a una emergencia: la confianza. El 61% de la población simplemente no le cree al gobierno (Reforma 18/5/2020). La confianza es un bien invaluable cuando reina la incertidumbre y las decisiones tienen que tomarse sobre la marcha. La confianza es crítica para la implementación de cualquier política pública de contención de la pandemia. Para un líder es esencial transmitir eficazmente dos mensajes. Por un lado, reconocer de manera realista los desafíos que enfrenta, por el otro inspirar confianza en que el país saldrá adelante. Los mexicanos claramente no creen que la curva está “aplanada”: a mediados de mayo el 67% de los encuestados creía que lo peor estaba por venir aún. Es muy probable que tengan razón. A pesar de los rituales, el gobierno y su vocero político han dejado de ser una fuente confiable de información.

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Max Weber concluye su conferencia sobre la vocación del científico con una alusión bíblica. Sirve también a esta ocasión:  

“Una voz me llega de Seir, en Edon:

–Centinela, ¿cuánto durará la noche aún? El centinela responde:

–La mañana ha de venir, pero es noche aún”.


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