Las encuestas de popularidad, dicen mucho y poco/ Matices  – LJA Aguascalientes
15/09/2020


En la última semana, en boca de todos los analistas y sobre todo del lugar donde creemos que está la realidad pero no está: Twitter, estuvieron las encuestas de popularidad. En particular, la de Buendía y Laredo que aprueba el desempeño de AMLO y los gobernadores en general en el manejo de la pandemia, la de El Financiero que sube 8 puntos porcentuales la popularidad de AMLO, lo que no se había visto ni en la estrategia del Huachicol y la de Mitofsky que pone al presidente cerca del 50% de popularidad. El sitio web Oraculus que compila las encuestas tiene al día 8 de mayo con una aprobación de 66% al presidente. 

Ante estas cifras, en Twitter, los simpatizantes de la 4T no dudaron en salir airosos y reclamar lo suyo: esa superioridad moral que le dan las encuestas; “teníamos razón”, “lo estamos haciendo bien”, “quienes se oponen y critican quieren desestabilizar”, “el pueblo tiene la razón”, “se equivocaron algunos gobernadores y las encuestas lo dicen”. Otros, afirmamos que las encuestas entonces son un reflejo más cercano a la realidad, lejos de la polarización que se ve en redes sociales, donde parece un país dividido a favor y en contra de la 4T, y que en realidad si hay un acuerdo sobre el trabajo del presidente: todavía se confía en él. En redes sociales parece una opinión dividida, en las encuestas, una decisión unánime, si nos vamos al lenguaje boxístico. 



Un sector de la oposición, un poco cegada aun por las elecciones y extraviada, ha optado por descalificar a las encuestas y regresar a aquel refrán que usaba la izquierda cuando estas no les beneficiaba: son pagadas y cuchareadas hacia el mejor postor, que es el presidente. No digo que esas encuestas no existan, pero entonces para evitar esas descalificaciones hay que revisar el currículum de las empresas, la metodología y los fines de la misma. Sobre estas publicadas, pasan el filtro de la confiabilidad. Pero tampoco podemos afirmar que las encuestas son la completa realidad de una época: son una fotografía de un momento en específico y de una muestra. También hay quienes cuando ven la muestra, han decidido criticar las encuestas porque sus muestras son de 500 personas o 2 mil y no de los 100 millones: se nos olvidaron las clases de estadística y representatividad. Ante eso salió un hilo de Twitter que está replicando la oposición extraviada (me gusta matizar sobre la oposición, no creo que toda esté extraviada, pero sí creo que alguna parte lo está), donde afirma que en una encuesta en línea de 70 mil usuarios, el 90% quiere la destitución inmediata de AMLO: así funciona el algoritmo, claro, si haces una encuesta, tus redes, tus contactos, tus afines, la contestarán; las redes replican algo esencial de la naturaleza humana: nos gusta estar y dialogar con quienes piensan igual que nosotros y nos cuesta trabajo hacerlo con quien piensa distinto, radicalmente distinto. Además de eso, están los múltiples estudios sobre la poca representatividad de una encuesta en línea. Y utilizando Facebook y Twitter con la presencia de bots, donde ha afirmado la ONU que el 40% del contenido del COVID es generado por estos; no parece una ruta sensata. 

Hay que aprender a leer las encuestas, lo que dicen y lo que no, hay encuestas que no pueden ser comparables por la muestra y el diseño metodológico y la fecha en que se realizaron. No es que si una encuesta da una aprobación del 50% y otra del 65% una mienta o sea falsa, sino que simple y sencillamente no son comparables, por la muestra o por la fecha en que se realizó. No se puede comparar una encuesta vía web a una presencial o a otra en línea. Uno que se realizó el 25 de abril a otra que se realizó el 3 de mayo.

Pero ni oposición ni oficialismo tienen la razón, los matices siempre por delante. No es una encuesta que diga que AMLO está haciendo todo bien y que la historia lo juzgará, ni es una encuesta comprada para ganar popularidad, ni falseada, ni la realidad está en otro lado y México quiere destitución. Hay un claro sentimiento y anhelo de unidad nacional para vencer el Coronavirus, en ese contexto, los liderazgos visibles, simpaticemos o no, suelen tener buena aprobación. George W. Bush alcanzó 90% de popularidad después del 9/11, eso no impidió que terminará su mandato con el 20% de popularidad y que la guerra iniciada con Irak haya sido buena decisión. 

Entonces, la verdad es que AMLO es un presidente popular, porque no le gusta la impopularidad y trabaja para ser popular, así son los populistas de derecha y de izquierda. El populismo por sí mismo no es bueno ni malo, todo con matices, en exceso siempre es malo. El presidente tiene niveles de popular que en los últimos 4 sexenios solo han sido alcanzados en 4 momentos: la elección intermedia 2009 de Felipe Calderón, el inicio de la guerra contra el narco de Calderón en 2007, el inicio de la gestión de Vicente Fox y el fin de la gestión de Zedillo, según Oraculus. Esos momentos son momentos culmen de los sexenios; hoy no creo que estemos en ese momento, AMLO en su momento culmen, según el mismo sitio, tuvo 81% de aprobación y ha tenido altibajos por diversas acciones a lo largo de su mandato. 

AMLO es popular y su gobierno es aprobado por un amplio sector, pero eso no garantiza que las decisiones y políticas que haya tomado sean las correctas para el país, para el desarrollo, para el combate a la pobreza o el desempleo o para controlar la crisis sanitaria de la mejor manera: lo que sí dice es que son medidas populares, no sabemos si las mejores y una encuesta de popularidad no dice eso; por ejemplo, la encuesta del Financiero, si bien le da 8 puntos de rebote de popularidad positiva lo reprueba en medidas económicas; es decir, las encuestas dicen mucho y poco. Ojalá haya más y mejores encuestas, son una gran herramienta para medir el pulso de la opinión pública y tomar decisiones, pero ojalá también tengamos una mejor cultura para leerlas, interpretarlas, utilizarlas y tuitearlas.

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