09/07/2020


A dos días del segundo aniversario de aquél avasallador triunfo electoral de la alianza “Juntos hacemos historia”, encabezada por el hoy presidente López Obrador, todos los mexicanos deberíamos estar pendientes de los logros transformadores del país. El otrora candidato ofreció entonces la erradicación de la corrupción como forma de gobierno, la reducción de los precios de las gasolinas, el abatimiento de la inseguridad pública, el ejercicio de una auténtica democracia, servicios de salud pública como en los países escandinavos, la defensa y fortalecimiento de la soberanía nacional, crecimiento económico de un 4% del producto interno bruto nacional, además de otras 93 promesas que lanzó al aire aquél domingo 1 de julio de 2018 en la Plaza de la Constitución ante miles de seguidores eufóricos de alegría por aquél hecho histórico sin precedentes en la historia de México.

A 24 meses de aquel suceso en la vida democrática del país, y a 19 de esos meses de haber asumido el gobierno de la República, hoy despertamos con un México muy lejano a aquellas promesas bienintencionadas de López Obrador y su Cuarta Transformación. Con mayorías claras en el Poder Legislativo federal, tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores, tuvieron todo el campo abierto para impulsar los cambios en las leyes generales y federales para pavimentar los proyectos y programas insignia del gobierno del presumido “cambio verdadero”. Cinco gubernaturas afines a la 4T apuntalaban el cambio del mapa político nacional. Vamos, la mesa estaba puesta. Pero… ¿qué pasó?

La personalidad del nuevo gobierno emergió de manera abrupta al ambiente roto y sorprendido del México moderno. Aquel arrollador triunfo electoral, lejos de ajustarse a los cánones democráticos tan anhelados por los mexicanos, pronto fue mostrándose como un acto de conquista, a un pueblo, a una ciudadanía, que, durante al menos en dos oportunidades, no le había otorgado el triunfo a López Obrador, por su necia idea de considerar los riesgos, y, precavidamente, postergar su apoyo para después. El flamante presidente López, inició su gobierno incluso antes de presentar la protesta de ley del cargo, en un ejercicio por demás irregular, en una “consulta popular”, decidió cancelar la construcción del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, y ahí empezó la debacle nacional. La decisión de esa cancelación dio inicio a lo que hoy vivimos como la fractura de la sociedad mexicana; el surgimiento de la grieta que empezó a ensancharse y a dividir y confrontar a los mexicanos con los mexicanos. En el discurso del presidente López, se fueron configurando y definiendo los dos bandos: los que estaban con la transformación y los que estaban contra ella.

Sin embargo, apareció en el escenario una tercera en discordia, la realidad. 

Y la realidad se ha hecho sentir de manera inmediata y a su estilo, con crudeza y sin matices; su ámbito de competencia es prácticamente todo, la economía, el medio ambiente, la salud, la seguridad, la educación, el empleo, las relaciones internacionales, la confianza, el clima, la sociedad, todo pues, nada escapa a su influjo y a su ánimo. Quizá sólo el tiempo se equipara a la determinación de doña realidad.

Pero regresemos a lo que debería ser la celebración del segundo aniversario del triunfo de la 4T. A pesar que durante el primer año de su gobierno, el presidente López se dedicó de manera sistemática a desmantelar la estructura de lo que él consideraba el andamiaje del “neoliberalismo”, debilitando las instituciones que acotaban y regulaban el poder del Ejecutivo, estorbando sus iniciativas y proyectos, cuando esa machacona acción de ablandamiento no era suficiente, se decretaba su desaparición de la escena pública y legal, que para eso están las mayorías legislativas ¿o no?

Pronto, el jefe del Ejecutivo, enarboló lo que su deseo, su “visión” de transformación entendía, y canceló programas económicos, sociales, de infraestructura, que ya habían probado su efectividad para el cambio social. Impulsó el rescate de Pemex, la construcción del Tren Maya, del aeropuerto de Santa Lucía, el corredor transítsmico, la refinería Dos Bocas. Anuló los mecanismos institucionales de dispersión y aplicación de los apoyos sociales y optó por entregar directamente los recursos económicos a los jóvenes, a los adultos mayores, a la población vulnerable, perdiendo el control de los efectos de dichos programas. Se sostuvo contra viento y marea, descalificando todo cuestionamiento crítico, al considerarlo parte del embate de la oposición “moralmente derrotada” y anhelante de regresar a sus privilegios perdidos por su incuestionable triunfo. Esa defensa representó enfrentar directamente a los medios de comunicación y opinión pública que se atrevían a señalar los riesgos y potenciales efectos contrarios a la necesidad e interés nacionales, eran esencialmente conspirativos contra su legal y legítimo gobierno.

Los primeros efectos que provocó el deseo del presidente López, fue el regreso de la desconfianza de los inversionistas nacionales y extranjeros, y los recursos financieros necesarios para impulsar el crecimiento, desaparecieron; la economía se contrajo drásticamente, el desempleo empezó a campear entre la población, también la desesperanza; la estrategia de seguridad pública se mostró ineficaz y vulnerable, las muertes violentas no sólo no se contuvieron, crecieron de manera alarmante, ya no hablemos de la liberación de Ovidio Guzmán por instrucciones del humanismo del presidente López. El desdén del gobierno por la situación de la violencia contra las mujeres los confrontó a ambos.

Y llegó la pandemia del coronavirus, y todo lo cambió. Más de 212 mil contagios a nivel nacional, 26,381 muertes por el virus. La economía se detuvo, la educación, la vida nacional entró en un impasse, y el gobierno nunca pudo construir una estrategia de atención efectiva. La catástrofe ya está aquí, 12.5 millones de mexicanos se quedaron sin ingresos, millones de empresas o negocios cerraron, las autoridades financieras nacionales e internacionales calculan una caída del PIB de más del 10% para el cierre del 2020. El crimen organizado, sin miedo, ataca a la sociedad mexicana y a su Estado.

Los deseos de la 4T sucumbieron a la realidad.

 


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