07/07/2020


Plaza Lafayette, Washington, D.C., 29 de mayo de 2020. Enfurecidos por el asesinato de George Floyd, un afroamericano asfixiado después de ser arrestado por la policía de Minneapolis, miles de jóvenes enmascarados prenden fogatas, lanzan objetos contra las fuerzas del orden, profanan la bandera estadounidense y desmontan las barreras metálicas que los separan de la residencia presidencial, la Casa Blanca. Dentro de la mansión ejecutiva, los oficiales del Servicio Secreto llevan a Donald Trump al búnker subterráneo, construido exprofeso para resistir un ataque nuclear. 

Tres días después, Donald Trump aparece en el Jardín de las Rosas y declara que la legítima protesta por la muerte de George Floyd ha sido secuestrada por “el terror doméstico” de “anarquistas profesionales y turbas violentas”. El mandatario anuncia en un tono severo: “He recomendado a cada gobernador desplegar a la Guardia Nacional en números suficientes para dominar las calles” y agrega desafiante: “Si el Estado o el municipio se niegan a tomar las acciones necesarias para proteger la vida y la propiedad de sus residentes, entonces yo desplegaré al Ejército de los Estados Unidos y resolveré rápidamente el problema”.

Las escenas arribas descritas sirven como prefacio al presente artículo, el cual pretende explicar cómo se originó el pecado original estadounidense, la esclavitud, y cuáles son las acontecimientos que, a lo largo del tiempo, ha provocado esta imperfección en la sociedad del vecino país del Norte.

En 1619, los colonos ingleses importaron de África a miles de esclavos negros, cuya finalidad era trabajar en las grandes plantaciones de tabaco que Inglaterra había establecido en Carolina del Norte, Maryland y Virginia. Los cultivadores obtuvieron pingües ganancias de la producción, distribución y comercialización de la hebra. Sin embargo, también sembraron la semilla del pecado original. Es decir, la esclavitud y su derivado principal, el racismo.

En julio de 1776, el Congreso Continental decidió romper los vínculos políticos que unían a las Trece Colonias con el Imperio británico. Entre aquellos tribunos destacaban: John Adams, Benjamín Franklin, Thomas Jefferson, Robert R. Livinston y Roger Sherman. Sería precisamente Jefferson quien redactaría la frase más famosa de la Declaración de Independencia: “Todos los hombres son creados iguales”.

Sin embargo, Jefferson -al igual que el jefe del Ejército Continental, George Washington- era propietario de esclavos. El virginiano, al igual que otros estadounidenses de raza blanca, creía que los negros eran seres inferiores, incapaces de sostenerse por sí mismos y, por lo tanto, no tenían un lugar en la nueva nación que se estaba gestando: Los Estados Unidos de América.

Tras la victoria sobre el Imperio británico, la nueva nación fue marcada por su pecado original: El Norte, poblado por los yanquis, se convirtió en una sociedad industrializada, la cual era profundamente antiesclavista; El Sur, por su parte, devino en una colectividad agrícola, cuyos principales cultivos eran el algodón y el tabaco, pero que utilizaba a esclavos como mano de obra.

Hacia mediados de la década de 1850, la sociedad estadounidense se fracturó entre el Norte abolicionista y el Sur esclavista. Una figura encarnó esta época: Abraham Lincoln, un abogado pueblerino, quien enarbolaba una sola proposición: “Una casa dividida contra sí misma, no puede sobrevivir”. Para el antiguo leñador de Kentucky, la Unión Americana no “podía permanecer siempre dividida en Estados libres y Estados esclavistas”1.

En noviembre de 1860, Lincoln fue elegido presidente. Sin embargo, su plataforma antiesclavista molestó a los Estados del Sur, quienes decidieron separarse. En abril de 1861, estalló la Guerra Civil. El objetivo principal de Lincoln era mantener la unión. Sin embargo, en 1862 Lincoln proclamó la manumisión de los esclavos. En abril de 1865, los Ejércitos del Norte, dirigido por figuras cimeras como Ulysses S. Grant, vencieron a los separatistas. Sin embargo, Lincoln fue asesinado en circunstancias poco claras.

En los Estados del Sur, los afroamericanos eran libres, pero, al mismo tiempo, eran ciudadanos de segunda clase porque no podían votar. Asimismo, la derrota del Sur provocó el surgimiento de una sociedad secreta cuyo credo se basa en el racismo, la xenofobia, la homofobia y la creencia en la supremacía del hombre blanco: el Ku Klux Klan.

En 1955, ocurre, en Montgomery, Alabama, una nueva crisis cuando una afroamericana llamada Rosa Parks es multada con 10 dólares por sentarse en un asiento reservado para viajeros blancos. Esta vejación provoca un boicot a los medios de transporte. El activismo social es encabezado por el reverendo Martin Luther King, quien aplica la doctrina de Gandhi. Es decir: la No Violencia.


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A partir de entonces, el doctor King se convierte en el líder de la lucha pacífica por la reivindicación de los derechos de los afroamericanos. Los métodos del reverendo King difieren de otro líder afroamericano: Malcom X, quien justifica el uso de la violencia como medio legítimo para lograr las exigencias de la comunidad negra.

En agosto de 1965, el presidente Lyndon Johnson firma el Acta del Derecho al Voto, ley que otorgaba a los negros del Sur el acceso las urnas. Este era un triunfo de doctor King. Sin embargo, el apóstol de la No Violencia será asesinado en abril de 1968.

En noviembre de 2008, Barack Obama fue elegido como el primer presidente de origen afroamericano. El arribo de Obama, no obstante, significó el resurgimiento del supremacismo blanco, el cual aupó parcialmente la victoria electoral lograda por un neoyorquino díscolo llamado Donald J. Trump.

El escribano concluye: cómo puede mitigar la sociedad estadounidense los efectos de su pecado original. Quizá la respuesta está en un discurso del reverendo Martin Luther King: “Yo tengo un sueño que un día en las rojizas colinas de Georgia los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad”2.

Aide-Mémoire. – La amenaza de Donald Trump de aplicar el Acta de Insurrección de 1807, la cual permite el despliegue de unidades del Ejército de los Estados Unidos para mantener el orden público dentro de territorio estadounidense, no debe tomarse a la ligera.

 

1.- Discurso de Abraham Lincoln, Peoria, 16 de junio de 1858. En Charles W. Moores (Ed.), Lincoln: Addresses and Letters, New York, American Book Company, 1914, p. 67-77

2.- Discurso de Martin Luther King, Washington, D.C., 28 de agosto de 1963. https://cutt.ly/7yXnNVh


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