09/07/2020


Hace tres siglos y medio el médico francés Jean Baptiste Denys logró una de las más grandes hazañas en la medicina y por ello estuvo a punto de ser condenado a muerte. En ese tiempo eran muy comunes las sangrías, una costumbre que provenía de la Edad Antigua y no era otra cosa más que hacer cortes en algunos trayectos venosos de brazos y piernas y sacar cierta cantidad de sangre. La idea era muy primitiva, se trataba de sacar los malos fluidos. Es fácil imaginar que la mayoría de los pacientes no solamente no mejoraban con tal procedimiento sino que morían desangrados o en el mejor de los casos desfallecidos por la falta de fuerzas. El dr. Denys no solamente se opuso a sus colegas diciéndoles que estaban en un error sino que se atrevió a hacer exactamente lo contrario que era introducir sangre al cuerpo del enfermo, o sea una transfusión sanguínea. A su consulta llevaron a un hombre joven a quien se le habían realizado una serie de sangrías y estaba demacrado, pálido y debilitado. El médico entonces le introdujo sangre de una oveja, insertándole en las venas unas cánulas de ave, ya que no se habían inventado las agujas clínicas. El paciente sobrevivió unos días y mejoró, aunque posteriormente murió. Entonces los miembros del Colegio Médico le acusaron de asesinato, por haber ido en contra de la tradición. Para su fortuna, la esposa del paciente confesó que la enfermedad no era otra cosa que envenenamiento, ya que ella para zanjar algunas dificultades de pareja le había dado a beber arsénico. Jean Baptiste se salvó de ser ejecutado y aún cuando no pudo volver a intentar la transfusión, siguió defendiendo su idea. Desde entonces a la fecha esta intervención médica ha sido sumamente controvertida. Actualmente ha vuelto a ser la salvación de enfermos por virus, como ya lo había hecho en pandemias anteriores. El plasma de un paciente recuperado es la mejor medicina para un infectado por coronavirus. Y aún así hay quienes lo discuten y se niegan a realizarlo. Y ni que decir de las posturas ideológicas y religiosas que han provocado la difusión de enfermedades y evitado su curación. Muchas religiones prohíben terminantemente la transfusión sanguínea y el trasplante de órganos. El médico sufre intentando convencer a los familiares de que la salvación de su enfermo está en introducirle medio litro de sangre, lo cual no es aceptado y aunque parezca inverosímil prefieren la muerte. Yo he convivido aquí en Aguascalientes con médicos practicantes de una forma de cristianismo que no aceptan la transfusión. Nuestros diálogos parecían una conversación entre el Siglo XXI y la Edad Media. Y no hay que olvidar aquellas dos décadas del Movimiento Hippie en las cuales la rebelión ante las formas de la sociedad no solamente fueron en contra de la guerra, sino que incluyeron el amor libre, la educación no escolarizada y la salud natural, que dejó como secuela una gran cantidad de enfermedades de transmisión sexual., jóvenes iletrados y el resurgimiento de las enfermedades exantemáticas que ya estaban en vías de desaparecer como el sarampión, la varicela e incluso la poliomielitis. En estos días, el elevado número de contagiados y fallecidos por coronavirus en Estados Unidos es la última cuota que se está cobrando aquel descuido. Y los médicos siguen pagando el precio de su audacia con desconocimiento, rechazo y en ocasiones hasta con la vida.


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