02/07/2020


People are strange, when you’re a stranger.

Faces look ugly when you’re alone.

Women seem wicked, when you’re unwanted.

Streets are uneven, when you’re downly…

People are strange – The Doors

 

Hay gente que, expresándolo abiertamente o con disimulo, cree que hay una diferencia esencial entre las personas debido a su color de piel. Que esta diferencia se expresa en términos morales, de capacidad física o intelectual, de acceso a la riqueza, de “Don de Mando” o posibilidades para el liderazgo o la obediencia; o con predisposición al delito, a la holgazanería, al dispendio, o a realizar trabajos de carácter más o menos físico que otras personas con otros pigmentos de piel.

Hay gente que cree, discretamente o de manera explícita, que el trabajo individual y el mérito personal son las vías de acceso a la riqueza económica; sin tomar en cuenta el contexto, la herencia, el catálogo de privilegios interseccionales, o el azar de la cuna. Estas personas suelen asociar una carga moral positiva a quien, fruto de su esfuerzo, ha accedido a la riqueza material, en detrimento moral de quien no ha podido hacerlo. En su extravío, estas personas confunden, además, posibilidad con voluntad: no son ricos porque no han decidido esforzarse lo suficiente. Así, además de pobres, son unos insensatos que les falta “querer” dejar la precariedad.

Hay personas que, por lo bajo o por lo alto, expresan una posición política respecto al género en la que la mujer debe supeditarse al hombre. Estas personas creen que la maternidad es el fin último de la feminidad, y que las mujeres no son capaces de decidir sobre cómo o cuándo ser madres o no serlo; creen que el “recato” y la sumisión han de ser valores deseables en las mujeres; creen también que las mujeres no son del todo aptas para el liderazgo o para la conducción de automóviles. En el colmo de la idiocia, creen también que la libertad sexual o el atuendo de ellas las vuelve propicias a ser vejadas. Sobre todo, creen que no deben protestar, o si lo hacen, debe ser de tal o cual modo para que su queja sea válida.

Hay personas que creen, lo digan o no, que la orientación sexual, las prácticas sexuales, o la identidad de género, son determinantes en el valor de la gente. Creen que hay una sola forma de entender la sexualidad humana; no sólo no entienden las demás maneras, sino que además las rechazan, las censuran, y las violentan. Esas personas temen al conocimiento, no entienden el saber, por eso se esfuerzan en que su progenie no acceda a contenidos educativos científicos y humanistas, porque creen que salvan a su descendencia perpetuando su propia visión tarada sobre la realidad.

Hay gente que cree, y casi siempre lo dicen sin tapujos, que su dios (o su idea de dios, o lo que creen que es el libro sagrado de su dios) es una creencia que debe de estar –incluso- por encima de las personas. Así, se afanan en convertir a su fe a todas y a todos a su alrededor, pero también en segregar a quienes no creen como ellos. Están tan imbuidos en esa creencia, que se convencen de que obran el bien, cuando ni la censura ni la discriminación, ni la represión, ni la imposición, ni la colonización espiritual, figuran dentro de la ética de lo deseable. De este modo, toman tan en serio sus preceptos fantásticos, que no quieren que sean aplicables sólo a los que creen en ellos, sino –especialmente- a quienes no creen igual que ellos. Mediante esta argucia manipulan leyes humanas, afectos personales, y odios colectivos. Si por ellos fuera, el gobierno civil y su canon de fe debería ser la misma cosa.


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Hay gente que, sin decirlo o gritándolo, sólo cree en la democracia cuando gana su ideología; y cuando no, no sabe cómo establecer consensos para que su visión de la vida no atente contra los demás. Esa gente sólo cree en el respeto cuando es algo que les dan a ellos, pero no cuando a ellos les toca darlo. Esa gente no sabe de resolución de conflictos, porque -justamente- esa gente es el conflicto. Así, serán los primeros en clamar “mano dura” del gobierno cuando algo no suceda como ellos quieren; cuando las tensiones sociales que no entienden se desborden de maneras que no aceptan. Esta gente cree que puede disfrazar su odio de filantropía, y de lavar su conciencia con caridad.

Hay gente que cree, y no importa cómo lo exprese porque sus actos hablan, que el mundo les pertenece, que el entorno natural es infinito y que hagan lo que hagan la naturaleza seguirá proveyendo. Esa gente ve al humano como la punta de la pirámide de una creación, bajo la cual todas las especies y todos los entornos naturales existen para servirle. En su dislate, están dispuestos a depredar agua, alimento, y recursos, con la confianza de los imbéciles de que nada de eso tendrá consecuencias. Creen que las demás especies animales están para morir por el consumo humano, sea en el plato o –estúpidamente- en el ruedo. Esa gente cree en el egocentrismo y, al pensarse en el centro de todo, está consumiendo todo.

Hay gente que cree todo esto. Mucha de esta gente lo cree “de buena fe”, sin reparar en el daño colectivo que hace, porque creen hacer el bien. Sea porque así dice su religión, porque así dice la clase política a la que son aficionados, o porque así dicen sus propios huecos intelectuales. Pero, también, otra parte de esta gente no sólo sabe que sus creencias no son correctas; en el extremo de su maldad, buscan perpetuar (consciente y voluntariamente) estas creencias dañinas porque así afianzan y aseguran privilegios raciales, de clase, de género, de posibilidades de consumo o -simplemente- de poder. Así, sea por estupidez o por maldad, estas creencias representan todo lo que nos ha atado al atraso colectivo, a la división, a la violencia. Esas creencias son todo contra lo que hay que luchar para acceder a la justicia, a la verdad, y a la bondad.

alan.santacruz@gmail.com | @_alan_santacruz | /alan.santacruz.9


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