Las desigualdades sociales a la luz del Covid-19/ Rompecabezas urbano  - LJA Aguascalientes
02/02/2023

María Alejandra Núñez Villalobos

Doctora en Estudios Urbanos y Ambientales

 

Mucho se ha escrito ya acerca de la pandemia de lo que médicos especialistas y no especialista han averiguado del SARS-COV2 el virus que ha dejado a su paso millones de enfermos y muertes en el mundo. Algunos científicos sociales hemos intentado explicar desde nuestras áreas de conocimiento lo que podemos interpretar desde el confinamiento, quizá este artículo sea un intento más para leer lo que está sucediendo desde mi área de conocimiento, sobre todo aquello que se comparte y publica en el espacio cibernético y las redes sociales, los cuales han sido los medios de comunicación en los que más información se ha compartido, aun cuando no sean los medios que ofrecen una mayor cobertura para informar acerca de la pandemia.

Los seres humanos tenemos una tendencia que pareciera normal a leer los hechos y los fenómenos desde nuestra subjetividad, es decir, leer los acontecimientos y sucesos desde nuestros poco o muchos conocimientos, conocimientos que no siempre provienen de procesos de escolarización y contrastación. Estos conocimientos y procesos de aprendizaje iniciaron durante la niñez por todos los discursos, palabras y creencias que escuchábamos de nuestros padres o de todos lo adultos con los que convivimos. Con el paso de los años, ya en la adolescencia, en esa etapa donde es deseable que pongamos a prueba esos discursos y creencias para formar nuestra propia identidad y diferenciarnos de nuestros padres, es donde podríamos comenzar o buscar formar parte de un grupo social ajeno a nuestra familia, y donde por tanto, encontraremos a personas que tengan valores y creencias similares a las nuestras.

Sin embargo no en todos los casos se contrastan las discursos y creencias con los que crecimos, y tienden a repetirnos de forma que pareciera innata o integrados a nosotros mismos y a la sociedad en la que vivimos. La explicación de esta contrastación podría sustentarse un proceso neuroquímico que se inicia en el cerebro de todos los seres humanos.

Psicólogos, psiquiatras y todos aquellos especialistas en el manejo de las emociones han comprendido que la mayoría de los seres humanos nacemos bajo unas mismas condiciones y características anatómicas y biológicas. Es decir con pulmones, corazón, riñones, estómago y un cerebro dotado de neuronas que son las que permiten establecer los procesos de pensamiento e interconectar entre diferentes áreas para dar paso funciones vitales como el comer, dormir, caminar, pero también a áreas donde se procesa el lenguaje y se elaboran las interpretaciones que les damos a las palabras. Una parte de estas neuronas se llaman neuronas espejo, neuronas que se alojan principalmente en la ínsula, la amígdala y la corteza frontal y cuya función es vital para generar empatía.

¿Y qué es la empatía, cómo se genera y para qué nos sirve? La empatía es proceso mediante el cual nos accionamos permitiendo una interacción con otro ser humano o seres vivos desde la igualdad sabiendo que ese otro ser vivo es un ser sintiente. Victoria Gamboa (2017) explica de manera muy pedagógica en su ponencia “El poder de la empatía” qué si es y qué no es la empatía; a lo largo de su charla muestra que no toda interacción humana se da desde la empatía y porqué en algunos casos nuestras reacciones son sólo producto de una mimetización motriz. Es decir, reacciones y formas de actuar que tienden a repetir y reproducir lo que el otro hace.

Así, argumenta, que para que una vinculación entre seres humanos se produzca desde la empatía requiere que siempre vaya acompañada de una acción, de una acción cuya intención sea el acompañar al otro, un acompañamiento que busque caminar hombro con hombro con el otro pero siempre honrando su individualidad. Gamboa explica que para que un proceso de acompañamiento sea empático requiere darse en momento presente y casi siempre desde el silencio, con la sola presencia, o la escucha. Para ejemplificar la empatía Gamboa utiliza el ejemplo de una persona que está llorando en público explicando las diversas reacciones que tienen las personas que presencia ese acto. Ante el llanto, dice, algunos deciden sólo observar, otros optan por correr a ofrecerle un vaso con agua para que la persona pare de llorar, y otros se acercan solo a lado esperando que esa persona decida compartir lo que está sintiendo. 


Un proceso empático sería aquel que acompaña aquel llanto, no impidiendo que salga porque nos duele que el otro llore o bien huyendo porque no toleramos el dolor de esa persona; acompañar y estar significa que estás ahí cuando esa persona necesita de tu escucha, de una caminata en silencio o de darle la mano, porque solo el que vive esas emociones sabe el porqué de sus decisiones, de sus emociones y de sus acciones.

Y es desde la empatía que trataré de explicar la crisis que estamos viviendo. Nuestras reacciones han sido diversas, algunos gritamos porque todos se queden en casa para evitar colapsar los hospitales esperando que los contagios disminuyan y podamos salir a la calle lo antes posible, algunos otros optan por salir y no seguir las medidas que las autoridades sanitarias nos has propuesto seguir, y otros más han tenido que salir porque tienen que trabajar y aun con la pandemia no pueden quedarse en su casa. Lo que es cierto es que ninguno de nosotros podemos saber con certeza por qué cada persona decidió quedarse en su casa o salir, si esas salidas son una respuesta ante su propia crisis emocional, si tiene que salir a buscar comida, algo de dinero para comprar comida, porque sufren claustrofobia, viven situaciones de violencia doméstica o simplemente salieron a pasear a su espero.

Lo que es cierto es que en alguna medida todos estamos pasándola mal, pero también es cierto que esta pandemia, y en mayor medida el confinamiento, ha sido un momento que nos puede permitir observarnos, hacer reflexiones acerca del cómo reaccionamos y por qué reaccionamos como lo hemos hecho las últimas semanas. Pero también ha sido una oportunidad para observar el cómo continuamente estamos comparando nuestras acciones con las de los demás, las acciones de nuestro gobierno con gobiernos de otros países y calificando lo que desde nuestra perspectiva es lo mejor o lo peor, lo bueno o lo malo en cada uno de los sucesos que estamos viviendo. 

En ciencias sociales llamamos a este tipo de argumentos dicotómicos, porque parten del supuesto real o no de que sólo existen dos posibilidades, casi siempre una opuesto a la otra. Para explicar este tipo de relaciones opuestas utilizaré como ejemplo algo que nos parece común y normal, pero no lo es, en un intento de ejemplificar con otros hechos estas reacciones emotivas y cómo es que podríamos estar elaborando nuestros procesos cognitivos. 

El pasado 8 de marzo las mujeres salimos a las calles para manifestar nuestra rabia y frustración por la violencia que se gesta sobre las mujeres, y ante este acto algunos de los comentarios que leía al respecto aludían al dolor y la rabia que guardan los hombres sobre una educación basada en el patriarcado. En un intento por explicar que las violencias son diferentes es que explicábamos que reconocíamos que en el proceso de educación de los hombres también existe la violencia pero que esta no podría compararse con el proceso que vivimos las mujeres, simplemente porque se parte de un marco ideológico que ha otorgado diferentes funciones a hombres y mujeres. Un hombre es educado como un ser que puede vivir la libertad en sus elecciones, que tiene el permiso de explorar el mundo, su sexualidad, estudiar y crecer profesionalmente; mientras que las mujeres su educación se basa en la pérdida de identidad, en el no desarrollo de sus habilidades y capacidades, en una educación que le pide que su vida gire en torno a un varón y a las necesidades de su familia. Es decir, no se puede comparar el dolor de un hombre que no “alcanza el éxito social y profesional y que no puede cumplir con su papel de proveedor” con el dolor del sometimiento y la pérdida de libertades que conlleva el papel tradicional de lo femenino.

De igual manera no se puede comparar el dolor que han mostrado los empresarios pequeños, medianos y grandes en esta pandemia por el cierre de la economía y las pérdidas pocas o sustanciosas ocurridas en este confinamiento, con el dolor cotidiano y sostenido de una persona que vive en situación de pobreza, de esas personas que se levantan todos los días pensando en cómo harán para conseguir algo de dinero y comida (si acaso su estómago vacío les permite pensar) y cómo le harán para darle de comer a sus hijos o familiares cercanos.

¡Sí! Tenemos una tendencia a comparar y a compararnos pero no desde la igualdad preguntándonos qué parte de este sistema desigual reproduzco con mis acciones, sino a compararnos con el fin de observar qué ha hecho el otro que ha alcanzado el éxito y el ascenso social. Es decir, tendemos a compararnos pero no a observarnos, y mientras no nos observemos difícilmente podemos salir nuevamente a las calles y exigirles a las autoridades la caída de un sistema que nosotros mismos estamos repitiendo y reproduciendo, el cual ha dejado hasta el año 2018 52.4 millones de pobres en México, lo que representa a cerca del 41.9% de la población total en el país (Coneval, 2018).

La justicia y la igualdad no se va a lograr si antes no atacamos las bases de la desigualdad: la desigualdad entre hombres y mujeres. No podemos hablar de solidaridad y cooperación desde un lugar privilegiado que no voltea a ver las bases que le ayudaron a llegar a ese lugar; de lo contrario serán sólo palabras escritas que se olvidaran con el paso de los días, cuando todo esto termine, la solidaridad y la cooperación requieren de empatía, requieren de ver al otro como alguien igual a mí, con los mismo derechos y obligaciones.

Empatizar quiere decir que soy capaz de acompañar y colaborar con el otro, en su lucha, quizá ayudándole a quitar algo de las malezas que se han dejado en el camino para evitar que lo transitara; quizá con la esperanza de que algún día esos millones de personas en situación de pobreza transitarán y tendrá una mejor calidad de vida. Pero esa empatía no se logra desde aquí, desde las letras, se logra afuera en la interacción con otros humanos, sean o no del mismo grupo social con el que convivimos, una empatía tan necesaria para construir comunidades cohesionadas, con arraigo, y que permitan interacciones donde las diferencias enriquezcan lo cotidiano, enriquezca de puntos de vista diferentes a este mundo que se encuentra en plena transformación, diferencias que permitan escuchar ideas nuevas acerca del cómo construir un mundo más justo, más equitativo y menos desigual. 

Sin esa empatía, yo, ustedes o cualquiera que me lea seguirá diciendo ¡qué sabe ella que escribe desde el privilegio!, el privilegio de tener una casa, con un plato de comida caliente asegurado, detrás de su computadora; cuando no ha tenido que enfrentar al mundo con un certificado de primaria y tres niños a cuestas” ….

 

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Coneval (2018). “Medición de la pobreza, Estados Unidos Mexicanos 2008-2018” en https://bit.ly/2B8d8iO 

Gamboa, Victoria (2017). “El poder de la empatía” https://bit.ly/3e62nwe


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