Nostalgia del botín/ Favela chic  - LJA Aguascalientes
04/10/2022

Ningún político ha sido santo de mi devoción, pues casi todos sufren un proceso degenerativo a lo largo de su carrera, necesario para escalar puestos de poder y consumar sus más grandes ambiciones. La Ley de Herodes, una famosa comedia mexicana dirigida por Luis Estrada, cuenta precisamente la historia de esta involución a través del personaje de Juan Vargas, un político menor al que nadie respeta ni obedece mientras intenta ser justo y honrado; pero, en cambio, sube rápidamente de escaño en escaño hasta ocupar la silla presidencial tan pronto desiste de sus buenas intenciones y pone en práctica el dicho popular “El que no transa no avanza”. Por eso no confío a ciegas en ningún político, ni siquiera en AMLO, que desde su primera campaña presidencial despertó tanto entusiasmo entre los jóvenes de mi generación. Sin embargo, para ser sincera, tampoco me inspiran confianza los derechairos, como se les conoce a sus detractores en el lenguaje coloquial. 

Lo que más despierta mis sospechas es la visceralidad de sus críticas. Desde que ganó la presidencia en 2018, han convertido al Peje en el monotema de todas las sobremesas donde participan. Ni siquiera yo, que un tiempo me consideré chaira o partidaria de López Obrador, nunca me he mostrado tan obsesionada por él como sus enemigos. “Están enamorados con odio”, para usar una expresión muy acertada de Fernando Vallejo en La virgen de los sicarios. Por la mala leche de sus opiniones, pienso que la mayoría no pretende hacer juicios objetivos al proyecto político de la 4T, sino más bien ataques enconados de carácter personal contra el Peje, ataques que en el terreno de la lógica se denominan ad hominem. No importa qué haga ni qué diga: cada una de sus frases, cada una de sus palabras tiene que ser siniestra y malintencionada sólo por tratarse de ÉL. Pero al convertirlo en un hombre de paja, al que pueden colgarle cualquier milagrito, han perdido precisamente la credibilidad de quienes los hemos escuchado o leído repetidas veces con los ánimos tan caldeados. 

A través de sus berrinches casi infantiles, pueden inferirse las genuinas causas de su molestia, pues tienden a disfrazarlas de una supuesta preocupación por el futuro del país, cuando la mayoría no ve más allá de su nariz. Muchos de ellos son o se consideran privilegiados (algo de lo que les encanta jactarse a la menor oportunidad) y temen que AMLO, a semejanza de Robin Hood, confisque sus bienes para repartirlos entre “la prole”, como llamó una hija de Peña Nieto al grueso de la población. Con espíritu nazi, muchos pejefóbicos tienen una genuina aversión contra los que miran por debajo del hombro, misma que hacen explícita en privado: “Nos resistimos, pero los nacos ya nos ganaron”, se lamentó muy quitada de la pena una señora de Polanco en una comida particular, no sólo en referencia al triunfo del Peje, sino a la cantidad de “pobres y prietos” que, en sus propias palabras, pululan por doquier, incluso en colonias copetudas como la suya. López Obrador, a decir verdad, tampoco ha ayudado mucho a limar las asperezas con sus detractores. Abiertamente y en público sermonea, condiciona y arremeda a quienes no están acostumbrados a que les toquen un pelo. Queda claro que en algún momento se transformó en un lobo de mar y perdió el miedo a picar crestas.

No me cabe la menor duda de que como presidente es falible y, al igual que sus predecesores, puede tomar decisiones erróneas, de las que todos debemos estar alertas. Sin embargo, no concuerdo con la visión romántica del pasado que ahora muchos evocan cuando afirman que estamos ante un genio maligno sin precedentes. Desde que yo tengo memoria, pues por fortuna todavía no me ha dado Alzheimer, ninguna institución, ningún personaje ha contribuido con tanto ahínco a que México se convirtiera en la Venezuela de Norteamérica como el PRI con Carlos Salinas de Gortari y su poderosa mafia de rateros de cuello blanco, que gracias a sus monumentales y descarados atracos al erario amasaron sus fortunas. ¿Cómo olvidar todo lo que la Crisis del 94 significó para nosotros, si hasta la fecha resentimos sus secuelas? Puesto que muchos millennials ni siquiera habían nacido, o eran demasiado pequeños para recordarlo, hay adultos que intentan darles atole con el dedo, es decir, una visión edulcorada de la historia.

En los años noventa, cuando yo era una niña, nuestro sistema monetario se transformó drásticamente. Quienes usábamos los viejos pesos tuvimos que aprendernos las nuevas denominaciones de los billetes y monedas, que habían sufrido una disminución de ceros. En las tienditas de la esquina nos explicaban con pintorescos carteles cómo realizar las conversiones. Pero no estábamos jugando al Monopoli: ese cambio repercutió en la canasta básica, que desde entonces se volvió un lujo adquirir para las personas comunes y corrientes, así como usar el transporte público. Por eso no era extraño ver a las abuelas y madres de familia pidiendo prestado porque simplemente no les alcanzaba el gasto. ¿Cuántas, hasta la fecha, no viven al día, comprometiendo su dignidad? El boleto del metro, que costaba entonces sólo 30 centavos, comenzó a subir y a subir sin parar hasta llegar a los cinco pesos de la actualidad. La crisis económica y la consiguiente migración descontrolada hacia el país vecino separaron afectiva y geográficamente a familias enteras, entre ellas la mía y la de otros millones.

Como parte del efecto dominó, algunos de mis conocidos y parientes cercanos tuvieron que migrar a EUA porque la devaluación del peso agudizó la miseria y el desempleo, problemas que siguen de mal en peor. En 1993 la paridad era de sólo tres pesos, pero casi se duplicó en 1994 y de ahí pa’l real, hasta alcanzar hoy los 22 pesos. Por eso todavía nos cuesta muchísimo más caro a los mexicanos viajar al extranjero y comprar productos importados, entre otras cosas que son privilegio de unos cuantos. Las tasas de interés se inflaron de súbito y los créditos se volvieron impagables, por lo que muchos perdieron sus autos, casas y negocios. Además, se implementó el famoso 15% de IVA a todos los productos y servicios, un impuesto que hasta hoy en día seguimos pagando, como sabe cualquiera que haya elaborado sus recibos de honorarios. Las deudas que contrajo nuestro país con EUA, como consecuencia de las políticas financieras adoptadas por Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, se terminarán de pagar nada más y nada menos que hasta el 2070, según tengo noticia.

De la inseguridad, mejor ni hablamos. En los noventa empezó la “moda” de asaltar en los taxis y en el transporte público de a tiro por viaje, un peligro al que la gente no estaba tan acostumbrada como ahora (cuando tenía nueve años, asaltaron a mano armada el microbús donde yo viajaba, y los pasajeros, despavoridos, intentaron huir saltando por las ventanas del vehículo). También hubo un aumento alarmante de secuestros de niños y nos comenzaron a advertir, tanto en nuestras casas como en la televisión sobre la amenaza de los “robachicos”. En el programa infantil XHGC, anunciaban a diario los nombres, fotografías y señas particulares de niños desaparecidos. Yo tuve mucha suerte de no figurar entre ellos, porque me tocó ver de lejos a unos robachicos que acechaban con engaños a los estudiantes de la primaria Francisco Villa de Chimalhuacán, Estado de México, donde cursé el sexto grado. La trata de personas (niños, mujeres y hombres), junto con el tráfico de drogas, han sido los negocios más lucrativos con los que hasta la fecha los delincuentes han tratado de paliar su pobreza extrema, producto de la corrupción y de medidas gubernamentales que enriquecen a unos cuantos y empobrecen a la mayoría. 

Pese a todos los datos duros, y contrariando la memoria de quienes recordamos la Crisis del 94 como un año traumático, los desmemoriados afirman sin cesar en las redes sociales, entre nostálgicos e iracundos, que “estábamos mejor” con los gobiernos anteriores, con la convicción de que una mentira repetida mil veces se hace verdad. Tal vez lo dicen porque siempre han vivido en un medio privilegiado o en la burbuja de la indiferencia, donde “eso no pasa y si pasa no quiero ni saberlo”. Tal vez lo dicen porque formaron parte de la red de corrupción de los políticos de antaño, que dio origen a un nutrido grupo de nuevos ricos. Tal vez lo dicen porque sienten la nostalgia del botín que alguna vez se repartieron sin escrúpulos o del que recogieron algunas migajas. Si es así, el que hagan una generalización tan grosera sobre un pasado supuestamente idílico debería darles tantita pena, pero ya nos han dejado plena constancia de que eso es precisamente lo que les falta. Mientras no podamos esclarecer sus verdaderos móviles, debemos tomar sus comentarios con pinzas. 



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